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Novena a la Virgen del Pilar

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 3 de octubre al 11 de octubre. Fiesta el 12 de octubre.

El 12 de octubre se celebra a Nuestra Señora del Pilar, en Zaragoza, patrona de la Hispanidad. Según una tradición antigua, María vino a animar al apóstol Santiago a orillas del Ebro y le dejó una columna como señal de su compañía. Esta novena se reza del 3 al 11 de octubre: cada día, una meditación breve, tu petición, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, pon ante la Virgen del Pilar lo que hoy llevas en el corazón.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Una columna en el camino

3 de octubre

«De día, en columna de nube; de noche, en columna de fuego.» (Éx 13,21)

Cuando el pueblo de Israel cruzaba el desierto, no tenía mapa ni camino trazado. Tenía una columna. De día, una nube que daba sombra; de noche, un fuego que daba luz. No les ahorraba el viaje, pero les decía que no iban solos. Empezamos esta novena con esa imagen. El Pilar de Zaragoza es también una columna, y quien se acerca a ella no busca un monumento, sino una presencia que se queda. Quizá llegas a estos días con cansancio, o con alguna preocupación que no sabes nombrar. No hace falta arreglarlo todo antes de empezar. Basta con venir como estás y dejar que María camine a tu lado, un día detrás de otro, hasta su fiesta.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Según una tradición antigua

4 de octubre

«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.» (Mt 28,20)

Según una tradición antigua, el apóstol Santiago recorrió las tierras de Hispania anunciando el Evangelio, y los frutos no llegaban. Una noche, a orillas del Ebro, junto a los pocos que lo acompañaban, recibió la visita de María. Ella le dio ánimo y le dejó una columna, como señal de que aquella fe pequeña tenía dónde apoyarse. No sabemos con detalle cómo fue; es un relato que ha pasado de generación en generación, de abuelos a nietos, y así ha llegado hasta nosotros. Lo que dice por dentro es sencillo y verdadero: Jesús prometió quedarse con los suyos todos los días, y su madre no se desentiende de quienes trabajan y se cansan. Hoy puedes contarle a ella dónde sientes que no avanzas.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Cuando llega el desánimo

5 de octubre

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.» (Mt 11,28)

Lo que más llama la atención en la tradición del Pilar es a quién visita María: a un apóstol desanimado. No a alguien que lo tenía todo claro, sino a un hombre que había puesto su esfuerzo y veía poco fruto. Eso consuela. El desánimo no es una falta ni una derrota; es el peso que se nota cuando uno quiere algo de verdad y no llega. María no le reprocha nada a Santiago. Se acerca y lo sostiene. Así también contigo. Si hoy te cuesta rezar, o te parece que tu oración no sirve de mucho, puedes decírselo tal cual. Jesús llamó a los cansados, no a los que ya descansaban. Tu cansancio también cabe aquí.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Alégrate

6 de octubre

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» (Lc 1,28)

La primera palabra que María escuchó del ángel no fue una orden ni una advertencia. Fue un saludo: alégrate. Antes de cualquier pregunta, antes de saber lo que vendría, Dios empezó por la alegría. Ese mismo saludo lo repetimos cada vez que rezamos el Avemaría, a veces deprisa, sin darnos cuenta. Hoy puedes decirlo despacio, saboreando cada palabra. La alegría de María no era ruidosa ni ingenua; convivió con dudas, con viajes difíciles, con dolor. Pero tenía un fondo firme: el Señor está contigo. Esa misma certeza te alcanza a ti, en medio de lo que te toca vivir. Es como el pilar, que no hace ruido y sigue ahí, día tras día.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. La columna que sostiene

7 de octubre

«El Señor es mi firmeza y mi refugio.» (Sal 18,3 (Vulgata 17,3))

Una columna no se ve cuando todo va bien. Nadie mira hacia arriba para agradecer que el techo sigue en su sitio. Pero sin ella, todo se vendría abajo. Hay personas así en tu vida: madres, padres, amigos, vecinos que sostienen sin hacerse notar. Quizá tú también eres columna para alguien, y a veces te pesa. El salmista llamaba a Dios su firmeza y su refugio. María nos lleva hacia esa firmeza que no depende de nuestras fuerzas. Hoy puedes dar gracias por quienes te sostienen y poner en manos de Dios a quienes sostienes tú. No hace falta ser de piedra. Basta con apoyarse, de vez en cuando, en quien no se cansa.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. Guardar en el corazón

8 de octubre

«María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.» (Lc 2,19)

María no lo entendía todo. Los pastores contaban cosas asombrosas, el niño dormía en un pesebre, y ella no se apresuró a sacar conclusiones. Guardaba. Iba dándoles vueltas por dentro, sin prisa, dejando que el tiempo pusiera cada cosa en su sitio. Hay días que no se comprenden en el momento. Noticias que llegan de golpe, decisiones que no sabemos si fueron acertadas, personas que se van. Hoy puedes tomar una de esas cosas que no terminas de entender y, en lugar de forzarla, guardarla un rato junto a María. Ella sabe de esperas. Quizá no llegue hoy la respuesta; a veces llega primero la calma, y la respuesta viene después.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. No tienen vino

9 de octubre

«No tienen vino.» (Jn 2,3)

En una boda de Caná, María se dio cuenta de algo que nadie había notado todavía: se estaba acabando el vino. No hizo un discurso. Se lo dijo a su Hijo con tres palabras y lo dejó en sus manos. Así es su manera de estar: atenta a lo que falta en la casa de los demás, discreta, sin llamar la atención. A lo mejor en tu casa también falta algo. Paciencia, trabajo, salud, una conversación pendiente, alegría en la mesa. No necesitas explicarlo con palabras bonitas. Puedes hacer como ella: nombrar lo que falta, sencillamente, y confiarlo. Y quizá hoy, sin darte cuenta, te fijes también en lo que les falta a otros.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Ahí tienes a tu madre

10 de octubre

«Ahí tienes a tu madre.» (Jn 19,27)

Junto a la cruz, en la hora más oscura, Jesús pensó en los que se quedaban. Miró a su madre y al discípulo al que quería, y los confió el uno al otro. Desde aquella hora, cuenta el Evangelio, el discípulo la recibió en su casa. Muchas personas han leído en esas palabras un regalo para cada uno: una madre que no se va cuando las cosas se ponen difíciles. María sabe estar al pie de lo que duele, sin huir y sin grandes palabras. Si estás pasando por algo duro, o acompañas a alguien que lo pasa, hoy puedes recibirla en tu casa, como hizo aquel discípulo. No hace falta ordenar nada antes. Ella entra igual.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Una familia que reza

11 de octubre

«Todos perseveraban unidos en la oración, con María, la madre de Jesús.» (Hch 1,14)

Después de la Ascensión, los discípulos esperaban juntos, y María estaba con ellos. No era la que más hablaba; era la que ayudaba a esperar. Así empieza una familia que reza. La Virgen del Pilar es patrona de la Hispanidad: pueblos muy distintos, a un lado y otro del océano, que muchas veces rezan con las mismas palabras. Una abuela en Quito, un muchacho en Guadalajara, una madre en Zaragoza pueden decir el mismo Avemaría sin conocerse. Lo que los une no es una frontera, sino una manera de hablar con Dios, abierta a todas las demás lenguas. Hoy, al terminar la novena, puedes rezar por esa familia grande y por la tuya, la más cercana. María sigue en medio, ayudando a esperar.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Santa María del Pilar, madre que acompañas: aquí estoy, tal como vengo hoy. Tú que, según una antigua tradición, te acercaste a un apóstol cansado junto al río, acércate también a mí cuando me falten las fuerzas. Sé columna cuando todo se mueva y compañía en las horas de soledad. Pon en manos de tu Hijo lo que te he confiado en silencio, y enséñame a esperar sin prisa, como esperabas tú. Reúne en tu cariño a todos los que te invocan, en esta lengua y en todas, y llévanos juntos hacia Jesús. Amén.

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