El sacerdote que enseñó a servir a los pobres con el corazón y con orden.
Hay santos a los que se acude para pedir y otros que enseñan a dar. Vicente de Paúl es de los segundos. Vivió en la Francia del siglo XVII, entre la corte y los campesinos más pobres, y dejó una idea que sigue viva en millones de voluntarios: la caridad no puede quedarse en un gesto suelto; necesita orden, constancia y muchas manos para que a nadie le falte lo necesario.
Vicente nació en 1581 en Pouy, un pueblo de Gascuña, en el sudoeste de Francia, en una familia campesina de origen humilde. En 1600, con solo diecinueve años, fue ordenado sacerdote, y en 1604 obtuvo la licenciatura en teología. Sus primeros años no fueron los de un santo precoz: buscaba, como tantos clérigos de su tiempo, un buen cargo que le diera una vida cómoda y le permitiera ayudar a su familia.
En dos cartas de 1607 y 1608 él mismo contó que, volviendo por mar, lo habían capturado unos piratas y lo habían vendido como esclavo en Túnez, y que dos años después logró escapar. Los historiadores discuten todavía si ese relato es fiel, y aquí lo dejamos dicho así, sin darlo por seguro ni por falso.
De vuelta en Francia, en 1612 se le confió la parroquia de Clichy, cerca de París, y poco después entró como preceptor de los hijos de los Gondi, una familia poderosa. Al recorrer sus tierras descubrió la miseria espiritual y material de los campesinos, y con la ayuda de la señora de la casa empezó a predicar misiones en ellas.
En 1617 aceptó la parroquia rural de Châtillon-les-Dombes, en la región de Bresse. Allí supo de una familia entera enferma que no tenía nada que comer, habló de ella a sus feligreses y la respuesta fue tan grande que comprendió que la generosidad, si nadie la organiza, se desperdicia: un día llega de todo y al siguiente nada. El 20 de agosto de ese año reunió a un grupo de mujeres en la primera Cofradía de la Caridad, con turnos para que los pobres fueran atendidos cada día y no solo cuando alguien se acordaba de ellos.
La familia vicenciana cuenta sus comienzos a partir de aquel año. En 2017, al cumplirse cuatro siglos, el papa Francisco la recibió en Roma.
En 1625 fundó la Congregación de la Misión, sacerdotes dedicados a predicar en el campo y a formar al clero, conocidos como paúles o lazaristas, por la casa de San Lázaro de París, que fue su sede. Desde 1628 organizó retiros para quienes iban a ordenarse, desde 1633 reunía cada martes a sacerdotes para hablar de su ministerio, y abrió seminarios.
Luis XIII lo nombró capellán real de las galeras, y él aprovechó el cargo para visitar a los galeotes de Marsella, condenados a remar encadenados, y quiso construirles un hospital. Por iniciativa suya, las Damas de la Caridad de París se ocuparon de los niños abandonados, que llegaron a ser miles, y reunieron dinero para socorrer a la Lorena arrasada por la guerra. Ana de Austria, viuda de Luis XIII, lo hizo miembro del consejo de conciencia, que proponía los nombramientos para los cargos de la Iglesia.
Con santa Luisa de Marillac puso en marcha el 29 de noviembre de 1633 las Hijas de la Caridad. No serían monjas apartadas del mundo, sino hermanas que vivirían junto a los pobres y los atenderían en sus casas, en los hospitales y en la calle. Vicente les decía que no tendrían más reja que el temor de Dios ni más velo que la modestia, y que, cuando dejaran la oración para atender a un pobre, no dejarían a Dios: dejarían a Dios por Dios. Fue una novedad enorme para su época.
Seis hermanas llegadas de París fundaron en 1790 la primera comunidad en España. Y fue una Hija de la Caridad, Catalina Labouré, quien en 1830, en la casa de la calle del Bac de París, contó haber visto a la Virgen y recibió el encargo de la Medalla Milagrosa.
Murió en París el 27 de septiembre de 1660, con setenta y nueve años. Benedicto XIII lo beatificó en 1729 y Clemente XII lo canonizó el 16 de junio de 1737. Sus restos se veneran en la capilla de los paúles de la calle de Sèvres, en París. En 1885 León XIII lo proclamó patrono de todas las asociaciones católicas de caridad; ya en 1833 ocho estudiantes de la Sorbona, con Federico Ozanam, lo habían tomado como patrono al fundar en París las Conferencias de San Vicente de Paúl, que siguen visitando a familias necesitadas en muchos países.
En el calendario general y en el de España su día es memoria obligatoria; para los paúles y las Hijas de la Caridad, solemnidad. A él se encomiendan quienes trabajan en comedores sociales, hospitales, residencias o voluntariados, y quienes quieren ayudar y no saben por dónde empezar.
Para rezar con su espíritu, te dejamos esta oración, escrita expresamente para esta página:
Señor, que diste a san Vicente de Paúl ojos para ver a los pobres y manos para servirlos: abre también los míos a quienes tengo cerca y a veces no veo.
Te pongo delante a los que hoy no tienen casa, ni trabajo, ni quien los visite. Te pido por los que los atienden en comedores, hospitales y residencias, para que no se cansen y encuentren en su servicio tu rostro.
Enséñame a dar sin humillar, a ayudar con constancia y a trabajar con otros en lugar de hacerlo todo solo. Por intercesión de san Vicente, haz de mi vida un lugar donde los demás se sientan recibidos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
El 27 de septiembre, o el día que te haga falta, tienes a mano:
Salmodiando te da cada día las horas enteras de la Liturgia de las Horas, con sus himnos, sus salmos y sus lecturas propias, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.