Los tres cánticos del Evangelio que se rezan cada día.
San Lucas cuenta en los primeros capítulos de su Evangelio tres momentos en que alguien, lleno de alegría, rompe a cantar: Zacarías cuando nace su hijo Juan, María cuando visita a su prima Isabel y el anciano Simeón cuando tiene en brazos al niño Jesús. Desde hace siglos, esos tres cantos acompañan el día de quienes rezan las horas: uno al amanecer, otro al caer la tarde y el último antes de dormir.
Zacarías era sacerdote y se había quedado mudo por no creer que, ya anciano, iba a tener un hijo. Cuando nace Juan, el que luego bautizará a Jesús, recupera la voz y lo primero que dice es este cántico (Lc 1,68-79). Bendice a Dios porque cumple lo prometido y le habla a su hijo recién nacido del camino que tiene por delante.
Se reza en Laudes, la oración de la mañana: el sol que amanece al final del cántico es también el del día que empieza.
Bendito el Señor, Dios de Israel,
que ha venido a visitar a su pueblo y a rescatarlo.
Ha hecho surgir para nosotros un poder que salva
en la casa de David, su siervo,
como había anunciado desde siempre
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian,
la misericordia que prometió a nuestros padres,
el recuerdo de su alianza santa
y del juramento que hizo a Abrahán, nuestro padre:
concedernos que, libres ya de temor
y arrancados de la mano enemiga,
le sirvamos en santidad y en justicia,
delante de él, todos los días de nuestra vida.
Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a abrirle los caminos,
a enseñar a su pueblo que la salvación
está en el perdón de sus pecados.
Por la ternura entrañable de nuestro Dios,
nos visitará desde lo alto el sol que amanece,
para dar luz a los que están sentados en tinieblas
y en sombra de muerte,
y para guiar nuestros pies
por el camino de la paz.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
María, recién anunciada por el ángel, va a ver a su prima Isabel, que también espera un hijo. Isabel la saluda llamándola dichosa, y María responde con este canto (Lc 1,46-55). Es el canto de una muchacha sencilla que se sabe mirada por Dios, y que ve en lo que le pasa la manera de hacer de Dios con todos: levantar a los pequeños y llenar a los que tienen hambre.
Se reza en Vísperas, la oración del atardecer, como una acción de gracias por el día que se acaba.
Mi alma engrandece al Señor,
y mi espíritu salta de gozo en Dios, mi salvador,
porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho en mí cosas grandes:
su nombre es santo,
y su misericordia llega de generación en generación
a los que le temen.
Ha desplegado la fuerza de su brazo:
ha dispersado a los que se creen grandes en su corazón,
ha derribado del trono a los poderosos
y ha levantado a los pequeños;
a los hambrientos los ha colmado de bienes
y a los ricos los ha despedido con las manos vacías.
Ha acogido a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abrahán y a su descendencia para siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Cuarenta días después de nacer, José y María llevan a Jesús al templo. Allí está Simeón, un anciano que llevaba toda la vida esperando ver al Salvador. Toma al niño en brazos y dice estas palabras (Lc 2,29-32): ya lo ha visto, ya puede irse en paz.
Se reza en Completas, la última oración del día. Es el cántico para dejar el día en manos de Dios y dormir tranquilo.
Ahora, Señor, según tu palabra,
puedes dejar que tu siervo se vaya en paz,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
el que has preparado a la vista de todos los pueblos:
luz que se abre a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Los tres cánticos están en traducción propia del latín, hecha para esta página.
No hace falta rezar las horas enteras para hacer tuyos estos cánticos. Puedes decir solo el Benedictus al levantarte, el Magníficat al volver a casa o el Nunc dimittis en la cama, con la luz ya apagada. Dentro de la hora, cada uno va con su antífona, una frase breve que cambia según el día y la fiesta.
Salmodiando te pone delante cada día las horas completas, con su cántico y su antífona propia, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.