El soldado que partió su capa con un pobre y llegó a ser obispo.
Un jinete corta con la espada su capa militar y le da la mitad a un mendigo que tirita a la puerta de Amiens. Esa escena, repetida en tantas iglesias, hizo detenerse incluso a don Quijote en uno de sus caminos. El jinete es Martín, soldado romano, monje y obispo de Tours en el siglo IV. No es el mismo santo que san Martín de Porres, el fraile dominico de Lima, que se recuerda el 3 de noviembre.
Martín nació hacia el año 316 en Sabaria, en la provincia romana de Panonia, la actual Szombathely, en Hungría. Su familia era pagana. El padre empezó como simple soldado y llegó a tribuno militar, y Martín creció en Ticino, la actual Pavía, en el norte de Italia. Según su biógrafo, a los diez años se presentó en la iglesia, contra la voluntad de sus padres, y pidió ser catecúmeno.
Una ley obligaba a alistarse a los hijos de los veteranos, y a los quince años, denunciado por su propio padre, tuvo que jurar bandera. Sirvió en la guardia imperial y fue destinado a la Galia. En Amiens, en pleno invierno, ocurrió lo de la capa. Esa noche vio en sueños a Cristo vestido con la mitad que había regalado y le oyó decir a los ángeles: «Martín, que todavía es catecúmeno, me ha cubierto con este vestido».
Poco después se bautizó. Cuando, en vísperas de una batalla, pidió dejar el servicio, le dijo al césar Juliano una frase que se ha citado muchas veces: «Soy soldado de Cristo; no me es lícito combatir».
Se fue luego a Poitiers con san Hilario, el obispo que defendía la fe de Nicea frente a los arrianos. Hilario quiso hacerlo diácono y Martín se resistió, diciendo que era indigno; aceptó en cambio el oficio humilde de exorcista. Hacia el año 361 se retiró a un lugar apartado cerca de Poitiers, el actual Ligugé, y a su alrededor se fueron juntando otros monjes. Es el monasterio más antiguo que se conoce en Europa.
En 371 o 372 los cristianos de Tours lo quisieron por obispo. Como no salía de su retiro, lo sacaron con una excusa: un vecino le rogó que fuera a ver a su mujer enferma, y por el camino lo esperaba la multitud. Ya obispo, siguió viviendo como un monje en una celda a unos tres kilómetros de la ciudad, al otro lado del Loira, donde nació el monasterio de Marmoutier. Desde allí recorrió los campos, todavía en gran parte paganos, predicando el Evangelio.
Un episodio de su vida toca de cerca la historia de España. Prisciliano, obispo de Ávila, fue acusado de herejía, y su causa acabó ante el emperador Máximo, en Tréveris. Martín estaba allí y protestó: un asunto de la Iglesia no debía juzgarlo un tribunal civil. Consiguió que el emperador prometiera no derramar sangre, pero en cuanto se marchó de la ciudad, Prisciliano y varios de sus seguidores fueron condenados y decapitados. Martín se negó después a mantener la comunión con su principal acusador, el obispo Itacio.
Murió el 8 de noviembre de 397 en Candes, adonde había ido, con más de ochenta años, a poner paz entre los clérigos de aquella iglesia. Su discípulo Sulpicio Severo cuenta en una carta que los suyos lloraban y le pedían que no los dejara, y que él, conmovido, se volvió a Dios con estas palabras: «Señor, si todavía soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad». Lo enterraron en Tours el 11 de noviembre, y ese día quedó como su fiesta.
Sulpicio, que lo trató en persona, escribió su vida cuando Martín aún vivía, aunque la publicó después de su muerte. Es un testigo muy cercano, pero escribe para admirar, y los muchos milagros que narra se leen hoy con esa clave. Esa carta de Sulpicio se lee en su memoria, en el Oficio de lectura, y la oración de la misa y de las horas ruega que ni la vida ni la muerte nos aparten del amor de Dios. Martín fue de los primeros santos venerados sin haber muerto mártir.
La mitad de la capa que Martín se quedó acabó convertida en reliquia de los reyes francos, que la guardaban en su oratorio. De esa capa, en latín cappa, viene la palabra capilla, y de quienes la custodiaban, capellanes. Su sepulcro de Tours fue durante siglos una de las grandes metas de peregrinación de Europa, hasta que en 1562, en las guerras de religión, el santuario fue saqueado y sus reliquias destruidas.
En España, a los días templados que a veces llegan a mediados de noviembre se les llama «veranillo de San Martín», y por esas fechas empezaba la matanza del cerdo, de donde viene el refrán «a cada cerdo le llega su San Martín». Cervantes ya lo usa en la segunda parte del Quijote: «su San Martín se le llegará, como a cada puerco». En la misma obra, ante una imagen del santo partiendo la capa, don Quijote comenta que «debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo».
En Galicia noviembre es para muchos el «mes de san Martiño». La catedral de Ourense está dedicada a él y la diócesis lo celebra como solemnidad. Buenos Aires lo tiene por patrono desde 1580.
Escrita para esta página, para el 11 de noviembre o para una noche de helada:
Señor Jesús, que te dejaste cubrir por la capa de Martín en el pobre de Amiens: dame ojos para reconocerte en quien pasa frío a mi lado.
Te pido por los que duermen en la calle, por los que no tienen con qué abrigarse y por quienes los ayudan. Te pido también por los soldados y por todos los que llevan uniforme, para que sirvan a la paz.
Enséñame, como a Martín, a compartir no lo que me sobra, sino una parte de lo que tengo, y a hacerlo sin ruido. Y cuando llegue mi hora, que sepa decir como él: hágase tu voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Para rezar su memoria, o una tarde de frío por quienes no tienen abrigo:
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