El salmo del niño en brazos de su madre.
Es uno de los salmos más breves, y quizá uno de los más hondos. Se lee en medio minuto y se puede rezar durante años. En las biblias actuales lleva el número 131; en los libros de la liturgia, que siguen la numeración de las antiguas versiones griega y latina, es el salmo 130.
El encabezamiento hebreo dice «Canto de las subidas. De David». Es, por tanto, uno de los quince cantos que la tradición pone en boca de los peregrinos que subían a Jerusalén, y la tradición lo atribuye a David.
No cuenta ninguna historia ni menciona ninguna circunstancia. Solo habla alguien que ha dejado de pelearse por llegar más alto y ha encontrado otra forma de estar ante Dios. Por eso cada uno lo reconoce desde su propia vida.
Otros libros de la Biblia comparan a Dios con una madre que consuela a su hijo (Is 66,13). Este salmo no llega a decirlo con esas palabras: deja la imagen y se calla.
Señor, no tengo el corazón altanero
ni miro a nadie por encima del hombro;
no ando detrás de grandezas
ni de cosas que me quedan demasiado altas.
Al contrario: he dejado mi alma
tranquila y en silencio,
como un niño ya destetado
en brazos de su madre;
como ese niño
está mi alma dentro de mí.
Israel, espera en el Señor,
desde ahora y para siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Traducción propia, hecha para esta página.
Aparece en las Vísperas del martes de la tercera semana del salterio, la oración del atardecer. Después de un día de trabajo y de cosas pendientes, llega un salmo que no pide nada más que quedarse quieto un momento.
Este salmo no pide esfuerzo. Puedes leerlo una vez y después quedarte en silencio, con la imagen del niño en brazos. No hace falta pensar nada más.
Si tienes en brazos a un bebé, o lo has tenido, sabes de qué habla: ese momento en que deja de moverse, se le afloja el cuerpo y se queda dormido contra ti. Puedes rezar el salmo recordando eso.
En los días de mucha cabeza, cuando todo parece urgente y demasiado grande, puedes repetir solo un verso: «he dejado mi alma tranquila y en silencio». Aunque todavía no lo esté. A veces decirlo es la forma de empezar a estarlo.
Y si te cuesta pensar en Dios como padre, porque la palabra te trae otras cosas, este salmo abre otra puerta: la de unos brazos de madre donde no tienes que ganarte nada.
Salmodiando te pone delante cada día las horas completas, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.