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Novena a la Asunción de la Virgen

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 6 de agosto al 14 de agosto. Fiesta el 15 de agosto.

El 15 de agosto se celebra la Asunción de la Virgen: María, al terminar su vida en la tierra, fue llevada al cielo en cuerpo y alma. En pleno verano, muchos pueblos están de fiesta por la Virgen de agosto. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con el calor que haga.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, cuéntale a María lo que esperas, lo grande y lo pequeño, y también a quién echas de menos.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Levántate y ven

6 de agosto

«Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven.» (Cant 2,10)

El Cantar de los Cantares pone en boca del amado una invitación sencilla: levántate, ven. Durante siglos, muchos han leído en esas palabras lo que ocurrió al final de la vida de María. Los evangelios no cuentan cómo terminó su camino en la tierra. Lo que se celebra el 15 de agosto es que Dios la llamó entera, con su historia y con su cuerpo, a estar junto a él. No como premio a una hazaña, sino como quien llama a casa a alguien muy querido. Esta novena empieza ahí: en una llamada tierna, no en una exigencia. A ti también te llama así, por tu nombre, sin prisa y sin reproches. Hoy puedes escuchar esas dos palabras como dichas solo para ti: levántate, ven.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Un sí que llega lejos

7 de agosto

«He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra.» (Lc 1,38)

Todo empezó en Nazaret, en una casa corriente, con una muchacha joven que recibió una noticia que no esperaba. María hizo preguntas, no lo entendió todo, y aun así dijo que sí. Aquel sí no fue un momento aislado: lo fue repitiendo a lo largo de los años, en Belén, en Egipto, en Nazaret, al pie de la cruz. La Asunción es el final de ese camino, el lugar adonde llevaba cada paso. Lo que empezó con una palabra pequeña termina en el cielo. Tu vida también está hecha de síes pequeños que nadie aplaude: levantarte, cuidar, seguir. Ninguno se pierde. Hoy puedes mirar los tuyos con cariño y ponerlos en manos de María, que sabe muy bien lo que valen.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Dichosa por fiarse

8 de agosto

«Dichosa tú, que has creído.» (Lc 1,45)

Cuando María visita a su prima Isabel, esta la recibe con una alegría que le sale de dentro: dichosa tú, que has creído. No la llama dichosa por lo que tiene ni por lo que ha conseguido, sino por haberse fiado. María se fió cuando no veía el final del camino. Se fió en los días claros y en los oscuros, también cuando no entendía a su hijo y cuando lo vio morir. La Asunción dice que esa confianza no quedó en el aire: Dios la cumplió del todo. Quizá hoy te cuesta fiarte, porque hay cosas que no salen o que duelen. No pasa nada. Puedes empezar por una confianza pequeña, del tamaño de un grano, y dejar que María te preste un poco de la suya.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. El cuerpo no se pierde

9 de agosto

«No permitirás que tu santo vea la corrupción.» (Sal 16,10)

La fiesta de estos días tiene algo muy concreto: María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. No solo su recuerdo, no solo su espíritu. También sus manos, que trabajaron; sus pies, que caminaron hasta Egipto y hasta el Calvario; sus ojos, que vieron crecer a Jesús. El cuerpo no es un envoltorio que se tira al final. Para Dios cuenta, y cuenta para siempre. Esto puede traerte paz si tu cuerpo está cansado, enfermo o envejecido, o si no te gusta cómo es. Tus arrugas, tus cicatrices y tus dolores no son un estorbo para Dios. El salmo canta que él no abandona a los suyos a la corrupción. Hoy puedes dar gracias por tu cuerpo, tal como está, y confiarlo a quien no lo olvida.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Como quien se duerme

10 de agosto

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas.» (Jn 14,2)

En Oriente, esta fiesta se llama la Dormición de la Virgen. Se cuenta, según una tradición muy antigua, que María se durmió en paz rodeada de los apóstoles, que habían llegado de lejos para despedirla. Unos sitúan su casa en Jerusalén; otros, en Éfeso, donde habría vivido con el apóstol Juan. Más allá de los detalles, la imagen es serena: una madre que se duerme en compañía y despierta en Dios. Jesús había dicho que en la casa de su Padre hay muchas moradas. María fue la primera en estrenar del todo la suya. Si te da miedo pensar en el final, puedes mirarlo con los ojos de esta escena: no una caída en el vacío, sino un sueño que termina en un abrazo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Una madre en casa

11 de agosto

«Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.» (Jn 19,27)

Al pie de la cruz, Jesús confió su madre al discípulo amado, y el evangelio dice que desde aquella hora la recibió en su casa. Desde entonces, muchísimas personas han hecho lo mismo: han dejado sitio a María en su casa, en una estampa junto a la cama, en una medalla, en una oración a media voz. Que ella esté en el cielo no la aleja. Al contrario: quien está junto a Dios está cerca de todos, sin distancias. María no se fue a otro sitio para olvidarse de los suyos. Sigue siendo madre, ahora sin cansancio y sin límites. Hoy puedes hacerle un hueco en tu día, como el discípulo, y contarle cómo va tu casa, lo que marcha bien y lo que no.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. La Virgen de agosto

12 de agosto

«Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.» (Lc 1,48)

A mediados de agosto, muchos pueblos y ciudades se llenan de fiesta. La Virgen de agosto tiene mil nombres: la Paloma en Madrid, la Mare de Déu d’Agost en tantos pueblos de Cataluña, Valencia y Baleares, y en Elche se representa cada año el Misteri, un drama cantado sobre la Asunción. Hay procesiones, verbenas, familias que vuelven al pueblo y abuelos que se sientan a la fresca. En casa de Isabel, María cantó que todas las generaciones la llamarían dichosa, y en agosto eso se oye de muchas maneras, también entre músicas y farolillos. La fe no está reñida con la alegría. Hoy puedes rezar por tu pueblo, por los que vuelven a él y por los que este año no pueden volver.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Los que ya se fueron

13 de agosto

«Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.» (Ap 21,4)

La Asunción habla de María, pero también de todos aquellos a quienes quieres y ya no están. Lo que Dios hizo con ella es un anticipo de lo que espera hacer con cada uno: no dejar a nadie perdido, no dejar nada a medias. Por eso esta fiesta tiene algo de consuelo para quien echa de menos a alguien. Los que se fueron no se han borrado. Están en manos de Dios con toda su historia, con su voz, con sus gestos, con su manera de reír. El Apocalipsis promete que Dios enjugará toda lágrima, y enjugar es un gesto de cerca, de madre. Hoy puedes nombrar en silencio a tus difuntos, uno por uno, y dejarlos junto a María, que los recibe como suyos.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Una señal en el cielo

14 de agosto

«Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol.» (Ap 12,1)

En las noches de agosto, lejos de las luces, el cielo se llena de estrellas, y por estas fechas se ven las fugaces que muchos llaman lágrimas de San Lorenzo. Es fácil quedarse mirando hacia arriba en silencio. El Apocalipsis habla de una gran señal en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies. Muchos han visto en ella a María. En 1950, el papa Pío XII proclamó solemnemente lo que se celebraba desde hacía siglos: que fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Mañana es su fiesta. Terminas la novena mirando hacia arriba, no para escapar de la tierra, sino para saber adónde va. Lo que le pasó a ella es lo que te espera a ti.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

María, llevada al cielo en cuerpo y alma, tú ya estás donde esperamos llegar. Mira desde allí mi vida entera: mis manos, mi cansancio, mis fiestas y mis pérdidas. Nada de lo que he querido se pierde en Dios, y tú eres la prueba. Cuida de los que ya se fueron y de los que hoy se sienten solos. Cuando me falte la esperanza, levanta mis ojos hacia ti, como en las noches de agosto se levantan hacia las estrellas. Y llévame, a tu paso, hasta tu Hijo Jesús. Amén.

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