Treinta y cuatro semanas para seguir a Jesús en lo de cada día.
Es el tiempo más largo del año litúrgico: ocupa más de la mitad del calendario. No celebra un misterio concreto de la vida de Jesús, sino todo él: sus palabras, sus milagros, su manera de tratar a la gente. Es el tiempo de aprender a vivir el Evangelio sin fiestas especiales, en lo normal de cada semana.
No quiere decir corriente ni de menor importancia. Viene de ordinal: sus semanas se cuentan por orden, primera, segunda, tercera, hasta la trigésima cuarta. Por eso se habla, por ejemplo, del «vigésimo quinto domingo del Tiempo Ordinario».
Su color litúrgico es el verde, el color de lo que crece despacio y de la esperanza.
Tiene dos partes. La primera empieza el lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, en enero, y dura hasta el martes anterior al Miércoles de Ceniza. La segunda empieza el lunes siguiente a Pentecostés y llega hasta el sábado anterior al primer domingo de Adviento.
Como la Pascua cambia de fecha cada año, también cambia dónde se corta la primera parte y en qué semana se retoma la segunda. La última siempre es la trigésima cuarta, la de Jesucristo, Rey del Universo.
Sigue el salterio. En el Tiempo Ordinario la Liturgia de las Horas recorre los salmos en un ciclo de cuatro semanas que vuelve a empezar una y otra vez. Así se rezan casi todos los salmos a lo largo de un mes.
Lee el Evangelio de seguido. Los domingos se lee un evangelio distinto cada año: Mateo en el ciclo A, Marcos en el B y Lucas en el C. Semana a semana, se recorre casi entera la vida de Jesús.
Haz santo lo ordinario. El trabajo, la familia, el cansancio y los días iguales son también lugar de encuentro con Dios. Este tiempo enseña a rezar sin necesidad de grandes ocasiones.
Salmodiando sabe cada día en qué semana del Tiempo Ordinario estás y qué salmos tocan, y te pone delante las horas completas sin buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.