Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 29 de junio se celebra la solemnidad de san Pedro y san Pablo: un pescador de Galilea que negó a su amigo y fue perdonado, y un perseguidor que un día cayó a tierra y se levantó siendo otro. Dos hombres muy distintos, dos caminos, la misma fe. Durante los nueve días anteriores, del 20 al 28 de junio, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, tal como llegues.
Los nueve días:
20 de junio
«Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.» (Lc 5,8)
Simón llevaba toda la noche pescando sin sacar nada. Estaba cansado, limpiando las redes, cuando un maestro de Nazaret le pidió la barca para hablar a la gente desde el agua. Después le dijo que volviera a echar las redes. Simón obedeció a medias, casi por cortesía, y las redes se llenaron tanto que empezaron a romperse. Su primera reacción no fue de alegría, sino de vergüenza: se echó a los pies de Jesús y le pidió que se apartara. Jesús no se apartó. Le dijo que no tuviera miedo. La historia de Pedro empieza así, en su trabajo de cada día y con la sensación de no estar a la altura. Hoy puedes llevar esa misma sensación a la oración, sin esconderla.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
21 de junio
«Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14,31)
Una noche de viento, los discípulos ven a Jesús caminar sobre el agua. Pedro, impulsivo como siempre, le pide ir hacia él. Baja de la barca y da unos pasos. Luego mira el viento, se asusta y empieza a hundirse. Grita, y Jesús extiende la mano y lo sujeta enseguida. La pregunta que le hace no suena a reproche largo: suena a alguien que ya lo tiene agarrado. Pedro se atrevió y se hundió, las dos cosas en el mismo minuto. A muchos les pasa igual: empiezan algo con ilusión y a medio camino les falla el suelo. Hoy puedes nombrar ante Pedro aquello en lo que te estás hundiendo, y dejar que otra mano te sujete antes de que termines de gritar.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
22 de junio
«Y saliendo fuera, lloró amargamente.» (Lc 22,62)
Pedro había dicho que estaba dispuesto a ir con Jesús a la cárcel y a la muerte. Esa misma noche, en el patio del sumo sacerdote, junto a una hoguera, una criada lo reconoce y él lo niega. Luego otro, y luego otro. Tres veces dice que no conoce a su amigo. Canta el gallo, Jesús se vuelve y lo mira, y Pedro sale fuera a llorar. Los evangelios no esconden esta escena, y eso dice mucho: el primero de los apóstoles no llega a serlo por no haber fallado nunca. Quizá tú también has dicho alguna vez lo contrario de lo que sentías, por miedo. Esa mirada de Jesús no fue de condena. Hoy puedes dejar que te mire a ti igual.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
23 de junio
«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» (Jn 21,17)
Después de la resurrección, Pedro vuelve a lo que conoce: el lago, la barca, la pesca. Otra noche sin nada. Al amanecer, alguien desde la orilla les dice dónde echar la red, y Juan reconoce que es el Señor. Hay unas brasas encendidas, pescado y pan. Después de comer, Jesús le pregunta a Pedro tres veces si lo quiere. Tres preguntas junto al fuego, como tres fueron las negaciones junto a otra hoguera. Pedro se entristece, pero responde desde lo único que le queda: tú lo sabes todo. No promete nada heroico esta vez. Solo dice que quiere. Y a ese hombre, tal como está, Jesús le confía a los suyos. Hoy puedes responder tú también, con lo poco o mucho que tengas.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
24 de junio
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4)
Saulo era un hombre culto, convencido y muy celoso de su fe. Estaba seguro de hacer lo correcto persiguiendo a los seguidores de Jesús, y se dirigía a Damasco con cartas para detenerlos. En el camino, una luz lo envuelve, cae a tierra y oye una voz que lo llama por su nombre, dos veces. La tradición lo pinta cayendo del caballo, aunque el relato solo dice que cayó a tierra. Lo que cuenta es que se levanta sin ver, y tienen que llevarlo de la mano. El que iba a atar a otros entra en la ciudad necesitando que lo guíen. A veces las certezas más firmes se caen de golpe. Hoy puedes poner ante Pablo lo que en tu vida se ha venido abajo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
25 de junio
«Hermano Saulo, el Señor Jesús me ha enviado.» (Hch 9,17)
En Damasco vivía un discípulo llamado Ananías. Cuando recibe el encargo de ir a ver a Saulo, tiene miedo, y lo dice: sabe todo el daño que ese hombre ha hecho. Aun así va. Entra en la casa, le pone las manos encima y lo primero que le dice es hermano. A Saulo se le caen de los ojos una especie de escamas y vuelve a ver. De Ananías apenas se sabe nada más, pero sin él la historia de Pablo no habría seguido. Hay personas así en muchas vidas: alguien que se atrevió a acercarse cuando nadie se fiaba, que llamó hermano al que otros veían como enemigo. Hoy puedes dar gracias por los Ananías de tu camino, y pedir su valor.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
26 de junio
«Te basta mi gracia, porque la fuerza se cumple en la debilidad.» (2 Cor 12,9)
Pablo recorrió medio mundo conocido: naufragios, cárceles, noches sin dormir, hambre, peligros en los ríos y en los caminos. Él mismo lo cuenta en sus cartas. Trabajaba haciendo tiendas de campaña para no ser una carga a nadie. Y en medio de todo eso habla de algo que le dolía, una espina clavada en la carne, sin decir qué era. Pidió tres veces que se la quitaran. La respuesta que recibió no fue la que esperaba: te basta mi gracia. Pablo no presume de fuerza, sino de lo contrario. Muchos llevan una espina parecida, algo que no se va aunque se pida. Hoy puedes presentarla sin disimulo, y dejar que en tu debilidad también quepa la gracia.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
27 de junio
«Nos dieron la mano derecha en señal de comunión.» (Gál 2,9)
Pedro y Pablo no se parecían en casi nada. Uno era pescador de Galilea; el otro, un hombre de estudios nacido en Tarso. Uno había caminado con Jesús por los caminos; el otro no lo conoció en vida. Tuvieron sus diferencias, y Pablo cuenta en una carta que en Antioquía llegó a enfrentarse con Pedro cara a cara. Aun así, en Jerusalén se dieron la mano como hermanos. No hizo falta que pensaran igual en todo para compartir lo esencial. Esto trae mucha paz en tiempos de divisiones: las personas distintas no son una amenaza, son otra manera de caminar hacia el mismo sitio. Hoy puedes rezar por alguien muy distinto a ti con quien te cuesta entenderte, y darle la mano en tu oración.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
28 de junio
«He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe.» (2 Tim 4,7)
Según la tradición, los dos caminos terminaron en la misma ciudad, Roma, en tiempos del emperador Nerón. Se cuenta que Pedro murió crucificado y que Pablo, que era ciudadano romano, murió decapitado a las afueras. Por eso se les recuerda juntos, en un mismo día. En una de sus últimas cartas, Pablo escribe como quien mira atrás sin angustia: ha terminado la carrera y ha guardado la fe. No dice que lo hiciera todo bien. Dice que no la soltó. Terminas la novena con la fiesta ya cerca. Puedes llevar a ella tus caídas y tus comienzos, tus dudas y tus certezas, y pedir a estos dos hermanos tan distintos que te acompañen en tu propio camino, hasta el final.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
San Pedro y san Pablo, vosotros sabéis lo que es empezar de nuevo. Tú, Pedro, que lloraste tu miedo y escuchaste otra vez tu nombre en la orilla. Tú, Pablo, que caíste a tierra y aprendiste a caminar guiado por otros. Os confío mis caídas y mis comienzos, mis dudas y lo poco o mucho que tengo de fe. Acompañadme cuando me hunda y cuando me equivoque, y ayudadme a reconocer en los distintos a hermanos de camino. Amén.
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