El salmo para dejar la noche en buenas manos.
Es un salmo de confianza, lleno de imágenes de refugio: una sombra, unas alas, un escudo. En las biblias actuales lleva el número 91; en los libros de la liturgia, que siguen la numeración de las antiguas versiones griega y latina, es el salmo 90. Durante siglos lo han dicho de noche monjes, madres, enfermos y viajeros, porque habla de los miedos que llegan con la oscuridad y de quien no se duerme mientras tanto.
En hebreo este salmo no lleva encabezamiento, así que no dice quién lo escribió. La antigua traducción griega lo atribuye a David. La tradición judía, en cambio, lo ha unido al salmo anterior, que se presenta como oración de Moisés, y ha pensado que los dos salieron de la misma mano.
Sea quien fuere, habla alguien que conoce de cerca el peligro: trampas, epidemias, flechas, noches largas. Y que ha encontrado un sitio donde refugiarse.
Es también el salmo que aparece en las tentaciones de Jesús en el desierto: el tentador le cita los versos de los ángeles que lo llevarán en sus manos para que se tire desde lo alto del templo (Mt 4,6; Lc 4,10-11). Jesús no se tira. La confianza de este salmo no es para ponerse a prueba, sino para descansar.
Tú que vives al abrigo del Altísimo
y pasas la noche a la sombra del Todopoderoso,
dile al Señor: «Mi refugio, mi fortaleza,
mi Dios, en ti confío».
Él te soltará de la trampa del cazador
y de la palabra que hace daño.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas encontrarás cobijo;
su fidelidad te hará de escudo y de coraza.
No temerás el espanto de la noche
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se arrastra en la oscuridad,
ni la plaga que arrasa a mediodía.
Aunque caigan mil a tu lado
y diez mil a tu derecha,
a ti no llegará.
Te bastará con abrir los ojos
para ver cómo acaba el malvado.
Porque tú, Señor, eres mi refugio.
Has hecho del Altísimo tu casa:
no te alcanzará la desgracia,
ningún golpe se acercará a tu tienda.
Porque a sus ángeles les encargará
que te guarden en todos tus caminos;
te llevarán en sus manos
para que tu pie no tropiece en la piedra.
Pisarás la víbora y el áspid,
aplastarás al león y al dragón.
«Porque se ha agarrado a mí, lo pondré a salvo;
lo protegeré, porque conoce mi nombre.
Me llamará y le responderé;
en la angustia estaré a su lado,
lo sacaré de ella y lo llenaré de honra.
Le daré días largos y colmados
y le haré ver mi salvación».
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Traducción propia, hecha para esta página.
Es el salmo de Completas del domingo, la oración con la que se cierra el día. Encaja con esa hora de una manera casi natural: la luz se va, llegan los miedos de la noche, y alguien dice en voz baja «mi refugio, mi fortaleza». Después viene el cántico de Simeón y el descanso.
Es un buen salmo para la cama, con la luz apagada. No hace falta rezarlo entero: los dos primeros versos bastan para dejar la noche en otras manos.
Si hay un miedo concreto que no te deja dormir, puedes ponerle nombre dentro del salmo. Donde dice «la peste que se arrastra en la oscuridad» cabe una prueba médica, una deuda o una conversación pendiente. El salmo no lo quita de en medio, pero le cambia el tamaño.
Puedes rezarlo también por otra persona, cambiando el «tú» por su nombre: «Ana, que vives al abrigo del Altísimo...». Mucha gente lo dice así por un hijo que viaja o por alguien que está en el hospital.
Y puedes quedarte solo con la última parte, la que dice Dios. Leerla despacio, como si te la dijeran a ti: «en la angustia estaré a su lado».
Salmodiando te pone delante cada día las horas completas, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.