Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
El 1 de octubre se celebra a santa Teresa del Niño Jesús, Teresa de Lisieux, una joven carmelita francesa que murió con veinticuatro años y dejó un camino sencillo para ir a Dios: el de las cosas pequeñas hechas con amor. Del 22 al 30 de septiembre, quien quiera puede prepararse así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Sin prisa, con lo pequeño que tengas entre manos.
Los nueve días:
22 de septiembre
«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños.» (Mt 11,25)
Teresa Martin nació en Alençon, en Francia, en 1873, la menor de cinco hermanas. Con cuatro años perdió a su madre, y aquella niña alegre se volvió tímida y muy sensible, de lágrima fácil. Nada en su infancia hacía pensar en una santa de altares: una casa sencilla, un padre que la llamaba su reinecita, muchos miedos y mucho cariño. Murió con veinticuatro años en un convento de Lisieux, sin haber hecho nada que llamara la atención. Y sin embargo su nombre ha dado la vuelta al mundo. Jesús dio gracias al Padre porque lo más hondo se deja ver a los pequeños. Esta novena empieza ahí: no hace falta ser grande ni tenerlo todo claro para acercarte. Basta con venir como eres, también con tus miedos.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
23 de septiembre
«Si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.» (Mt 18,3)
Teresa quería ser santa y, al mismo tiempo, se veía pequeña, incapaz de las grandes hazañas que leía en las vidas de los santos. En lugar de desanimarse, buscó otro camino, uno a su medida. Lo llamó su caminito: un camino recto, corto y nuevo, pensado para los pequeños. No consistía en hacer más, sino en fiarse más. En confiar en Dios como un niño confía en su padre, sin llevar la cuenta de los propios méritos. Jesús lo había dicho: los que se hacen como niños entran en el reino. Hacerse niño no es volverse ingenuo; es dejar de cargar tú solo con todo. Hoy puedes soltar alguna exigencia que te pesa y probar este camino sencillo: dejarte querer, sin tener que ganártelo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
24 de septiembre
«Si alguno es pequeño, que venga a mí.» (Prov 9,4)
En su Historia de un alma, Teresa cuenta que pensaba en los ascensores, un invento nuevo en su tiempo, que subían sin esfuerzo a lo alto de las casas. Ella se sentía incapaz de subir por la escalera empinada de la perfección. Buscó en la Biblia y encontró dos frases: esta de los Proverbios y otra de Isaías, donde Dios promete llevar a los suyos en brazos y consolarlos como una madre. Entonces lo entendió: el ascensor eran los brazos de Jesús. No hacía falta crecer para llegar arriba; al contrario, bastaba con quedarse pequeña. Quizá tú también llevas tiempo intentando subir a fuerza de voluntad, peldaño a peldaño, y te cansas. Hoy puedes dejar la escalera un momento y dejarte llevar.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
25 de septiembre
«El que es fiel en lo mínimo, también es fiel en lo mucho.» (Lc 16,10)
La vida de Teresa en el Carmelo fue muy corriente: rezar, lavar ropa, barrer, acompañar a una hermana anciana que caminaba con dificultad, comer lo que había. Ella descubrió que nada de eso era poco si se hacía con amor. Sonreír cuando estaba cansada, callar un reproche, ceder el sitio. Hablaba de ofrecer flores a Jesús: gestos diminutos que nadie ve y que, sin embargo, cuentan. No se trata de acumular sacrificios ni de hacer una lista de buenas obras. Se trata de mirar lo que ya haces cada día con otros ojos. Tu trabajo, tu casa, los recados, la paciencia con alguien: todo eso puede ser oración. Hoy puedes elegir una sola cosa pequeña y hacerla con cariño, sin que nadie se entere.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
26 de septiembre
«En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor.» (Santa Teresa, Manuscrito B (Historia de un alma))
Teresa sentía dentro deseos enormes: ser misionera, sacerdote, mártir, anunciar el evangelio en todos los continentes a la vez. Aquellos deseos la hacían sufrir, porque no cabían en su vida. Un día, leyendo a san Pablo, llegó al pasaje en que habla de los muchos miembros de un mismo cuerpo, y siguió leyendo hasta el himno a la caridad. Allí encontró la respuesta: el amor está en el centro, y el amor contiene todas las vocaciones. Escribió entonces, llena de alegría, que su vocación era el amor. Quizá tú también tienes deseos que no caben en tu vida, caminos que no pudiste tomar. Hoy puedes ponerlos en manos de Dios y descubrir que amar, ahí donde estás, ya lo abarca todo.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
27 de septiembre
«¡Qué hermosos sobre los montes los pies del que anuncia y proclama la paz!» (Is 52,7)
Teresa no volvió a salir de su convento después de entrar en él con quince años. Y en 1927, treinta años después de su muerte, fue declarada patrona de las misiones, junto a san Francisco Javier, que recorrió medio mundo. Parece una paradoja, pero no lo es. Ella rezaba por los que anunciaban el evangelio lejos, y se escribía con dos jóvenes misioneros a los que acompañó como una hermana: uno partió a China y el otro se preparaba para ir a África. Rezar por alguien que está lejos es otra manera de caminar con él. Hoy puedes acordarte de los que viven lejos de casa por servir a otros: misioneros, cooperantes, sanitarios, gente anónima. Y también de los tuyos que están lejos. Desde donde estás, tu oración llega.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
28 de septiembre
«Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros.» (Jn 13,34)
En el convento había una hermana que a Teresa le resultaba muy desagradable: casi todo en ella la molestaba. Teresa lo cuenta con sinceridad en sus escritos. En lugar de esquivarla, decidió tratarla como a la persona que más quería: le sonreía, le hacía pequeños favores, buscaba lo bueno que había en ella. Un día aquella hermana le preguntó qué veía en ella para quererla tanto. Teresa no lo contó para presumir, sino para decir que el amor también se aprende en la convivencia de cada día, con sus roces. No es fácil. Hay personas que cuestan, y no pasa nada por reconocerlo. Hoy puedes nombrar en silencio a alguien que te cuesta, sin forzar nada, y pedir para esa persona lo mismo que pides para ti.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
29 de septiembre
«Creo, Señor; ayuda a mi falta de fe.» (Mc 9,24)
En la Pascua de 1896, Teresa empezó a toser sangre. Poco después llegó algo más difícil que la enfermedad: una oscuridad interior. El cielo, que tanto había deseado, se le volvió opaco; sentía que una voz le decía que detrás de la muerte no había nada. Así vivió sus últimos dieciocho meses. No dejó de rezar ni de amar, pero sin consuelo, a oscuras. Escribió que aceptaba sentarse a la mesa de los que viven sin fe y quedarse allí con ellos, sin juzgarlos. Si alguna vez te cuesta creer, o Dios parece callado, Teresa sabe lo que es. Rezar desde la duda también es rezar. Hoy puedes decir, con aquel padre del evangelio: creo, Señor, ayúdame en lo que me falta.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
30 de septiembre
«Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra.» (Santa Teresa, Últimas conversaciones, 17 de julio de 1897)
Teresa murió el 30 de septiembre de 1897, al atardecer, con veinticuatro años. Pocos meses antes había dicho que quería pasar su cielo haciendo el bien en la tierra. Y, según la tradición, prometió que haría caer una lluvia de rosas. Desde entonces, muchas personas cuentan que, tras encomendarse a ella, recibieron una rosa inesperada, un favor, una paz que no esperaban. Más allá de las flores, la promesa habla de alguien que sigue cerca, que no se desentiende de los que se quedan. Terminas estos nueve días el mismo día en que ella se marchó, con su fiesta ya a las puertas. Puedes dejarle tu petición con confianza de niño y esperar su respuesta, llegue en forma de rosa o en forma de calma.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Santa Teresa del Niño Jesús, tú que encontraste un camino pequeño para llegar a Dios, enséñame a fiarme como un niño. Que no me pese lo que no sé hacer y que no lleve la cuenta de mis méritos. Ayúdame a poner amor en las cosas de cada día: en el trabajo, en la casa, con las personas que me cuestan. Cuando llegue la noche y no vea nada, quédate a mi lado. Y si es para bien, deja caer sobre mí y sobre los míos alguna de tus rosas. Amén.
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