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Novena a la Virgen de la Medalla Milagrosa

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 18 de noviembre al 26 de noviembre. Fiesta el 27 de noviembre.

El 27 de noviembre se recuerda a la Virgen de la Medalla Milagrosa, la que se acercó a una joven novicia de París en 1830 y le mostró una medalla sencilla, hecha para llevarla cerca del corazón. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, déjale a ella lo que hoy te preocupa, sin adornarlo, como se le cuenta algo a una madre.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Una joven del campo

18 de noviembre

«Ha puesto los ojos en la pequeñez de su sierva.» (Lc 1,48)

Catalina Labouré nació en 1806 en un pueblo de Borgoña, en una familia de labradores, y perdió a su madre siendo niña. No tuvo estudios. Llevó durante años la casa y el corral de su padre, y en la primavera de 1830 entró por fin como novicia en las Hijas de la Caridad, en la casa de la rue du Bac, en París. Nada en ella llamaba la atención. Y es a ella a quien, según contó, se acercó la Virgen ese mismo año. Dios no busca currículos. Mira lo pequeño y lo escoge sin hacer ruido. Si hoy te sientes poca cosa, estás justo en el sitio donde ella te encuentra. Empiezas la novena así, tal como eres, sin necesidad de ser otra persona.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Una noche de julio

19 de noviembre

«Como una madre consuela a su hijo, así os consolaré yo.» (Is 66,13)

Catalina contó que en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, víspera de la fiesta de san Vicente de Paúl, alguien la despertó y la llevó a la capilla. Allí vio a la Virgen sentada, y ella se arrodilló a su lado y apoyó las manos sobre sus rodillas. Hablaron largo rato, como hablan una madre y una hija. Lo que más conmueve de su relato no es lo extraordinario, sino la cercanía. No hay distancia, no hay miedo, no hay protocolo. Así te espera también a ti: no en lo alto, sino sentada cerca, con tiempo. Hoy puedes rezar imaginando esa escena y ocupando el lugar de Catalina, con las manos apoyadas, contándole lo que quieras.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Las manos abiertas

20 de noviembre

«Abres tu mano y colmas de bendición a todo viviente.» (Sal 145(144),16)

El 27 de noviembre de 1830, Catalina vio de nuevo a la Virgen en la capilla. Contó que tenía las manos extendidas hacia abajo y que de ellas salían rayos de luz sobre el mundo. Algunas piedras de sus anillos, sin embargo, no daban luz. Según su relato, eran las gracias que nadie había pedido. Esa imagen es la que muestra la medalla: unas manos que no retienen, que se abren para dar. Y también una pequeña tristeza, la de tanto regalo que se queda esperando. No es un reproche. Es una puerta abierta. Hoy puedes pedir sin vergüenza, incluso aquello que te parece demasiado pequeño o demasiado grande. Unas manos así no se cansan de dar.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Sin pecado concebida

21 de noviembre

«Toda hermosa eres, amiga mía, y no hay mancha en ti.» (Ct 4,7)

Alrededor de la figura de la Virgen, Catalina vio escritas unas palabras en forma de óvalo: «Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Son las mismas que rodean hoy la medalla. Es una oración cortísima, que cabe en un suspiro. Dice quién es ella, limpia desde el principio, y dice quiénes somos nosotros: los que acudimos a ella porque la necesitamos. No hace falta más. Puedes repetirla por la calle, en la sala de espera, antes de dormir. Tampoco hace falta sentirse limpio para decirla. Al contrario: se dice precisamente desde lo que no está en orden, como un niño que tiende los brazos a su madre sin haberse lavado antes las manos.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. La M y la cruz

22 de noviembre

«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» (Jn 19,26)

En el reverso de la medalla, Catalina vio una letra M, la inicial de María, y sobre ella una cruz, unidas por una barra. No hay palabras, solo ese dibujo. Y lo dice todo: la madre y el Hijo no se entienden por separado. Ella está al pie de la cruz, sosteniéndola de algún modo, sin apartarse. Desde allí, Jesús la da como madre a su amigo, y en él a todos. Por eso quien mira a María termina siempre mirando a Jesús. La medalla no la pone a ella en el centro; la pone junto a él. Hoy puedes mirar esa M sencilla como una firma: la de alguien que se quedó cuando otros se fueron, y que sigue quedándose contigo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Dos corazones

23 de noviembre

«Y a ti misma una espada te atravesará el alma.» (Lc 2,35)

Debajo de la M, la medalla muestra dos corazones. Uno está rodeado de espinas: es el de Jesús. El otro está atravesado por una espada: es el de María. Juntos, uno al lado del otro. Es una forma muy sencilla de decir que el amor de verdad duele a veces, y que el dolor compartido pesa menos. El anciano Simeón se lo anunció a María cuando ella era todavía muy joven, con el niño en brazos. Ella no huyó de lo que venía. Si hoy llevas un dolor que no sabes dónde poner, puedes ponerlo ahí, junto a esos dos corazones. No lo van a juzgar ni a explicar. Lo van a acompañar, que a veces es lo único que hace falta.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. Doce estrellas

24 de noviembre

«Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida de sol.» (Ap 12,1)

Alrededor del reverso de la medalla hay doce estrellas. Recuerdan a la mujer del Apocalipsis, coronada con doce estrellas, y también a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles: todo el pueblo de Dios reunido en torno a ella. Nadie queda fuera de esa corona. Hay estrellas que brillan más y otras que apenas se ven, pero todas cuentan. Quizá tú te sientas hoy como una de las pequeñas, de esas que se pierden entre las luces de la ciudad. Da igual. Estás en el círculo. La noche, además, es cuando mejor se ven las estrellas. Si atraviesas una noche, también ella está ahí, sin prisa, esperando a que amanezca contigo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. La caridad con nombre

25 de noviembre

«Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos pequeños, conmigo lo hicisteis.» (Mt 25,40)

Catalina era Hija de la Caridad, la familia que san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac pusieron en marcha en el siglo XVII para servir a los pobres en sus casas, en los hospitales, en la calle. Después de las apariciones no se hizo famosa. Pasó décadas cuidando ancianos en un asilo de París, sin que casi nadie supiera que la medalla había salido de lo que ella vio. Casi nadie lo sabía. Así se entiende mejor el mensaje: la Virgen de las manos abiertas se prolonga en unas manos que lavan, dan de comer, escuchan. Hoy puedes pensar en alguien concreto que tienes cerca. No hace falta un gran gesto. Basta con mirarlo a los ojos.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Los que la llevan sin saber

26 de noviembre

«Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz.» (Mc 5,34)

Las primeras medallas se acuñaron en 1832, y enseguida corrieron de mano en mano. Hoy la llevan muchas personas colgada del cuello, prendida en la ropa o guardada en la cartera: abuelas, niños, enfermos, gente que no sabría explicar qué significa cada dibujo. No es un talismán ni un seguro contra nada. Es un recuerdo y una señal, como la foto de alguien querido que se lleva encima. Lo que importa no es el metal, sino la confianza de quien la lleva y la ternura de quien la mira desde el otro lado. Catalina murió en 1876 y fue canonizada en 1947. Mañana es la fiesta. Terminas la novena, y la madre de las manos abiertas se queda contigo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Madre de las manos abiertas, tú que te acercaste a una muchacha sencilla sin pedirle nada a cambio, acércate también a mí. Te traigo lo que sé pedir y lo que ni siquiera me atrevo a pedir, porque tú conoces las dos cosas. Enséñame a mirar a tu Hijo con tu corazón, y a los demás con sus ojos. Cuida de los que quiero y de los que llevan tu medalla sin saber tu nombre. Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti. Amén.

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