Ser conocido del todo y no tener que esconderse.
Es uno de los salmos más personales de toda la Biblia. Alguien descubre que Dios lo conoce entero, por dentro y por fuera, desde antes de nacer, y en vez de asustarse acaba asombrado. En las biblias actuales lleva el número 139; en los libros de la liturgia, que siguen la numeración de las antiguas versiones griega y latina, es el salmo 138.
El encabezamiento hebreo dice «Al maestro de coro. De David. Salmo». La tradición lo ha leído como oración de David, un hombre con una vida llena de huidas, errores, amistades y enemigos, que sabía lo que es querer esconderse y no poder.
Por lo que dice al final, quien reza parece estar rodeado de gente que le quiere mal y quizá acusado de algo. Entonces se pone delante de Dios y le dice: tú me conoces, mírame tú. Pero el salmo va mucho más allá de ese momento: se convierte en una meditación sobre qué significa ser conocido por alguien que no se cansa de mirarte.
Señor, tú me examinas y me conoces:
sabes cuándo me siento y cuándo me levanto,
desde lejos entiendes lo que pienso.
Ves si camino o si descanso,
todos mis pasos te son familiares.
Todavía no tengo la palabra en la lengua
y tú, Señor, ya la sabes entera.
Me rodeas por detrás y por delante,
tienes puesta tu mano sobre mí.
Es un saber demasiado grande para mí,
tan alto que no lo alcanzo.
¿Adónde iré lejos de tu espíritu?
¿Adónde huiré de tu mirada?
Si subo al cielo, allí estás tú;
si bajo al abismo, allí te encuentro.
Si tomo las alas de la aurora
y me voy a vivir al otro extremo del mar,
también allí me llevará tu mano,
tu derecha me sostendrá.
Si digo: «Que me envuelva la oscuridad,
que la luz se vuelva noche a mi alrededor»,
tampoco la oscuridad es oscura para ti,
la noche brilla como el día,
tinieblas y luz son para ti lo mismo.
Tú formaste mis entrañas,
me tejiste en el vientre de mi madre.
Te doy gracias por el prodigio que soy,
porque tus obras son admirables,
y eso mi alma lo sabe bien.
No se te escondían mis huesos
cuando me iba formando en lo secreto,
bordado en lo hondo de la tierra.
Tus ojos me veían cuando aún era un esbozo;
en tu libro estaban escritos
todos mis días, ya contados,
antes de que llegara el primero.
Qué valiosos me son tus pensamientos, Dios mío,
qué inmensa su suma.
Si me pongo a contarlos, son más que la arena;
me despierto y todavía estoy contigo.
Ojalá, Dios mío, acabaras con el malvado,
y se apartaran de mí los hombres de sangre,
los que hablan de ti con malicia,
tus enemigos, que toman tu nombre en vano.
¿Cómo no voy a odiar, Señor, a los que te odian,
cómo no me van a doler los que se alzan contra ti?
Los odio con un odio sin resquicio,
los tengo por enemigos míos.
Examíname, Dios mío, conoce mi corazón;
ponme a prueba, conoce mis inquietudes;
mira si voy por un camino que hace daño
y llévame por el camino de siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Traducción propia, hecha para esta página.
Aparece en las Vísperas del miércoles de la cuarta semana del salterio, la oración del atardecer. Por su longitud se reza en dos partes: la primera llega hasta el verso 12, y la segunda recoge los versos 13 a 18 y los dos últimos, 23 y 24.
Es un salmo para leer despacio, a trozos. No hace falta llegar al final: puedes quedarte un día entero con una sola parte.
Si te cuesta quererte, o mirarte al espejo, puedes empezar por el verso que da gracias «por el prodigio que soy». Decirlo aunque todavía no te lo creas del todo. El salmo lo dice por ti hasta que te salga solo.
Si estás pasando por una noche oscura, de las que no se ven desde fuera, puedes ir a la segunda parte: «tampoco la oscuridad es oscura para ti». No explica nada ni promete que se acabe mañana. Solo dice que ahí también hay alguien.
Si llevas dentro rabia contra alguien que te ha hecho daño, los versos duros están ahí para eso: para decírsela a Dios tal cual, sin adornos. Y después, si puedes, terminar como termina el salmo, dejándote mirar.
Y por la mañana, al abrir los ojos, basta con medio verso: «me despierto y todavía estoy contigo».
Salmodiando te pone delante cada día las horas completas, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.