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Novena a San Martín de Porres

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 25 de octubre al 2 de noviembre. Fiesta el 3 de noviembre.

Martín de Porres fue un hermano dominico de Lima, hijo de un español y de una mujer negra liberta, que pasó la vida curando, barriendo y abriendo la puerta a quien llamaba. Su fiesta es el 3 de noviembre, el día en que murió. Durante los nueve días anteriores, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo que tengas.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, deja delante de Dios lo que hoy necesitas, tú o alguien a quien quieres.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Un niño de Lima

25 de octubre

«Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.» (Gál 3,28)

Martín nació en Lima el 9 de diciembre de 1579. Su padre, Juan de Porres, era un caballero español; su madre, Ana Velázquez, una mujer negra que había sido esclava y era ya libre. En aquella ciudad, un niño así, mulato e hijo de una unión que no pasó por el altar, tenía el camino marcado de antemano: siempre un escalón por debajo. Lo bautizaron en la parroquia de San Sebastián, en la misma pila donde años después sería bautizada Rosa de Lima. El agua fue la misma para los dos. Dios no hace escalones. Hoy puedes empezar la novena recordando que tampoco a ti te mira según el lugar que otros te asignan, sino tal como eres, entero.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Aprender a curar

26 de octubre

«El Altísimo hizo brotar de la tierra los remedios.» (Eclo 38,4)

Siendo todavía un muchacho, Martín entró a aprender el oficio de barbero, que entonces era mucho más que cortar el pelo: se sacaban muelas, se hacían sangrías, se curaban heridas y se preparaban remedios con plantas. Aprendió con paciencia, fijándose en las manos del maestro. Es bonito pensar que su santidad empezó así, con un oficio humilde y útil, aprendido a fuerza de práctica. Nada de lo que sabes hacer bien es pequeño a los ojos de Dios. Cocinar, arreglar, escuchar, enseñar, cuidar: todo puede ser una manera de aliviar a alguien. Hoy puedes dar gracias por lo que tus manos saben hacer, y por las personas que te lo enseñaron.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. El último de la casa

27 de octubre

«Preferí ser el último en la casa de mi Dios.» (Sal 84 (83),11)

Muy joven, Martín llamó a la puerta del convento dominico del Rosario, en Lima. Las normas de entonces ponían trabas a los hombres de su origen, y entró como donado, un ayudante que servía en la casa sin ser todavía fraile. No reclamó nada. En 1603 hizo su profesión como hermano cooperador. Fue portero, enfermero, barbero y lo que hiciera falta. Lo que otros habrían vivido como una humillación, él lo vivió como un sitio desde el que querer. No era resignación: era libertad. Quien no necesita ser el primero puede mirar a todos sin envidia. Hoy puedes rezar por los lugares donde te sientes el último, y pedir que también allí haya paz.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Fray Escoba

28 de octubre

«Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.» (Lc 22,27)

En casi todas sus imágenes, Martín lleva una escoba en la mano. En Lima lo llamaban cariñosamente fray Escoba. Barría los claustros, los pasillos, la enfermería, sin darle importancia. Hay una humildad que se arrastra y se desprecia a sí misma, y hay otra que es serena y sabe muy bien lo que vale. La de Martín era de esta segunda clase: no se sentía menos por barrer, y por eso podía barrer cantando. Jesús mismo se puso en medio de sus amigos como el que sirve. Tal vez hoy tengas por delante tareas que nadie verá ni agradecerá. Puedes hacerlas como él, sin quejarte ni presumir, sabiendo que Dios también está en lo que se hace sin testigos.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. Junto a la cama del enfermo

29 de octubre

«Estaba enfermo, y me visitasteis.» (Mt 25,36)

La enfermería del convento fue durante años su casa. Allí atendía a los frailes enfermos, pero también a cualquiera que llegaba de la calle con una herida o una fiebre, sin mirar si era español, indio, negro o mestizo. Se le atribuye una frase sencilla que resume su manera de curar: «Yo te curo, Dios te sana». Ponía su oficio y su cariño, y dejaba el resto en otras manos. La tradición cuenta muchas curaciones sorprendentes; lo que nadie discute es su paciencia a la cabecera de los enfermos, de día y de noche. Hoy puedes acordarte de quien está enfermo cerca de ti, y rezar por él con su nombre. A veces una visita cura más de lo que parece.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. La alegría de dar

30 de octubre

«Dios ama al que da con alegría.» (2 Cor 9,7)

A la portería del convento llegaban cada día pobres de toda Lima: mendigos, esclavos, niños sin familia, soldados sin paga. Martín repartía comida, ropa y lo que conseguía pidiendo a quienes tenían más. Ayudó también a poner en marcha un lugar donde recoger y educar a niños abandonados. Lo que llama la atención de quienes lo conocieron no es solo lo que daba, sino cómo lo daba: con alegría, sin sermones, sin que nadie se sintiera en deuda. Dar así es un regalo doble, para el que recibe y para el que da. Hoy puedes pensar en alguien que necesita algo de ti, un poco de tiempo, una llamada, un plato, y dárselo sin esperar nada.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. También los animales

31 de octubre

«Bueno es el Señor con todos; su ternura alcanza a todas sus obras.» (Sal 145 (144),9)

El cariño de Martín no se quedaba en las personas. Cuidaba perros heridos, gatos abandonados y cualquier animal que encontrara maltrecho. La tradición guarda relatos entrañables, como el del perro, el gato y el ratón comiendo juntos del mismo plato, o el de los ratones del convento, a los que habría sacado a la huerta para que no los mataran. Más allá de cómo fueran las cosas, esas historias dicen algo verdadero de él: miraba toda la creación como obra de Dios, digna de cuidado. Su ternura no tenía fronteras. Hoy puedes mirar con otros ojos lo pequeño que te rodea, un animal, una planta, la tierra misma, y dar gracias por todo lo que vive.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Santos que fueron amigos

1 de noviembre

«Un amigo fiel es un refugio seguro.» (Eclo 6,14)

En la Lima de aquellos años coincidieron varios santos. Martín fue gran amigo de Juan Macías, un hermano dominico venido de Extremadura que atendía la portería de otro convento de la ciudad y también repartía pan a los pobres. Conoció igualmente a Rosa de Lima, bautizada en su misma parroquia. Hoy los restos de los tres descansan juntos en la basílica de Santo Domingo de Lima. La santidad no es un camino solitario: se contagia, se acompaña, se comparte en conversaciones sencillas. Hoy puedes dar gracias por los amigos que te han acercado a Dios sin proponérselo, y rezar por ellos. Y quizá, sin saberlo, tú también seas ese amigo fiel para alguien.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. Una justicia que lleva escoba

2 de noviembre

«Que el derecho fluya como el agua, y la justicia como un torrente.» (Am 5,24)

Martín murió en su convento de Lima el 3 de noviembre de 1639, rodeado de sus hermanos. Toda la ciudad, ricos y pobres, quiso despedirlo. Gregorio XVI lo beatificó en 1837, y Juan XXIII lo canonizó el 6 de mayo de 1962. Hoy se le invoca como patrono de la justicia social y de quienes sufren racismo o desprecio por su origen. Su justicia no fue de discursos: fue de manos, de puertas abiertas, de sitio en la mesa para todos. El que tantas veces fue mirado por debajo acabó siendo el hermano de todos. Terminas la novena, pero su escoba sigue apoyada en la pared, al alcance de cualquiera que quiera tomarla.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Señor, que miraste con cariño a tu hijo Martín cuando otros lo miraban por encima del hombro, míranos así también a nosotros. Por su intercesión te pido lo que llevo en el corazón, y también por los enfermos que nadie visita, por los pobres que llaman a puertas cerradas y por quienes sufren desprecio por el color de su piel o por su origen. Dame unas manos sencillas como las suyas, que sepan curar, barrer y compartir sin hacer ruido. Y que la alegría de servir me encuentre cada día, como lo encontraba a él. Amén.

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