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Santa Teresita del Niño Jesús

Una joven carmelita que descubrió que el amor cabe en las cosas pequeñas.

Memoria el 1 de octubre. Patrona de las misiones y doctora de la Iglesia.

Murió con veinticuatro años en un convento de Normandía, casi desconocida, y en pocas décadas su nombre dio la vuelta al mundo. Teresa de Lisieux, Teresita para muchos, no fundó nada ni hizo grandes viajes: dejó unas páginas en las que cuenta cómo encontró a Dios en lo ordinario. Aquí tienes su vida, su caminito y una oración para rezar hoy.

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Quién fue

Marie-Françoise-Thérèse Martin nació en Alençon, en Francia, el 2 de enero de 1873. Era la menor de las cinco hijas que sobrevivieron de Louis Martin y Zélie Guérin. Su madre murió cuando ella tenía cuatro años, y la familia se trasladó a Lisieux. Sus padres fueron canonizados juntos en 2015.

Desde muy joven quiso entrar en el Carmelo de Lisieux, donde ya estaban dos de sus hermanas. Por su edad le pusieron obstáculos, y en una peregrinación a Roma, en noviembre de 1887, se atrevió a pedírselo en persona al papa León XIII. Entró el 9 de abril de 1888, con quince años, y tomó el nombre de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

Su vida en el convento fue sencilla: oración, trabajo, convivencia con hermanas de carácter difícil y, durante un tiempo, el cuidado de las novicias. En 1896 aparecieron los primeros síntomas de la tuberculosis, y a la vez vivió una larga noche de fe, una oscuridad interior que le duró hasta el final. Murió el 30 de septiembre de 1897; por eso su memoria es el 1 de octubre.

Pío XI la canonizó el 17 de mayo de 1925 y en 1927 la declaró patrona de las misiones, junto a san Francisco Javier, aunque ella nunca salió del convento: rezaba por los misioneros y escribía cartas a dos de ellos. Juan Pablo II la proclamó doctora de la Iglesia el 19 de octubre de 1997.

El caminito e Historia de un alma

Por obediencia escribió los recuerdos de su vida en tres manuscritos dirigidos a sus superioras. Tras su muerte, el Carmelo los publicó en 1898 con el título de Historia de un alma, en una edición bastante retocada; los manuscritos originales no se publicaron tal como ella los escribió hasta mediados del siglo XX. El libro se tradujo enseguida a muchas lenguas.

Lo que cuenta en él es lo que llamó su «caminito». Se sentía demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección y buscó un ascensor: los brazos de Jesús. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de hacer las pequeñas con amor, confiar en Dios como un niño en su padre y no desanimarse por las propias faltas.

En sus últimos meses dijo una frase que sus hermanas anotaron: «Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra» (Últimas conversaciones, 17 de julio de 1897; traducción nuestra).

Por qué se le reza y una oración

Se le encomiendan los misioneros y quienes trabajan lejos de su tierra, los enfermos y, en general, quien se siente pequeño o sin fuerzas. En 1944 Pío XII la nombró también patrona secundaria de Francia, junto a santa Juana de Arco.

Por aquella frase se la representa con rosas, y es una devoción popular pedirle una rosa como señal de que ha escuchado una petición. Es una costumbre nacida del cariño, no una condición para que Dios escuche. Sus reliquias han recorrido el mundo, y la basílica de Lisieux recibe peregrinos de todas partes.

Su oración más conocida, el Acto de ofrenda al Amor misericordioso, es larga: en ella Teresa se entrega entera al amor de Dios y le pide que la consuma. Esta es una oración escrita para esta página:

Señor, Teresa descubrió que no hacía falta ser grande para llegar a ti, que bastaba con dejarse llevar en tus brazos. Enséñame su caminito: hacer con amor lo pequeño de este día, sin prisa y sin miedo.

Te pido por quienes anuncian tu nombre lejos de casa, por los enfermos que pasan noches largas y por quienes sienten que su fe se ha quedado a oscuras, como le pasó a ella.

Que no me desanimen mis faltas y que sepa confiar en ti como un niño confía en su padre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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