El salmo de quien se sabe acompañado, también en el valle oscuro.
Es probablemente el salmo más conocido de todos, el que muchas personas saben de memoria sin haberlo aprendido nunca a propósito. En las biblias actuales lleva el número 23; en los libros de la liturgia, que siguen la numeración antigua de las versiones griega y latina, es el salmo 22. Es el mismo texto con dos números.
El encabezamiento hebreo dice sencillamente «Salmo de David». La tradición lo ha leído siempre así: como la oración de un hombre que de muchacho fue pastor en Belén, que sabía lo que es buscar hierba y agua para un rebaño y defenderlo de noche de las fieras, y que luego, ya rey, tuvo que atravesar guerras, huidas y traiciones.
Por eso el salmo no suena a teoría. Quien lo dice conoce el oficio de pastor desde dentro y lo aplica a Dios: alguien que va delante, que sabe dónde está lo que necesitas y que no te deja solo cuando el camino se estrecha.
Siglos después, Jesús dirá de sí mismo «Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11), y los cristianos han rezado siempre este salmo pensando también en él.
San Ambrosio, obispo de Milán en el siglo IV, se lo explicaba a los recién bautizados: en el agua, el aceite y la mesa puesta podían reconocer lo que acababan de vivir, el agua del bautismo, la unción y la primera eucaristía.
El Señor es mi pastor:
no me va a faltar de nada.
Me deja descansar
en prados de hierba fresca,
me lleva hasta aguas tranquilas
y me devuelve el aliento.
Me guía por sendas rectas,
porque así es su nombre.
Aunque ande por un valle
a la sombra de la muerte,
no tendré miedo de ningún mal,
porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado
me dan tranquilidad.
Me preparas la mesa
a la vista de los que me acosan;
me perfumas la cabeza con aceite
y mi copa se desborda.
La bondad y el cariño
me seguirán todos los días de mi vida,
y viviré en la casa del Señor
por días sin término.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Traducción propia, hecha para esta página.
Es un salmo que se deja rezar en cualquier momento, porque es corto y porque cada uno entra por la imagen que más le toca ese día.
Hay días de prados y aguas tranquilas, y basta con decir el primer verso despacio y quedarse ahí. Hay días de valle oscuro: una enfermedad, un duelo, una noche sin dormir. Entonces se puede ir directamente al verso 4 y repetir solo «porque tú vas conmigo», sin más.
Puedes rezarlo por alguien concreto, poniendo su nombre donde dice «me»: «El Señor es su pastor, no le va a faltar de nada». Mucha gente lo hace junto a la cama de un enfermo o en una despedida.
Y puedes rezarlo con la vista puesta en lo que ya has recibido: la mesa, el aceite, la copa llena. A veces lo que se ha tenido delante todo el tiempo no se ve hasta que alguien lo nombra.
Salmodiando te pone delante cada día las horas completas, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.