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Novena a Santa Teresa de Jesús

Nueve días de oración, con una meditación para cada día.

Del 6 de octubre al 14 de octubre. Fiesta el 15 de octubre.

Teresa de Ahumada nació en Ávila en 1515, fundó conventos por media España, escribió sobre la oración con una sencillez que todavía sorprende y es doctora de la Iglesia. Estos nueve días son para acercarte a ella sin prisa. Cada día hay una meditación breve, un momento para poner tu petición, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final.

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Cómo se reza

  1. La meditación del día.
  2. Tu petición. En silencio, pon ahora delante de Dios lo que llevas dentro, como se le cuenta algo a un amigo.
  3. Un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria.
  4. La oración final, que es la misma los nueve días.

Los nueve días:

Día 1Día 2Día 3Día 4Día 5Día 6Día 7Día 8Día 9

Día 1. Un trato de amistad

6 de octubre

«tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Santa Teresa, Libro de la Vida 8,5)

Teresa no inventó palabras difíciles para hablar de la oración. Dijo algo que cualquiera entiende: es estar a solas con alguien que te quiere. No hace falta saber mucho ni tener un método perfecto. Basta con ir y quedarse un rato, como se queda uno con un amigo aunque no haya grandes noticias que contar. A ella misma le costó muchos años aprenderlo; hubo temporadas en que la oración se le hacía larga y cuesta arriba. Por eso sus palabras consuelan: no las escribe alguien que lo tuvo fácil, sino alguien que volvió una y otra vez. Hoy puedes empezar así, sin exigirte nada. Siéntate, respira y piensa que Dios se alegra de que estés aquí. Con eso ya estás rezando.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 2. Mirarle a Él

7 de octubre

«No os pido más de que le miréis» (Santa Teresa, Camino de perfección 26,3)

Hubo un tiempo en que Teresa leyó en algunos libros que, para subir alto en la oración, convenía dejar a un lado la humanidad de Cristo. Lo intentó y se sintió perdida. Luego escribió que no quería otro camino que Jesús hecho hombre: el que se cansa, el que llora, el que come con sus amigos. A sus monjas no les pedía grandes pensamientos ni razonamientos complicados. Solo les proponía mirarle. Mirar a Jesús como se mira a alguien querido: en el camino, en la cruz, resucitado, sentado a la mesa. Hoy puedes elegir una escena del Evangelio que te guste y quedarte en ella. No hace falta sacar conclusiones. Mira, y deja que Él también te mire a ti.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 3. Dios entre los pucheros

8 de octubre

«si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor» (Santa Teresa, Fundaciones 5,8)

Algunas monjas se entristecían porque el trabajo de la casa les quitaba tiempo de oración. Teresa les respondió con una frase que se ha quedado para siempre: en la cocina, entre los pucheros, también anda el Señor. Dios no espera solo en la capilla. Está en el fregadero, en la oficina, en el autobús, en la cola del supermercado, en la tarde en que cuidas a alguien enfermo. Lo sencillo de cada día no te aleja de Él; puede ser justo el sitio donde te encuentra. Hoy, mientras haces algo corriente, puedes recordarlo un momento. No como una tarea más, sino como quien se da cuenta de que no está solo mientras pela patatas.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 4. Una determinada determinación

9 de octubre

«una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella» (Santa Teresa, Camino de perfección 21,2)

Teresa repetía la palabra a propósito, casi con humor: determinación determinada. Hablaba de seguir adelante en la oración aunque cueste, aunque haya días grises, aunque alguien murmure. Pero su firmeza no era dureza consigo misma. Era más bien la terquedad buena de quien sabe que el Amigo merece la pena. No se trata de hacerlo todo bien, sino de no rendirse del todo, de volver después de cada caída. Ella cayó muchas veces y siempre volvió. Si hoy te sientes flojo o cansado, no pasa nada. La determinación puede ser tan pequeña como volver a sentarte mañana un rato. Dios mira más las ganas que los resultados.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 5. El castillo interior

10 de octubre

«considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante» (Santa Teresa, Moradas primeras 1,1)

Cuando Teresa quiso explicar cómo es el alma, pensó en un castillo de diamante o de cristal muy claro, con muchas estancias, y en el centro, Dios. Es una imagen preciosa porque te dice algo que a veces se olvida: por dentro hay mucha más belleza de la que crees. No eres un lugar vacío ni un desorden sin remedio. Eres una casa habitada. La puerta para entrar, decía ella, es la oración. No hace falta llegar hoy a la estancia más honda. Basta con dar un paso hacia dentro, apagar un poco el ruido y reconocer que en lo más íntimo de ti alguien te espera con cariño.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 6. La alegría

11 de octubre

«Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4)

A Teresa se la imagina a menudo seria y en éxtasis, pero quienes la conocieron hablaban de su gracia, de su conversación viva y de su buen humor. En sus cartas bromea, se ríe de sí misma, cuenta los apuros de los viajes con una chispa que se nota siglos después. Su fe no le quitó la alegría; se la hizo más honda. La santidad no tiene cara triste. Tiene la cara de alguien que se sabe querido y por eso puede reírse de sus propios tropiezos. Hoy puedes darle gracias a Dios por algo que te haya hecho sonreír. También eso es oración, y de la buena.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 7. Los amigos

12 de octubre

«A vosotros os he llamado amigos» (Jn 15,15)

Teresa tuvo buenos amigos y los cuidó: sus hermanas de convento, confesores, gente sencilla de los caminos, y aquel fraile joven, Juan de la Cruz, con quien compartió tantas cosas. Sabía que nadie avanza del todo solo y que la amistad sostiene en los días malos. Para ella, tener con quien hablar de Dios era un regalo enorme. Jesús mismo quiso llamar amigos a los suyos. Hoy puedes acordarte de las personas que te acompañan en la vida y ponerlas delante de Dios, una a una, con su nombre. Y si te sientes solo, puedes pedirle con confianza un amigo de verdad. A Él le gusta regalar amigos.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 8. Nada te turbe

13 de octubre

«Nada te turbe, nada te espante» (Santa Teresa, Poesías, «Nada te turbe»)

Son unos versos muy cortos de Teresa. Parecen escritos para recordárselo a sí misma en días agitados, que tuvo muchos: pleitos, viajes, enfermedades, incomprensiones. No dicen que no pase nada. Dicen que, pase lo que pase, lo más hondo puede quedar en paz, porque todo cambia y Dios no se muda. Quien a Dios tiene, nada le falta. Hoy puedes repetir despacio esas palabras, varias veces, como quien respira. Si hay algo que te inquieta, no hace falta que lo resuelvas ahora. Solo déjalo un momento en sus manos y quédate tranquilo un rato, sin más.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Día 9. La confianza

14 de octubre

«El Señor me guía, y nada me faltará» (Sal 23,1)

Al final de su vida, Teresa estaba cansada y enferma, pero seguía fiándose. Había aprendido, a fuerza de años, que Dios no suelta la mano de quien se deja llevar. Murió en Alba de Tormes en 1582. Su confianza no era ingenua: sabía de dificultades. Pero había descubierto que, en el fondo de todo, alguien la quería y la guiaba. Hoy, último día de la novena, puedes dejar tu petición en manos de Dios con esa misma calma. No como quien cierra un trato, sino como quien se lo cuenta a un amigo y se va tranquilo, sabiendo que ha sido escuchado.

Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.

Oración final

Dios nuestro, que hiciste de santa Teresa de Jesús una amiga tuya y una maestra de oración, gracias por su vida, por su alegría y por su manera tan humana de hablarte. Por su intercesión, te presento lo que hoy llevo en el corazón. Enséñame a tratarte como a quien sabe que le quieren, a buscarte también en lo pequeño de cada día y a descansar en ti cuando algo me inquiete. Que nada me turbe, porque tú estás conmigo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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