Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 4 de octubre se celebra a san Francisco de Asís, el hijo de un rico comerciante que lo dejó todo para vivir como hermano de todos: de los pobres, de los leprosos y hasta del sol y del agua. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.
Los nueve días:
25 de septiembre
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo.» (Mt 13,44)
Francisco nació en Asís hacia 1181, hijo de Pedro Bernardone, un comerciante de telas que había hecho fortuna. Tuvo una juventud alegre: fiestas, amigos, ropa buena y sueños de ser caballero. Fue a la guerra contra Perusa, cayó prisionero y pasó cerca de un año en la cárcel. Volvió enfermo y, poco a poco, las fiestas dejaron de llenarlo. No hubo un rayo del cielo: hubo una inquietud que no se iba. Se cuenta que empezó a retirarse a rezar en cuevas y en el campo, buscando algo que no sabía nombrar. Quizá tú también conoces esa sensación de tenerlo casi todo y notar un hueco. Esta novena empieza ahí, sin juzgar nada: con la sospecha de que hay un tesoro escondido y de que merece la pena buscarlo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
26 de septiembre
«Compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio.» (Mc 1,41)
A Francisco los leprosos le daban mucho rechazo. Él mismo lo contó al final de su vida, en su Testamento: le resultaba amargo verlos. Un día, yendo a caballo cerca de Asís, se cruzó con uno. Según los relatos antiguos, bajó del caballo, le dio una limosna y le besó la mano. Y lo que era amargo se le volvió dulce, escribió después. Ese encuentro le cambió la vida más que cualquier sermón. No fue una hazaña planeada: fue vencer un rechazo muy concreto, a un paso de distancia. Cada cual tiene a alguien o algo que le cuesta mirar de cerca. Hoy no se trata de forzarte a nada. Solo de pedir que esa distancia se ablande un poco, como se ablandó en Francisco.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
27 de septiembre
«Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los que la construyen.» (Sal 127,1)
Cerca de Asís había una iglesia pequeña y medio caída, San Damián. Francisco entraba allí a rezar ante un crucifijo pintado. Según las fuentes antiguas, un día oyó que aquel Cristo le decía: Francisco, ve y repara mi casa, que se está cayendo. Él lo entendió al pie de la letra. Pidió piedras por el pueblo, cargó con ellas y se puso a levantar los muros con sus propias manos. Más tarde comprendió que la casa era algo más grande que un edificio. Pero empezó por lo que tenía delante: unas piedras, una pared, un día de trabajo. A veces lo más grande empieza así, por lo pequeño y cercano. Hoy puedes preguntarte, sin agobio, qué rincón de tu vida pide un poco de cuidado.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
28 de septiembre
«A nadie llaméis padre vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos.» (Mt 23,9)
Su padre no entendía nada. Francisco había vendido telas y un caballo para arreglar San Damián, y Pedro Bernardone, furioso, lo encerró en casa y después lo llevó ante el obispo de Asís para reclamar su dinero. Allí, delante de todos, se cuenta que Francisco se quitó la ropa, la dejó a los pies de su padre y dijo que desde entonces solo llamaría padre al que está en los cielos. El obispo lo cubrió con su manto. Es una escena dura: un hijo que se va y un padre que se queda herido. La libertad a veces trae rupturas que duelen a los dos lados. Hoy puedes rezar por las familias donde alguien eligió un camino que los demás no comprendieron, y por los que siguen esperando reconciliarse.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
29 de septiembre
«No tengáis oro ni plata ni dinero en vuestras fajas.» (Mt 10,9)
Un día, en la pequeña iglesia de la Porciúncula, Francisco oyó leer el evangelio en que Jesús envía a los suyos sin dinero, sin alforja y sin túnica de repuesto. Según su primer biógrafo, salió de allí feliz: eso era lo que buscaba. Dejó los zapatos, anduvo descalzo y cambió el cinturón por una cuerda. Pero su pobreza no era triste ni amarga. Llamaba a la pobreza su señora, cantaba por los caminos y pedía de comer con sencillez. No despreciaba el mundo: quería tener las manos libres para abrazarlo. Quizá hay cosas que llevas encima y te pesan más de lo que te sirven. Hoy puedes mirarlas con calma, sin culpa, y preguntarte qué te haría caminar un poco más ligero.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
30 de septiembre
«Mirad qué bueno y qué agradable es que los hermanos vivan juntos.» (Sal 133,1)
Francisco no pensaba fundar nada. Pero empezaron a llegar compañeros: Bernardo, un hombre rico de Asís, luego Pedro, Gil y muchos más. Él los llamó hermanos menores, es decir, los más pequeños. Vivían con lo justo, trabajaban con las manos, cuidaban leprosos y se alegraban de estar juntos. En 1212 llegó también Clara, una joven de familia noble que salió de casa de noche para seguir el mismo camino y acabó viviendo en San Damián con otras hermanas. En su Testamento, Francisco recuerda que el Señor le dio hermanos, como quien habla de un regalo. Nadie camina solo. Hoy puedes dar gracias por las personas que la vida te ha puesto al lado, las que te sostienen y las que sostienes tú, aunque a veces cueste convivir.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
1 de octubre
«Obras todas del Señor, bendecid al Señor.» (Dn 3,57)
Casi al final de su vida, enfermo y medio ciego, alojado junto a San Damián, Francisco compuso un canto en la lengua de su tierra. Alababa a Dios por el hermano sol, por la hermana luna y las estrellas, por el hermano viento, por la hermana agua, humilde y preciosa, por el hermano fuego y por la hermana madre tierra, que nos sostiene. Lo escribió en un tiempo de mucho dolor, y precisamente entonces se le llenó la boca de gratitud. No hablaba de la naturaleza como de un paisaje bonito: la trataba como a su familia. Hoy puedes salir un momento, mirar el cielo, notar el aire en la cara o el agua en las manos, y dejar que todo eso se vuelva oración, sin palabras complicadas.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
2 de octubre
«Habitará el lobo con el cordero.» (Is 11,6)
Las Florecillas, una colección de relatos escrita muchos años después de su muerte, cuentan una leyenda. En la ciudad de Gubbio, un lobo feroz tenía aterrada a la gente. Francisco salió a buscarlo, lo llamó hermano lobo y habló con él. Se cuenta que hicieron un pacto: la ciudad le daría de comer y el lobo no volvería a hacer daño. Y así fue, dice el relato, hasta que murió de viejo entre los vecinos. Es una leyenda, y aun así dice algo verdadero: muchas veces la violencia nace del hambre y del miedo, y se deshace cuando alguien se acerca sin armas. Hoy puedes pensar en algún lobo de tu vida, fuera o dentro de ti, y pedir para él un pacto de paz.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
3 de octubre
«Dichosos los que hacen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.» (Mt 5,9)
En su Testamento, Francisco cuenta que el Señor le enseñó un saludo: El Señor te dé la paz. La tradición lo ha resumido en dos palabras, paz y bien. Se cuenta que, ya enfermo, reconcilió al obispo y al alcalde de Asís añadiendo a su Cántico una estrofa por los que perdonan.
A la muerte la llamó hermana. Llegó en la Porciúncula al anochecer del 3 de octubre de 1226: según sus biógrafos, pidió que lo tendieran sobre la tierra y que le leyeran el evangelio. Hoy, último día de la novena, es también el día de su tránsito. Puedes llevar a su fiesta lo que te quita la paz y a las personas con las que te cuesta, y dejar que su saludo entre en tu casa.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
San Francisco, hermano pequeño y alegre, que encontraste a Dios en un leproso, en una iglesia en ruinas y en el sol de cada mañana, enséñame a mirar así. Ayúdame a soltar lo que me sobra y a no tener miedo de lo que me falta. Que lleve paz donde haya ruido y ternura donde encuentre dureza. Te confío a los pobres, a los enfermos que nadie toca y a esta tierra que nos sostiene. Llévame contigo, sin prisa, hasta Jesús. Amén.
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