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Novena a la Virgen del Rosario

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 28 de septiembre al 6 de octubre. Fiesta el 7 de octubre.

El 7 de octubre se celebra a Nuestra Señora del Rosario, la oración sencilla que desde hace siglos pasa de mano en mano y de casa en casa. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, pon en sus manos lo que llevas hoy dentro, tal como está.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Una muchacha que escucha

28 de septiembre

«Aquí está la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra.» (Lc 1,38)

Todo empieza en una casa corriente de Nazaret, con una muchacha que escucha. El ángel no la encuentra en el templo ni haciendo nada extraordinario: la encuentra en su vida de cada día. Y ella escucha entera, con sus preguntas incluidas, porque también pregunta. Solo después dice que sí. El Avemaría nace precisamente ahí, de las palabras de aquel saludo. Cada vez que la rezas, vuelves a esa habitación pequeña donde Dios pidió permiso para entrar. No hace falta tener nada preparado. Basta con hacer lo mismo que ella: escuchar primero, sin adelantarte, y dejar que la respuesta llegue a su tiempo. Hoy puedes empezar la novena así, sin propósitos grandes, solo abriendo un poco la puerta.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Guardar en el corazón

29 de septiembre

«María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.» (Lc 2,19)

Los pastores se van contando lo que han visto. María, en cambio, se queda callada y guarda. No lo entiende todo, pero no lo tira: lo conserva y le da vueltas por dentro, como quien mira despacio una fotografía. El Rosario es eso mismo. Mientras los labios repiten el Avemaría, la mirada se posa en una escena de la vida de Jesús, y la escena se va quedando en ti. No es un ejercicio de memoria ni un examen. Es mirar con los ojos de su madre lo que ella miró primero. Por eso tiene sentido que el Rosario se rece con cuentas en la mano y sin reloj: lo que se guarda en el corazón no tiene prisa por salir.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. La alegría que se pone en camino

30 de septiembre

«Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.» (Lc 1,42)

Los misterios gozosos cuentan la infancia de Jesús: el anuncio, la visita a Isabel, el nacimiento en Belén, la presentación en el templo y el niño encontrado entre los maestros. Son alegrías pequeñas y domésticas, de familia. María, recién llegada la noticia, no se encierra a pensar: se pone en camino para ayudar a su prima. Y es Isabel quien dice la segunda parte del Avemaría, esa bendición que repetimos sin darnos cuenta de dónde viene. La alegría de Dios casi siempre llega así, en una visita, en un abrazo, en alguien que te reconoce. Hoy puedes rezar recordando las alegrías sencillas que te han sostenido, y a las personas que te las trajeron sin saberlo.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Una boda en Caná

1 de octubre

«Haced lo que él os diga.» (Jn 2,5)

En 2002, Juan Pablo II propuso cinco misterios más, los luminosos, que recorren la vida pública de Jesús: el bautismo en el Jordán, la boda de Caná, el anuncio del Reino, la transfiguración y la última cena. En Caná, María se da cuenta de algo que nadie ha notado todavía: se ha acabado el vino. No hace un discurso ni pide nada complicado. Se lo dice a su Hijo y deja el resto en sus manos. A los que sirven solo les dice una frase, la última suya que recogen los evangelios. Es una frase que tranquiliza, porque no carga a nadie con el resultado. Tú haces lo pequeño que te toca. Lo demás, el agua convertida en vino, no depende de ti.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Estar junto a la cruz

2 de octubre

«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre.» (Jn 19,25)

Los misterios dolorosos acompañan a Jesús en su pasión: la oración en el huerto, los azotes, la corona de espinas, el camino con la cruz y la muerte. El evangelio no dice que María hablara ni que hiciera nada en el Calvario. Dice solo que estaba allí. A veces no hay nada que decir ante el dolor de alguien, y lo único que se puede hacer es quedarse. Ella se quedó. Cuando rezas estos misterios, no hace falta que entiendas el sufrimiento, ni el tuyo ni el de nadie. Puedes simplemente estar, como ella, al lado. Y si hoy la cruz es tuya, piensa que no la miras tú solo: hay una madre de pie, cerca, que no se va.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. La mañana de Pascua

3 de octubre

«Perseveraban unánimes en la oración... con María, la madre de Jesús.» (Hch 1,14)

Los misterios gloriosos son la otra orilla: la resurrección, la ascensión, la venida del Espíritu Santo, la asunción de María y su coronación. Después de la cruz, lo último no es la muerte. Los Hechos de los Apóstoles dejan una escena preciosa: un grupo de amigos asustados, encerrados en una sala, rezando juntos. Y en medio de ellos, María. No aparece dando órdenes ni explicando nada. Está rezando con ellos, esperando lo que había de venir. Así se reza también el Rosario en muchas casas y en muchas parroquias: unos junto a otros, sin que nadie sea más que nadie. La esperanza no se fabrica. Se espera acompañado, y llega.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. La repetición que serena

4 de octubre

«Dios te salve, llena de gracia: el Señor está contigo.» (Lc 1,28)

A quien empieza, el Rosario le puede parecer repetitivo. Diez Avemarías seguidas, y otras diez, y otras. Pero la repetición no está ahí para cansar, sino para serenar. Es como el vaivén de una barca o el latido de un corazón: al cabo de un rato, la cabeza deja de correr y el cuerpo se calma. Las cuentas pasan entre los dedos y ya no hace falta contar. Así pueden ir rezando las madres junto a la cuna, los enfermos en el hospital, los que no duermen. Si te distraes, no pasa nada: vuelves a la palabra siguiente, sin reproches. El saludo del ángel sigue sonando igual, y cada vez que lo dices, es verdad otra vez.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Rezar por otros

5 de octubre

«Ahí tienes a tu madre.» (Jn 19,27)

Desde la cruz, Jesús le confía su madre al discípulo, y el discípulo se la lleva a su casa. Desde entonces, mucha gente ha sentido que esas palabras también eran para ella. Y una madre no piensa solo en uno de sus hijos: piensa en todos. Por eso el Rosario se presta tanto a rezar por otros. Cada decena puede llevar un nombre: alguien que está enfermo, alguien que se ha ido, alguien con quien estás enfadado, alguien a quien nadie recuerda. No hace falta explicarle nada a ella. Basta con decir el nombre y dejarlo en sus manos. Rezar por otros no arregla sus vidas desde fuera, pero te acerca a ellos por dentro.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Un rosal que atraviesa los siglos

6 de octubre

«Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones.» (Lc 1,48)

La palabra «rosario» significa jardín de rosas, como si cada Avemaría fuera una flor ofrecida. La fiesta de mañana nació en el siglo XVI: tras la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, el papa Pío V quiso dar gracias a María, y poco después la fiesta tomó el nombre de Nuestra Señora del Rosario. Pero el Rosario es más grande que una fecha. Lo han rezado reyes y campesinos, marineros y abuelas, gente en la cárcel y gente de viaje. Tú entras hoy en esa cadena larga de generaciones que la llaman dichosa. Terminas la novena, pero la oración no termina: queda en tus manos, para cuando quieras volver a ella.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Madre del Rosario, tú que guardabas en el corazón todo lo que no entendías, enséñame a mirar a tu Hijo como lo mirabas tú. Pongo en tus manos lo que me alegra, lo que me pesa y lo que todavía no sé nombrar. Cuando las palabras se me acaben, que me quede el Avemaría, dicha despacio, como quien vuelve a casa. Acuérdate también de los que quiero y de los que no tienen a nadie que rece por ellos. Y llévanos a todos, sin prisa, hasta Jesús. Amén.

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