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Salmo 6: Señor, no me corrijas cuando estás enfadado

El primero de los siete salmos penitenciales.

Se reza en el Oficio de lectura del lunes de la primera semana del salterio.

Lo dice alguien enfermo, agotado, que se pasa las noches llorando y que ya no sabe cuánto va a durar aquello. No es un salmo de grandes palabras. Es corto, directo, y termina con un giro inesperado: el que lloraba se levanta seguro de que Dios le ha oído. Tiene el número 6 tanto en las biblias actuales como en los libros de la liturgia.

Rezar la hora de hoy

De dónde viene

El encabezamiento hebreo dice: «Al maestro de coro. Con instrumentos de cuerda. Sobre la octava. Salmo de David». Nadie sabe con seguridad qué era «la octava»: quizá un instrumento de ocho cuerdas, quizá un tono o un registro de voz.

Por su forma es una súplica individual, y todo hace pensar en una enfermedad: huesos que tiemblan, falta de fuerzas, la petición de «cúrame». En el pensamiento de la época la enfermedad se vivía muchas veces como una corrección de Dios, y por eso empieza pidiendo que no le castigue en su ira.

La tradición cristiana lo puso a la cabeza de los siete salmos penitenciales: el 6, el 32, el 38, el 51, el 102, el 130 y el 143. La lista aparece ya en el comentario a los salmos de Casiodoro, en el siglo VI. Conviene decir con honradez que este salmo no confiesa ningún pecado concreto. Se le llamó penitencial porque es el grito de alguien que se siente bajo el peso de Dios y pide misericordia, y en esa súplica se reconocieron muchos penitentes.

El verso 6 refleja una idea antigua de Israel sobre la muerte: el abismo, el «sheol», es un lugar de silencio donde ya nadie alaba a Dios. El orante lo usa como argumento: si me dejas morir, pierdes una voz que te da gracias.

Jesús hace suya una frase de este salmo: «Apartaos de mí, todos los que hacéis el mal» aparece en sus labios en los evangelios de Mateo (7,23) y Lucas (13,27).

Qué dice, por partes

No me castigues (versos 2 a 4)La primera petición no es que se acabe el dolor, sino que Dios no lo mande con enfado. Luego vienen las palabras del cuerpo: sin fuerzas, temblor en los huesos, el alma deshecha. Y la pregunta que se queda a medias: «y tú, Señor, ¿hasta cuándo?».
Vuelve (versos 5 y 6)El orante siente a Dios lejos y le pide que vuelva. No apela a sus méritos, sino al «amor fiel» de Dios, la misma palabra que en otros salmos se traduce por misericordia. Y añade un argumento sencillo: los muertos ya no pueden darte gracias.
La noche de lágrimas (versos 7 y 8)Es la parte más humana. Gemidos, una cama empapada de llanto, unos ojos gastados de tanto llorar. La pena tiene además un origen: hay enemigos que la agravan. No sabemos quiénes son; quizá los que ven en la enfermedad un castigo merecido.
El giro (versos 9 a 11)De pronto cambia el tono. «El Señor ha oído mi llanto», se repite tres veces de distintas maneras. El que estaba en la cama se planta delante de los que le hacían daño y les manda apartarse. Lo último que pide es que se avergüencen y se vuelvan atrás: no su muerte, sino que les cambie la cara.

El salmo completo

Señor, no me corrijas cuando estás enfadado,
no me castigues en tu ira.
Ten compasión de mí, Señor, que estoy sin fuerzas;
cúrame, Señor, que me tiemblan los huesos.
Tengo el alma deshecha de miedo;
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

Vuelve, Señor, rescata mi vida;
sálvame, por tu amor fiel.
Porque entre los muertos nadie se acuerda de ti;
en el abismo, ¿quién te va a dar gracias?

Estoy agotado de tanto gemir;
cada noche inundo la cama,
con mis lágrimas empapo el lecho.
La pena me apaga los ojos,
se me han gastado por culpa de todos mis enemigos.

¡Apartaos de mí, todos los que hacéis el mal!,
que el Señor ha oído mi llanto.
Mi súplica ha llegado al Señor;
lo que le ruego, el Señor lo recibe.
Que se avergüencen y tiemblen todos mis enemigos;
que se vuelvan atrás, abochornados, en un instante.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Edición de Ramón Fandos, traducción fiel del griego y del hebreo.

Cuándo se reza en la Liturgia de las Horas

Se reza en el Oficio de lectura del lunes de la primera semana, seguido del salmo 9, que se divide en dos partes. El lunes del ciclo empieza así con un salmo de llanto y sigue con uno de acción de gracias.

Fuera de la Liturgia de las Horas, los siete salmos penitenciales se han rezado juntos durante siglos, sobre todo en Cuaresma. Orlando di Lasso, en el siglo XVI, les puso música en una de sus obras más conocidas.

Rezarlo hoy

Es un salmo para las noches en vela. Si estás enfermo, o acompañas a alguien que lo está, puedes rezarlo tal cual, sin cambiarle nada. La pregunta «¿hasta cuándo?» no es falta de fe: está en la Biblia y Dios la escucha.

También puedes rezarlo por otra persona: por quien está en el hospital, por quien no duerme, por quien llora sin que nadie lo vea. Basta con cambiar el «me» por su nombre.

Y si lo rezas como salmo penitencial, el primer verso es un buen comienzo para un examen de conciencia o antes de confesarte: no pides que Dios no te corrija, sino que lo haga sin enfado, como corrige alguien que te quiere.

El final es para guardarlo: «Mi súplica ha llegado al Señor». Hay días en que no notas nada, y el salmo te dice lo que es verdad aunque no lo notes.

Salmodiando te da cada día las horas enteras, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.

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