Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 26 de julio se celebra a san Joaquín y santa Ana, los padres de la Virgen María según la tradición. Los evangelios no dicen sus nombres: llegan de un relato antiguo que muchas generaciones han guardado con cariño. Son también los abuelos de Jesús, y por eso en su fiesta se reza por los abuelos y por las personas mayores. Durante los nueve días anteriores, del 17 al 25 de julio, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con los tuyos en el corazón.
Los nueve días:
17 de julio
«Alabemos a los hombres ilustres, a nuestros padres en su generación.» (Eclo 44,1)
Los evangelios no dicen cómo se llamaban los padres de María. Sus nombres, Joaquín y Ana, llegan de un escrito antiguo, del siglo II, conocido como Protoevangelio de Santiago, y de la memoria de muchas generaciones que los han rezado. No es un dato de archivo: es tradición, y así se recibe. Pero lo más seguro no necesita documento. María tuvo padres, tuvo una casa, alguien la acunó y le enseñó a hablar. Detrás de cada persona hay otras que la sostuvieron antes. Esta novena empieza ahí, dando gracias por esos nombres que a veces se pierden: abuelos, bisabuelos, gente sencilla que no salió en ningún libro. Hoy puedes nombrar a los tuyos, uno por uno, aunque de algunos solo te quede un recuerdo borroso.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
18 de julio
«Por este niño oraba, y el Señor me concedió lo que le pedí.» (1 Sam 1,27)
Se cuenta que Joaquín y Ana llevaban muchos años casados sin tener hijos. En aquel tiempo eso pesaba mucho: había quien lo miraba como una desgracia, y el relato antiguo recuerda que a Joaquín llegaron a rechazarle la ofrenda en el templo. Es una historia lejana, pero se parece a muchas de hoy. Hay parejas que esperan un hijo que no llega, personas que esperan un trabajo, una curación, una reconciliación. Y la espera, cuando se alarga, cansa y a veces duele en silencio. En la Biblia, otra Ana, la madre de Samuel, lloró ante Dios por lo mismo, y su oración fue escuchada. Hoy puedes poner tu propia espera delante de ellos, sin disimular el cansancio. Ellos saben lo que es.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
19 de julio
«Mi alma espera en su palabra, mi alma aguarda al Señor.» (Sal 130,5)
El relato antiguo cuenta que Joaquín, herido por aquel desprecio, no volvió a casa. Se fue al desierto, donde tenía sus rebaños, y allí pasó cuarenta días rezando. Mientras tanto, Ana se quedó sola, y se dolía al ver en un árbol del jardín un nido de pájaros con sus crías. Cada uno rezó a su manera, lejos del otro, con su propia pena. Hay momentos en que a uno le hace falta apartarse, callar, estar a solas con lo que le duele. No es huir: es buscar un sitio donde hablar con Dios sin testigos. El salmo lo dice con pocas palabras: el alma espera, aguarda. Hoy puedes buscar tu propio rincón, aunque sea un minuto, y contarle a Dios lo que todavía no le has contado a nadie.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
20 de julio
«Para Dios no hay nada imposible.» (Lc 1,37)
Según la tradición, un ángel habló a los dos por separado y les anunció que tendrían descendencia. Joaquín volvió del desierto y Ana salió a su encuentro. Se abrazaron junto a una de las puertas de Jerusalén, y esa escena, el abrazo de dos esposos mayores que por fin reciben una buena noticia, la han pintado muchos artistas, entre ellos Giotto en Padua. Es una imagen muy tierna: no hay coronas ni tronos, solo dos personas que se buscan y se encuentran. A veces la alegría llega tarde, cuando ya no se la esperaba. Las palabras del ángel a María, años después, dirán lo mismo: para Dios no hay nada imposible. Hoy puedes dar gracias por los abrazos que te han sostenido, y pedir alguno que todavía esperas.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
21 de julio
«Él da un hogar a la estéril, madre feliz de sus hijos.» (Sal 113,9)
Cuenta el relato que Ana dio a luz a una niña y le puso por nombre María. Aquella casa, que había conocido tantos años de silencio, se llenó de pronto de ruido de cuna, de noches sin dormir, de visitas y felicitaciones. La tradición celebra el nacimiento de María el 8 de septiembre, y en muchos pueblos se hace fiesta ese día. Pero hoy la mirada va a los padres: a la alegría de Ana con la hija en brazos, a Joaquín mirándolas a las dos. El salmo canta al Dios que da un hogar a la mujer sin hijos. Hoy puedes rezar por los niños que acaban de llegar a una familia, de la manera que sea, y por los padres que los reciben temblando de alegría.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
22 de julio
«Se las contarás a tus hijos y hablarás de ellas sentado en tu casa.» (Dt 6,7)
De la infancia de María no se sabe casi nada. Pero alguien le enseñó los salmos, las fiestas de su pueblo, las historias de Abrahán, de Moisés, de Rut. Cuando años después canta el Magníficat, se le nota que ha crecido oyendo la Escritura en casa. En muchas imágenes antiguas aparece santa Ana con un libro abierto y María niña a su lado, aprendiendo a leer. Es una escena de la tradición, pero dice algo muy verdadero: la fe se aprende primero en una cocina, en una mesa, en una voz conocida. Hoy puedes acordarte de quién te enseñó a ti las primeras oraciones, quién te habló de Dios sin darte lecciones. Y dar gracias por esa casa, aunque ya no exista o esté muy lejos.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
23 de julio
«Recuerdo tu fe sincera, la que habitó primero en tu abuela Loida.» (2 Tim 1,5)
Joaquín y Ana son los abuelos de Jesús. Ningún texto los muestra con su nieto, pero cualquiera sabe lo que es para un niño tener abuelos: alguien con tiempo, con historias, con paciencia. San Pablo, al escribir a su discípulo Timoteo, se acuerda de la fe que vivió primero en su abuela Loida y en su madre Eunice. La fe muchas veces salta una generación, o viaja por caminos que no se ven. Hay abuelos que rezan cada noche por nietos que ya no pisan una iglesia, y lo hacen sin reproches, con una confianza tranquila. Hoy puedes rezar por tus abuelos, vivos o no. Y si eres tú el abuelo o la abuela, puedes poner a tus nietos, uno por uno, en las manos de Joaquín y Ana.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
24 de julio
«No me rechaces en el tiempo de la vejez; cuando me falten las fuerzas, no me abandones.» (Sal 71,9)
En el libro de los Salmos hay una oración muy antigua: la de alguien mayor que pide no quedarse solo cuando le fallen las fuerzas. Es una petición sencilla y honda. Muchas personas mayores viven hoy solas, en casas que se han quedado grandes o en residencias donde los días se parecen mucho. Algunas sienten que ya no cuentan, que molestan, que su tiempo ha pasado. Joaquín y Ana, según la tradición, recibieron lo mejor de su vida cuando ya eran mayores. Nada de lo que viven los ancianos sobra a los ojos de Dios. Hoy puedes rezar por las personas mayores que conoces, y quizá llamar a alguna. Y si eres tú quien nota que le faltan las fuerzas, esta oración del salmo es tuya.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
25 de julio
«Aun en la vejez darán fruto abundante.» (Sal 92,15)
Cuando María y José llevan a Jesús al templo, lo reciben dos ancianos: Simeón, que lo toma en brazos, y Ana, una profetisa de mucha edad que pasaba allí los días rezando. Llevaban toda la vida esperando, y la espera no fue en vano. Su historia se parece mucho a la de Joaquín y Ana: gente mayor que sigue esperando y al final ve. El papa Francisco quiso que cada año, cerca de esta fiesta, se celebrara una jornada dedicada a los abuelos y a las personas mayores. Mañana es la memoria de san Joaquín y santa Ana. Terminas la novena con una certeza tranquila: se puede dar fruto a cualquier edad, y ninguna espera vivida con amor se pierde.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
San Joaquín y santa Ana, vosotros conocisteis la espera larga y la alegría que llega tarde. En vuestra casa, según la tradición, creció María. Os confío a mis mayores, a los que me enseñaron a rezar y a los que ya no están. Cuidad a los que viven solos, a los que esperan un hijo que no llega y a los que sienten que su tiempo ya pasó. Enseñadme a esperar sin amargura y a dar fruto a cualquier edad, cerca de vuestra hija y de vuestro nieto Jesús. Amén.
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