Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
En los días que siguen a la Navidad se celebra a la Sagrada Familia: la casa de Jesús, María y José, una familia de carne y hueso, con caminos, sustos y alegrías. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con la familia que tengas.
Los nueve días:
«Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.» (Mt 1,1)
El evangelio de Mateo empieza con una lista larga de nombres: la familia de Jesús hacia atrás, generación tras generación. Y en esa lista no hay solo gente ejemplar. Aparecen cuatro mujeres con historias difíciles: Tamar, Rahab, Rut, que era extranjera, y la que había sido mujer de Urías. Aparecen reyes que se equivocaron mucho. Dios no eligió una familia de estampa para entrar en el mundo. Entró en una historia como las nuestras, con sus sombras, sus silencios y sus remiendos. Por eso esta novena no parte de un modelo que alcanzar ni de una foto con la que compararte. Parte de lo que hay. Tu familia, sea como sea, cabe aquí desde el primer día, con lo que te alegra de ella y con lo que todavía duele.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.» (Lc 2,7)
María y José se ponen en camino por un censo, una orden que llega de lejos y les desbarata los planes. Ella, a punto de dar a luz; él, buscando dónde pasar la noche. No encuentran sitio y acaban en un lugar para animales. Allí nace Jesús, y su madre lo acuesta en un pesebre, el comedero del ganado. Nada salió como ellos habrían querido. Y sin embargo, ahí, en lo improvisado, empieza todo. Muchas familias conocen esa sensación: las cosas no salen como se soñaron, la casa se queda pequeña, el dinero no llega, los planes se tuercen. El pesebre dice en voz baja que Dios no espera a que todo esté en orden para llegar. Llega a lo que hay, y lo llena de calor.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y marchó a Egipto.» (Mt 2,14)
Apenas ha nacido el niño, llega el peligro. José se despierta de noche, recoge lo poco que tienen y se marcha con María y el niño hacia Egipto, un país extranjero, con otra lengua y otras costumbres. La Sagrada Familia fue también una familia migrante y refugiada. Conoció el miedo en los caminos, la incertidumbre de no saber cuándo volver, la necesidad de que alguien le abriera la puerta. Seguramente hubo quien los ayudó sin saber a quién ayudaba. Hoy puedes rezar por las familias que están de camino, por las que han dejado atrás su casa, por las que esperan papeles o noticias. Y si alguna vez fuiste tú quien llegó de fuera, o quien recibió a alguien, esta escena también es tuya.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«José, al despertar del sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.» (Mt 1,24)
De José los evangelios no recogen ni una sola palabra. Sueña, se despierta, se levanta, toma al niño y a su madre, se pone en camino, trabaja. Todo lo que se sabe de él son gestos. Era artesano, alguien que trabajaba con las manos para sacar adelante una casa. Acogió a un hijo que no era suyo por la sangre y lo quiso como propio: le puso nombre, le enseñó un oficio. Hay mucha gente así: padres y madres, abuelos, padrastros y madrastras, tíos, vecinos, que cuidan sin que nadie lo note y sin pedir nada a cambio. Hoy puedes darles gracias en silencio. Y si eres tú quien sostiene a otros, José está cerca: él también supo lo que es cansarse por amor y callarlo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«El niño crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría.» (Lc 2,40)
Después de Egipto, la familia vuelve y se instala en Nazaret, un pueblo pequeño del que nadie esperaba gran cosa. Allí pasa Jesús casi treinta años de los que los evangelios apenas cuentan nada. Comidas, trabajo, fiestas del pueblo, vecinos, alguna enfermedad, alguna discusión. Días parecidos unos a otros. Y en esos días parecidos el niño crece. No hacía falta que pasara nada extraordinario: lo ordinario bastaba para que Dios estuviera ahí. Esto puede traerte mucha paz. La vida de tu casa, con sus rutinas y sus horarios, no es un tiempo perdido a la espera de algo mejor. Poner la mesa, esperar a alguien, preguntar qué tal el día: también ahí se crece, y también ahí se reza sin darte cuenta.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te buscábamos angustiados.» (Lc 2,48)
Cuando Jesús tiene doce años, sube con sus padres a Jerusalén para la Pascua. A la vuelta, María y José caminan un día entero creyendo que va con los parientes. No está. Vuelven, lo buscan durante tres días y lo encuentran en el templo, sentado entre los maestros. Las palabras de su madre no son un discurso solemne: son las de cualquier madre asustada. Esta escena cuenta que en la Sagrada Familia también hubo sustos, malentendidos y preguntas sin respuesta clara. Jesús contesta algo que sus padres no entienden. Hoy puedes rezar por los padres que buscan a un hijo, de lejos o de cerca, por los que no se entienden en casa y por los hijos que buscan su propio camino. Perderse y volver a encontrarse también es cosa de familia.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Y su madre guardaba todas estas palabras en su corazón.» (Lc 2,51)
Después del susto del templo, Lucas añade una frase breve: María guardaba todo aquello en su corazón. No dice que lo entendiera. Dice que lo guardaba. Hay cosas de la propia familia que tampoco se entienden: decisiones de un hijo, silencios de un padre, distancias que nadie eligió. A veces no se pueden arreglar ni explicar. María enseña otra manera de estar: no tirar nada, no juzgar deprisa, dejar que el tiempo haga su trabajo por dentro. Guardar no es resignarse. Es mantener abierto un sitio para que las cosas, algún día, encuentren su sentido. Hoy puedes poner en sus manos lo que de tu casa no comprendes, sin obligarte a entenderlo ya. Ella sabe esperar, y sabe esperar contigo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Él sana a los de corazón roto y venda sus heridas.» (Sal 147,3)
No todas las familias se parecen a las de las felicitaciones. Hay casas donde falta alguien, porque murió o porque se fue. Hay hijos que crecen con un solo padre o una sola madre, que hace de todo y llega como puede. Hay familias que se rompieron y otras que se volvieron a juntar con piezas nuevas: hermanos que llegaron más tarde, abuelos que hacen de padres. Hay heridas que vienen de dentro de la propia casa. Todas caben ante Jesús, María y José, que tampoco tuvieron una historia sencilla. El salmo dice que Dios venda las heridas, y vendar es un gesto lento, de cerca, sin prisa. Hoy puedes presentarle tu casa tal como está, sin compararla con ninguna, y dejar que él la mire con cariño.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«A vosotros os he llamado amigos.» (Jn 15,15)
Hay personas que no tienen familia, o que la tienen lejos, o con la que ya no se hablan. Para ellas estos días pueden pesar más que otros. Jesús, ya adulto, habló de una familia más ancha, hecha de los que caminaban con él, y a sus discípulos les dijo que eran sus amigos. Los amigos también son familia: los que te llaman, los que se acuerdan de ti, los que se sientan a tu mesa sin necesidad de parentesco. Si te sientes sin nadie, esta novena no te deja fuera: la casa de Nazaret tiene la puerta abierta. Terminas los nueve días con la fiesta ya cerca. Puedes llevar a ella a todos los tuyos, los de sangre y los elegidos, y también a los que no tienen a nadie.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Jesús, María y José, vosotros sabéis lo que es buscar sitio, cambiar de tierra, trabajar y esperar, perder a alguien y volver a encontrarlo. Os confío mi casa tal como es: los que están, los que se fueron, los que viven lejos y los que la vida me ha ido regalando por el camino. Donde haya heridas, poned calma. Donde haya soledad, poned compañía. Enseñadme a cuidar sin ruido, como José; a guardar sin prisa, como María; y a crecer despacio, como el Niño. Amén.
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