Catorce paradas para acompañar a Jesús camino del Calvario.
El Vía Crucis, «camino de la cruz», es un recorrido de oración que sigue a pie los últimos pasos de Jesús: desde que Pilato lo condena hasta que su cuerpo es puesto en el sepulcro. Nació de la costumbre de los peregrinos en Jerusalén de recorrer ese camino, y con el tiempo se representó con catorce estaciones o cruces en las iglesias y en muchas calles, para que cualquiera pudiera recorrerlo sin viajar a Tierra Santa.
El día propio del Vía Crucis es el viernes, en recuerdo del día en que murió Jesús. Se reza todo el año, pero cobra un peso especial en Cuaresma, cuando muchas parroquias lo celebran cada viernes por la tarde, y sobre todo el Viernes Santo, el día central de toda la Semana Santa.
También puede rezarse cualquier otro día, solo o en grupo, y no exige un lugar concreto: basta con detenerse catorce veces, aunque sea con la imaginación, en cada uno de los pasos de la Pasión.
En las iglesias, el Vía Crucis suele recorrerse deteniéndose ante catorce cruces o imágenes colocadas en las paredes, una por estación. En cada una se hace una breve pausa, se recuerda lo que sucedió y se reza la aclamación:
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Después de la aclamación se puede añadir un Padre nuestro, un Ave María y un Gloria, o simplemente quedarse un momento en silencio antes de pasar a la estación siguiente. No hace falta más que esto: recordar, adorar y seguir andando.
Existe también el Vía Crucis bíblico, propuesto por san Juan Pablo II en 1991, que sigue los mismos pasos apoyándose directamente en los textos de los Evangelios. Es una forma distinta de recorrer el mismo camino, con sus propias estaciones y lecturas.
Pilato sabe que es inocente y aun así lo entrega. La multitud pide su muerte y nadie se atreve a defenderlo. Así empieza el camino: con una injusticia que nadie detiene.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Recibe el madero sobre los hombros ya heridos por los azotes. No se resiste ni se queja: la toma como quien acepta lo que le espera.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
El peso y el cansancio lo derriban contra el suelo. Se levanta sin que nadie lo ayude, porque todavía queda mucho camino.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
María está entre la gente, viendo pasar a su hijo camino de la muerte. No dice nada que se haya conservado, pero se queda, y eso ya lo dice todo.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Simón de Cirene es obligado a cargar con el madero, no se ofrece por devoción. Aun así, su ayuda alivia de verdad el peso de Jesús.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Una mujer se abre paso entre la multitud para limpiarle el rostro cubierto de sudor y sangre. Es un gesto pequeño, casi sin tiempo, en medio de un camino que nadie se atreve a interrumpir.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Vuelve a caer, ya sin apenas fuerzas. Cada caída pesa más que la anterior, y cada vez le cuesta más levantarse.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Unas mujeres lloran por él al verlo pasar. Jesús, cargado con la cruz, encuentra todavía fuerzas para hablarles y pedirles que piensen en algo más que en su dolor.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Cae de nuevo, ya cerca del Calvario. Es la última caída antes de llegar a lo alto, cuando el cuerpo apenas responde.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Le quitan la túnica delante de todos, sin ningún respeto. Se le quita también lo poco que le quedaba: la dignidad de cubrirse.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lo tienden sobre el madero y le clavan las manos y los pies. El dolor ya no tiene más grados posibles.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Después de varias horas colgado, Jesús muere. El silencio que sigue es el más hondo de todo el camino.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Su cuerpo, ya sin vida, es descolgado y entregado a su Madre. Ella lo recibe en brazos como cuando era un niño.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lo envuelven y lo colocan en una tumba prestada, y sellan la piedra. El camino termina aquí, en un silencio que la Pascua romperá tres días después.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Porque por tu santa cruz redimiste al mundo.
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