1 de noviembre. La fiesta de los que ya están en la luz.
El 1 de noviembre no se recuerda a un santo en concreto: se recuerda a todos. A los que tienen su día en el calendario y a los que no lo tendrán nunca. A la abuela que rezaba en la cocina, al vecino que ayudaba sin que nadie se enterase, a tanta gente buena cuyo nombre solo conoce Dios. Es la fiesta de esa multitud.
Los santos no son solo los de las estatuas y los altares. En el lenguaje más antiguo de los cristianos, «santos» eran todos los que seguían a Jesús: así saludaba san Pablo a las comunidades a las que escribía. La fiesta de hoy recoge esa idea tan sencilla. Hay una familia enorme, de todos los siglos y de todos los rincones, que ya vive en Dios, y la inmensa mayoría no tiene nombre en ningún libro.
En la Misa de este día se lee la visión del Apocalipsis: «una multitud inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua» (Ap 7,9). Y se leen las bienaventuranzas (Mt 5,1-12): los pobres, los que lloran, los mansos, los que trabajan por la paz. Es el retrato de esa gente. No son héroes de otro mundo; son personas que amaron mucho, a menudo sin que se notara.
Desde muy pronto, los cristianos recordaban a sus mártires en el aniversario de su muerte. Cuando fueron tantos que no cabían en el calendario, empezaron a recordarlos juntos. En Oriente ya se hacía en el siglo IV, y los cristianos de tradición bizantina lo siguen haciendo el domingo después de Pentecostés.
En Roma, a comienzos del siglo VII, el Panteón, que había sido un templo pagano, se dedicó a Santa María y a todos los mártires. Más tarde la fecha del 1 de noviembre se fue imponiendo, y en el siglo IX la fiesta se extendió por todo Occidente.
La noche anterior es su víspera. De ahí viene el nombre inglés Halloween: All Hallows' Eve, «la víspera de Todos los Santos».
En España el 1 de noviembre es fiesta, y por eso mucha gente aprovecha este día para visitar el cementerio y llevar flores a los suyos. Los buñuelos de viento y los huesos de santo son los dulces de estas fechas.
El color de este día es el blanco, el de las fiestas grandes, el de la Pascua y la Navidad. Es el color de la luz. El Apocalipsis describe a esa multitud vestida con túnicas blancas: gente que ha pasado por la vida, con sus penas y sus caídas, y ahora está en la alegría.
Por eso Todos los Santos no es un día triste. Al día siguiente, en la conmemoración de los difuntos, el color cambia y el tono se hace más recogido. Pero el 1 de noviembre es fiesta.
Piensa en tus santos. Seguro que conoces a alguno. Alguien que te enseñó a rezar, que te cuidó, que fue bueno contigo sin pedir nada. Hoy es un buen día para dar gracias por esa persona, esté viva o no.
Mira el santo de hoy, y el de mañana. Cada día del año tiene sus santos, con historias muy distintas: reinas y mendigos, sabios y analfabetos. Conocer alguna vida da mucha compañía.
Reza las horas. Las horas de este día tienen himnos, antífonas y lecturas propias, llenas de esa multitud alegre. Las Vísperas del 1 de noviembre son las de la fiesta; al caer la tarde, muchos empiezan ya a pensar en sus difuntos.
Salmodiando te pone delante las horas de cada día, también las de Todos los Santos, con sus himnos y sus lecturas propias, sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.