Para pedir luz, fuerza y consuelo.
El Espíritu Santo es el más escondido de los tres: no tiene rostro, y Jesús lo comparó con el viento, que no se ve pero se nota. Los cristianos lo llaman con nombres sencillos, como consolador, luz, fuego o huésped del alma. Estas tres oraciones se rezan desde hace muchos siglos, y cualquiera puede hacerlas suyas.
La más breve y la más conocida. Se reza antes de empezar algo: una clase, una reunión, un trabajo, un rato de oración.
Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de los que creen en ti y enciende en ellos el fuego de tu amor.
℣. Envía tu Espíritu y todo será creado.
℟. Y renovarás la faz de la tierra.
Oremos. Oh Dios, que iluminaste el corazón de tus fieles con la luz del Espíritu Santo: concédenos, por ese mismo Espíritu, saborear lo que es recto y alegrarnos siempre con su consuelo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
Un himno latino del siglo IX, que se suele atribuir a Rabano Mauro, monje y obispo de Maguncia. Se canta en Pentecostés y en los grandes comienzos: al abrir un concilio, al elegir un papa, en una ordenación. Pero es también una oración muy personal, para cualquier comienzo tuyo.
Ven, Espíritu creador,
visita las mentes de los tuyos,
llena de la gracia de lo alto
los corazones que tú creaste.
Tú, a quien llamamos Consolador,
don del Dios altísimo,
fuente viva, fuego, amor
y unción del espíritu.
Tú, que das siete dones,
dedo de la mano derecha del Padre,
promesa verdadera del Padre,
que pones palabras en nuestra boca.
Enciende una luz en nuestros sentidos,
derrama el amor en los corazones,
y sostén con tu fuerza constante
la debilidad de nuestro cuerpo.
Aleja de nosotros al enemigo,
danos pronto la paz;
que, yendo tú delante como guía,
evitemos todo lo que hace daño.
Por ti conozcamos al Padre,
y conozcamos también al Hijo,
y en ti, Espíritu de los dos,
creamos en todo tiempo.
Gloria a Dios Padre,
y al Hijo, que resucitó de entre los muertos,
y al Consolador,
por los siglos de los siglos. Amén.
Veni, Sancte Spiritus es un poema del siglo XIII que se lee en la Misa de Pentecostés, antes del Evangelio. Se le ha llamado la «secuencia de oro». Tiene diez estrofas de tres versos, y cada una es una manera distinta de llamar al Espíritu.
Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.
Ven, padre de los pobres,
ven, dador de todo don,
ven, luz de los corazones.
El mejor consolador,
dulce huésped del alma,
dulce alivio.
Descanso en el trabajo,
frescor en el calor,
consuelo en el llanto.
Oh luz dichosísima,
llena lo más íntimo
del corazón de los tuyos.
Sin tu aliento divino
no hay nada en el hombre,
nada que esté limpio.
Lava lo que está manchado,
riega lo que está seco,
cura lo que está herido.
Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que se ha extraviado.
Da a los tuyos,
que confían en ti,
tus siete dones sagrados.
Dales el fruto de una vida buena,
dales llegar a la salvación,
dales la alegría que no acaba.
Amén. Aleluya.
Las tres oraciones están en traducción propia del latín, hecha para esta página.
En Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua, que es la fiesta del Espíritu. Los nueve días anteriores, desde la Ascensión, son la primera novena de la historia: los apóstoles los pasaron rezando con María, esperándolo.
Antes de algo importante. Un examen, una conversación difícil, una decisión que no ves clara. Una sola línea basta: «Ven, Espíritu Santo».
Cuando no sabes qué decir. San Pablo escribió que el Espíritu reza en nosotros cuando no sabemos pedir lo que conviene (Rom 8,26). A veces basta con estar callado y dejarle hacer.
Salmodiando te pone delante cada día las horas completas, con sus himnos y lecturas propias, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.