Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 27 de junio se celebra a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, la Virgen de un pequeño icono de estilo bizantino en el que un Niño asustado corre a refugiarse en los brazos de su madre. Es una imagen para mirar despacio, porque cada detalle cuenta algo. Durante los nueve días anteriores, del 18 al 26 de junio, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.
Los nueve días:
18 de junio
«Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1)
El icono del Perpetuo Socorro es una tabla pequeña, pintada sobre madera al modo de los iconos bizantinos, con un fondo dorado y colores intensos. Según la tradición, procede de la isla de Creta y llegó a Roma a finales del siglo XV, donde durante unos trescientos años se veneró en una iglesia dedicada a san Mateo. Desde entonces ha dado la vuelta al mundo en millones de estampas, en casas, hospitales y salpicaderos de coches. No es un cuadro para admirar de lejos, sino para rezar delante. Hoy empiezas la novena simplemente mirándolo. No hace falta saber nada de arte ni encontrar las palabras justas. Basta con levantar los ojos, como quien busca ayuda, y dejar que la imagen te hable.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
19 de junio
«Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo.» (Is 66,13)
Hay un detalle que casi todos descubren tarde: al Niño se le ha soltado una sandalia, que cuelga de su pie por una tira. Ha llegado corriendo, con tanta prisa que ni se ha dado cuenta. Es el gesto de cualquier niño que se asusta y vuelve de golpe a su madre, sin pensar en nada más. En ese Niño que corre está Jesús, el Hijo de Dios, que quiso ser pequeño y saber lo que es tener miedo. Por eso no se avergüenza de buscar refugio. Tampoco a ti te pide llegar bien arreglado, con todo en orden. Puedes llegar como estás, despeinado por dentro, con una sandalia colgando. Ella te recibe igual.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
20 de junio
«Como un niño en brazos de su madre, así está mi alma dentro de mí.» (Sal 131,2)
Fíjate en las manos del Niño. Con las dos se agarra a la mano de su madre, fuerte, como se agarra uno cuando no quiere soltarse por nada del mundo. No le pide explicaciones ni le hace un discurso: simplemente se aferra. A veces la oración es solo eso. Cuando la cabeza no da para más y las palabras no salen, queda el gesto de agarrarse a alguien que no se va a marchar. Si hoy estás cansado, o preocupado, o no sabes muy bien qué pedir, puedes rezar así, sin frases. Imagina que tus manos se cierran sobre la mano de María. Quédate un rato ahí, sin prisa, hasta que el corazón se vaya calmando poco a poco.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
21 de junio
«Yo, el Señor, tu Dios, te tomo de la mano derecha y te digo: no temas, yo te ayudo.» (Is 41,13)
La mano de María en el icono no aprieta ni retiene. Está abierta, sosteniendo, dejando que el Niño se agarre a ella todo lo que necesite. Con el otro brazo lo tiene recogido contra sí. Es la postura de quien está disponible, de quien no se cansa de sostener aunque el susto dure. Así es el socorro que se le pide: no una solución mágica que lo borra todo de golpe, sino una compañía firme en medio de lo que pasa. Hay momentos en que las cosas no cambian enseguida, pero cambia saber que alguien te sostiene. Hoy puedes poner en esa mano lo que más te pesa. No se va a cansar de ti.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
22 de junio
«Ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos.» (Sal 91,11)
A los lados del icono aparecen dos ángeles, con las manos cubiertas por un paño, como quien lleva algo sagrado. Uno, identificado como Miguel, sostiene la lanza, la esponja y el vaso de vinagre. El otro, Gabriel, lleva la cruz y los clavos. Son los instrumentos de la pasión. Eso es lo que ha visto el Niño y lo que le ha hecho correr. El icono no esconde el sufrimiento ni lo disfraza. Lo pone ahí, a la vista, pero en manos de ángeles y junto a una madre. El dolor que conoces no queda fuera de esta imagen. Hoy puedes nombrar lo que te asusta del futuro, sabiendo que no lo miras solo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
23 de junio
«Luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre.» (Jn 19,27)
Lo más sorprendente del icono es hacia dónde mira María. El Niño mira a los ángeles, pero ella no. Ella no mira al Niño ni a la cruz: mira de frente, hacia quien está delante de la imagen. Te mira a ti. Es una mirada seria y serena, un poco triste, como la de una madre que ya sabe lo que va a pasar y aun así no aparta los ojos. Desde la cruz, Jesús la dio como madre al discípulo amado, y con él a todos. Esa mirada no juzga ni pide cuentas. Solo está. Hoy puedes dejarte mirar un rato, sin decir nada, como se deja uno mirar por alguien que lo quiere de verdad.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
24 de junio
«La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.» (Jn 1,5)
Todo el icono está pintado sobre un fondo de oro. En los iconos bizantinos, el oro no es un adorno ni un signo de riqueza: representa la luz de Dios, una luz que no viene de ningún sitio concreto y lo envuelve todo. Por eso las figuras no proyectan sombra. Incluso la escena del susto, con la cruz y los clavos a la vista, está bañada en esa luz. Nada de lo que aparece queda fuera de ella. Tu vida tampoco. Hay días que parecen solo sombra, en los que cuesta ver algo bueno. El icono recuerda, sin palabras, que detrás de todo sigue habiendo luz. Hoy puedes pedir ojos para verla, aunque sea un reflejo pequeño.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
25 de junio
«Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.» (Lc 1,48)
A finales del siglo XVIII la iglesia romana donde se veneraba el icono fue derribada, y durante décadas la imagen quedó casi olvidada en una capilla. En 1866 el papa Pío IX la confió a los redentoristas, la congregación fundada por san Alfonso María de Ligorio, y se cuenta que les pidió que la dieran a conocer. Así lo hicieron. Hoy se venera en la iglesia de San Alfonso, en Roma, y sus copias están en todos los continentes. Muchas familias la tienen en casa sin saber toda esta historia, y no pasa nada. La cercanía no depende de los datos. Hoy puedes rezar por todos los que la miran en este momento, en cualquier lugar del mundo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
26 de junio
«Acerquémonos con confianza al trono de la gracia, para hallar gracia y auxilio en el momento oportuno.» (Heb 4,16)
Perpetuo quiere decir que no se interrumpe. No es una ayuda para un apuro concreto que luego se retira, sino una presencia que sigue ahí, de día y de noche, en lo pequeño y en lo grande. Durante estos nueve días has mirado el icono pieza a pieza: la sandalia, las manos, los ángeles, los ojos, el oro. Mañana es su fiesta. Terminas la novena con lo mismo que encontró el Niño al llegar corriendo: unos brazos abiertos y una mano que no se retira. Eso no caduca cuando acaba la novena. Cada vez que algo te asuste, puedes volver a esta imagen y agarrarte a esa mano, tantas veces como haga falta.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Madre del Perpetuo Socorro, que sostienes a tu Hijo cuando se asusta y no lo sueltas, sostenme también a mí. Tú ves lo que me quita el sueño y lo que no me atrevo a contar a nadie. Pongo en tus manos a los que tienen miedo, a los que están solos y a los que ya no saben a quién acudir. Que tu mirada me acompañe en los días buenos y en los difíciles. Y llévanos a todos, de la mano, cerca de Jesús. Amén.
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