Nueve días de oración, con una meditación para cada día.
La fiesta de la Divina Misericordia se celebra el segundo domingo de Pascua, que en 2027 cae el 4 de abril. Según la tradición de santa Faustina Kowalska, religiosa polaca, esta novena empieza el Viernes Santo y cada día pone delante de Jesús a un grupo de personas distinto. Durante los nueve días, quien quiera puede rezarla así: cada día, una meditación breve, tu petición en silencio, un Padre nuestro, un Avemaría y un Gloria, y la oración final. Y, si te sale, la jaculatoria de siempre: Jesús, en ti confío.
Los nueve días:
«No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» (Mt 9,13)
La novena empieza el Viernes Santo, a los pies de la cruz. Allí, según cuenta Lucas, Jesús pide perdón para los que lo están crucificando y promete el paraíso a un hombre que no tiene nada que ofrecer, salvo una petición al final. La misericordia empieza por ahí: por los que no la esperan. Según la tradición de santa Faustina, el primer día se reza por toda la humanidad, y en especial por los pecadores. No es una lista de otros. Tú también estás dentro, con lo que te pesa y con lo que no sabes cómo arreglar. Nadie queda fuera de esta mirada. Hoy puedes poner delante de Jesús al mundo entero, empezando por ti, y decirle despacio: Jesús, en ti confío.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«La mies es mucha, pero los obreros son pocos.» (Mt 9,37)
El segundo día se reza por los sacerdotes y por las personas consagradas: religiosos y religiosas, monjes y monjas, los que viven en misiones lejanas y los que atienden una parroquia pequeña adonde casi nadie va. Son personas de carne y hueso. Se cansan, se equivocan, a veces se sienten solos, y muchos siguen dando lo que tienen sin que se note. Jesús miró a la gente, la vio como ovejas sin pastor y pidió más manos para cuidarla. Hoy puedes rezar por los que conoces con nombre: el cura que te bautizó, la monja que te dio clase, quien te escuchó un día difícil. Y también por los que han hecho daño, para que la verdad y la misericordia lleguen a todos, empezando por los heridos.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Permaneced en mi amor.» (Jn 15,9)
Hoy se reza por las personas fieles, las que siguen ahí: las que rezan cada día sin hacer ruido, las que van a misa temprano, las que llevan años cuidando a un enfermo sin quejarse, las abuelas que pasan las cuentas del rosario por toda la familia. Muchas veces nadie les da las gracias. Su fe no sale en ninguna parte y, sin embargo, sostiene más de lo que parece. Jesús pide a sus amigos que permanezcan en su amor, como quien pide que no se vayan de casa. Permanecer no es aguantar a la fuerza: es quedarse porque ahí se está bien. Hoy puedes dar gracias por esas personas, y pedir para ellas descanso cuando estén cansadas y alegría cuando la fe se les haga cuesta arriba.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«No está lejos de ninguno de nosotros.» (Hch 17,27)
El cuarto día se reza por los que no conocen a Dios, o nunca han oído hablar de él de una manera que les llegue. Quizá alguien de tu familia, un amigo, un compañero de trabajo. Pablo, hablando en Atenas a gente que buscaba a su manera, les dijo que Dios no está lejos de nadie. No hace falta convencer a nadie ni tener las palabras exactas. La misericordia llega por caminos que no se ven: una conversación, una ayuda a tiempo, un silencio compartido. Hoy puedes rezar por ellos con cariño y sin prisa, confiando en que Dios ya los quiere, antes de que ellos lo sepan. El encuentro es cosa suya; lo tuyo es acompañar con tu oración y con tu manera de estar cerca.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Que todos sean uno.» (Jn 17,21)
Hoy se reza por los que se han separado: los que un día dejaron la fe o la comunidad, a veces por una herida, a veces por un desengaño, a veces sin saber muy bien por qué. Y también por los cristianos que siguen divididos entre sí. La noche antes de morir, Jesús pidió al Padre que todos fueran uno. No lo dijo como una orden, sino como una súplica. Detrás de cada alejamiento suele haber una historia que merece respeto. Quizá hubo quien no supo acoger, quien juzgó deprisa, quien cerró una puerta. Hoy puedes rezar por los que se fueron sin exigirles que vuelvan, y pedir que, si algún día regresan, encuentren la casa abierta, la mesa puesta y ningún reproche.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» (Mt 11,29)
El sexto día se reza por los mansos y humildes de corazón, y por los niños. Jesús se describió a sí mismo con esas dos palabras: manso y humilde. No fuerte, no importante. Los niños entienden eso sin explicaciones: se fían, piden lo que necesitan, se dejan abrazar. Hoy puedes rezar por los niños que conoces y por los que nadie cuida, por los que crecen en medio de la guerra o de la pobreza. Y también por la gente sencilla que no ocupa sitio ni hace ruido y que, sin embargo, vuelve el mundo más habitable. Quizá tú también guardes algo de niño que se quedó escondido. Esta novena le deja sitio: puedes acercarte a Jesús con esa misma confianza, sin méritos que presentar.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso.» (Lc 6,36)
Hoy se reza por los que honran la misericordia de Dios y la hacen visible. No solo con imágenes o devociones, sino con la vida: la enfermera que se queda un rato más, el vecino que perdona una deuda, quien visita a un preso, quien escucha sin juzgar. Jesús habló de un Padre misericordioso e invitó a parecerse a él en eso. La palabra misericordia habla de un corazón que se acerca a la miseria del otro sin asco y sin miedo. Hoy puedes dar gracias por las personas que han sido misericordiosas contigo, con nombres concretos. Y quizá descubras que tú también lo has sido alguna vez, sin darte cuenta. Esa bondad pequeña es también un reflejo de la bondad de Dios.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«Las almas de los justos están en la mano de Dios.» (Sab 3,1)
El octavo día se reza por los difuntos que aún están en camino hacia la luz plena de Dios, lo que la tradición llama el purgatorio. Se entiende no como un castigo que dé miedo, sino como una purificación, igual que quien se lava la cara antes de entrar en una fiesta. El libro de la Sabiduría dice que las almas de los justos están en la mano de Dios. Hoy puedes nombrar a tus muertos, uno a uno: tus padres, tus abuelos, tus amigos, quizá alguien de quien no pudiste despedirte. Tu oración los sigue acompañando, porque el amor no se corta con la muerte. Puedes ponerlos en las manos de Jesús y descansar tú también: están en buenas manos.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
«No quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que humea.» (Is 42,3)
El último día se reza por los tibios: los que tienen la fe apagada, los que rezan por costumbre o ya no rezan, los que no sienten nada. Isaías tiene una imagen preciosa para ellos: el siervo de Dios no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha que todavía humea. Donde queda un poco de humo, todavía es posible el fuego. Si alguna vez te has sentido así, sin ganas y sin fuerzas, esta oración también es para ti. Nadie te pide que te obligues a sentir. Basta con acercarte tal como estás, con lo poco que tengas. Mañana es la fiesta de la Divina Misericordia. Puedes llevarle lo que hay, aunque sea poco, y decirle con calma: Jesús, en ti confío.
Tu petición, un Padrenuestro, un Avemaría, un Gloria y la oración final.
Jesús misericordioso, tú no esperas a que llegue limpio ni entero para abrirme los brazos. Te traigo lo que soy y a los que llevo en el corazón: los que te buscan, los que se alejaron, los que ya no están, los que no saben cuánto los quieres. Mírame con esa mirada que no humilla. Donde haya culpa, pon perdón. Donde haya miedo, pon calma. Donde la fe se haya enfriado, sopla sobre la mecha que aún humea. Jesús, en ti confío. Amén.
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