Un canto de camino: el que te guarda no se duerme.
Es un salmo pequeño y muy querido, de los que se aprenden casi sin querer. En las biblias actuales lleva el número 121; en los libros de la liturgia, que siguen la numeración de las antiguas versiones griega y latina, es el salmo 120. Habla de alguien que mira las montañas que tiene delante y se pregunta de dónde le va a venir la ayuda.
El encabezamiento hebreo lo llama «Canto de las subidas». Es uno de los quince salmos que llevan ese título, del 120 al 134 en la numeración hebrea, y la tradición los ha entendido como los cantos de los peregrinos que subían a Jerusalén para las fiestas. Jerusalén está en lo alto, y a ella se llegaba siempre subiendo.
Este no dice quién lo escribió. Suena a conversación de viaje: uno que mira los montes, quizá con algo de miedo, y otro que le responde y le desea buen camino. A partir del tercer verso el salmo deja de decir «yo» y empieza a decir «tú», como una bendición que alguien te da al despedirte en la puerta.
Alzo la vista hacia los montes:
¿de dónde me vendrá la ayuda?
Mi ayuda me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
No dejará que tu pie resbale;
no se adormece el que te guarda.
Mira: no cabecea ni se duerme
el guardián de Israel.
El Señor es quien te guarda,
el Señor es tu sombra,
siempre a tu derecha.
De día el sol no te hará daño,
ni la luna por la noche.
El Señor te guarda de todo mal,
él cuida de tu vida.
El Señor vigila tus idas y venidas,
desde ahora y para siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Traducción propia, hecha para esta página.
Aparece en las Vísperas del viernes de la segunda semana del salterio, la oración del atardecer. Al final del día, después de todas las idas y venidas, suena como un recuento tranquilo: hoy también te han guardado.
Es un salmo para decir al salir de casa, con la mano en el pomo de la puerta. O en el coche antes de arrancar, o en la estación esperando un tren.
Puedes rezarlo por alguien que se va: un hijo que empieza a estudiar lejos, un amigo que emigra, una persona mayor que entra en quirófano. Cambias el «tú» por su nombre y se lo dices a Dios, o se lo dices a esa persona directamente, como una bendición de despedida.
Si tienes delante tus propios montes, algo que parece demasiado alto, puedes quedarte con la primera pregunta sin prisa por contestarla: «¿de dónde me vendrá la ayuda?». El salmo la deja hacer entera antes de responder.
Y por la noche, al acostarte, basta con un verso: «no se duerme el guardián». Tú sí puedes dormir.
Salmodiando te pone delante cada día las horas completas, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.