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Novena a Jesucristo, Rey del universo

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Se reza los nueve días anteriores a la fiesta.

El último domingo del año litúrgico, justo antes de que empiece el Adviento, se celebra a Jesucristo, Rey del universo; en 2027 cae el 21 de noviembre. Es un rey distinto a todos: no tiene ejército ni palacio, reina desde una cruz y se reconoce en quien tiene hambre. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, a tu ritmo.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, pon delante de él lo que hoy te pesa y a las personas que llevas dentro, y deja que sea él quien cuide de ellas.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Un reino que no es de este mundo

«Mi reino no es de este mundo.» (Jn 18,36)

Jesús está delante de Pilato, atado, después de una noche muy larga. El gobernador le pregunta si es rey, y él responde algo desconcertante: su reino no es de este mundo. No dice que el mundo no le importe. Dice que su manera de reinar no se parece a la de los que mandan con soldados, impuestos y miedo. Si su reino fuera como los otros, añade, los suyos habrían peleado para defenderlo. Y nadie pelea. Este rey no se impone ni obliga a nadie. Se presenta desarmado y deja que cada uno decida. La novena empieza ahí, con un rey que no necesita ganar para reinar. Puedes acercarte a él sin miedo: no viene a quitarte nada, viene a ofrecerse entero.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Un rey montado en un borrico

«Mira, tu rey viene a ti, manso, montado en una asna.» (Mt 21,5)

Cuando Jesús entra en Jerusalén, la gente lo recibe con ramos y con mantos tendidos en el suelo. Parece la llegada de un rey, y lo es, pero no a caballo ni rodeado de guardias. Llega en un borrico, el animal de carga de la gente sencilla. Mateo recuerda unas palabras antiguas del profeta: tu rey viene a ti, manso. Viene a ti: no espera a que subas a su palacio, es él quien hace el camino. Y viene manso, sin gritar, sin empujar. Muchos esperaban otra cosa, un libertador que echara a los romanos. Se encontraron con alguien que llega despacio y a la altura de los demás. Hoy puedes abrirle la puerta así, sin preparativos: él ya viene de camino.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Un rey que sirve

«El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir.» (Mc 10,45)

Santiago y Juan le piden a Jesús sentarse a su derecha y a su izquierda cuando llegue su gloria. Los otros diez se enfadan al enterarse. Es una escena muy humana: todos quieren un buen puesto. Jesús no los humilla. Les explica que entre ellos las cosas van a funcionar al revés: el que quiera ser grande será el que sirva, y el primero, el que atienda a los demás. Y lo dice de sí mismo: no vino a que le sirvieran, sino a servir. Este rey se ciñe una toalla. La noche antes de morir, lava los pies a sus amigos. Hoy puedes mirar los servicios pequeños de tu día, los que nadie agradece, y descubrir que también en ellos reina él.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Un reino de verdad

«Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.» (Jn 18,37)

Pilato insiste: entonces, ¿eres rey? Jesús responde que ha venido para dar testimonio de la verdad, y que quien es de la verdad escucha su voz. Pilato, cansado o escéptico, contesta con otra pregunta: ¿qué es la verdad? Y sale sin esperar respuesta. La tenía delante. El reino de Jesús no se levanta con propaganda ni con medias verdades. Se construye con palabras que se pueden creer y con una vida que coincide con lo que dice. En un mundo lleno de ruido, rumores y versiones, eso es un descanso. Delante de él no hace falta aparentar. Puedes presentarte tal como eres, con tu verdad entera, también la que te cuesta mirar. Ahí empieza su reino.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. El letrero de la cruz

«Jesús Nazareno, el Rey de los judíos.» (Jn 19,19)

Los soldados se burlan de Jesús: le ponen una corona de espinas y un manto de púrpura, y le hacen reverencias de broma. Después, en lo alto de la cruz, Pilato manda poner un letrero con el motivo de la condena: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos. Lo escribe en tres lenguas, para que lo lea todo el que pasa. Quería ser una burla, y sin saberlo dijo la verdad. Ese es el trono de este rey: un madero, entre dos condenados, a las afueras de la ciudad. No reina a pesar de la cruz, reina desde ella, amando hasta el final. Por eso ningún dolor tuyo le es ajeno. Donde tú sufres, él ya ha estado, y allí sigue reinando en silencio.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Acuérdate de mí

«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» (Lc 23,42)

Junto a Jesús crucifican a dos malhechores. Uno se une a los insultos. El otro le hace callar: reconoce que ellos cargan con lo que hicieron, pero que este hombre no ha hecho nada malo. Después se vuelve hacia Jesús y le dice algo muy sencillo: acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. No presenta méritos ni hace grandes promesas. Solo pide que no lo olvide. Y Jesús le responde: hoy estarás conmigo en el paraíso. Es la primera persona a la que este rey abre las puertas de su reino, y es alguien que llega al final, con las manos vacías. Nunca es tarde para esa frase. Puedes decirla hoy, con tus propias palabras, y quedarte tranquilo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. Tuve hambre

«Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber.» (Mt 25,35)

Jesús cuenta cómo será el final: el rey reunirá a todos los pueblos y hablará con ellos. A unos les dirá: tuve hambre y me disteis de comer, era forastero y me acogisteis, estuve enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. Y ellos, sorprendidos, preguntarán cuándo lo hicieron. No lo sabían. Habían dado un plato, una visita, un poco de tiempo, sin pensar en ningún rey. Esa es la sorpresa del evangelio: este rey se esconde en la gente que necesita algo. No hace falta buscarlo lejos. Está en el vecino que vive solo, en quien espera en un hospital, en quien acaba de llegar de fuera. Hoy puedes pensar en alguien concreto y regalarle un gesto pequeño.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. La paz que él da

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.» (Jn 14,27)

La víspera de su muerte, en la cena con sus amigos, Jesús les deja una herencia: su paz. Y aclara que no la da como la da el mundo. La paz del mundo suele ser un equilibrio frágil, una tregua entre miedos, algo que se firma y se rompe. La suya es otra cosa: una calma que puede estar dentro incluso cuando fuera hay tormenta. No depende de que todo salga bien. Justo después añade: que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Lo dice alguien que sabe lo que le espera al día siguiente. Este es un reino de paz, y empieza por dentro. Hoy puedes poner en sus manos lo que te quita el sueño y dejar que su paz llegue despacio.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Todo nuevo

«Mira, hago nuevas todas las cosas.» (Ap 21,5)

El último libro de la Biblia termina con una visión: un cielo nuevo y una tierra nueva, una ciudad donde Dios vive con su pueblo y enjuga toda lágrima de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor. Y el que está sentado en el trono dice: mira, hago nuevas todas las cosas. No dice que las tira para empezar de cero. Las hace nuevas: las mismas cosas, las mismas personas, curadas. Así acaba el año litúrgico, mirando hacia ese final lleno de esperanza, y el domingo siguiente empieza el Adviento. Llegas a la fiesta con lo que eres y con lo que ha sido tu año. Este rey no viene a pedirte cuentas con dureza. Viene a renovarlo todo, también lo tuyo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Jesús, rey manso y humilde, tú no reinas desde un trono sino desde la cruz, y tu corona fue de espinas. Te doy lo que soy, sin adornos: mis ganas y mis cansancios, lo que me ha salido bien y lo que se me ha torcido. Que tu reino de verdad y de paz crezca despacio en mi casa y en mi calle. Enséñame a reconocerte en quien tiene hambre, en quien está solo, en quien espera una visita. Y cuando llegue mi hora, acuérdate de mí, como te acordaste del que moría a tu lado. Amén.

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