Escuchar, rezar y trabajar: una regla sencilla para vivir en paz.
Benito de Nursia no quiso fundar nada grande. Buscaba a Dios en silencio y acabó escribiendo, para unos pocos monjes, una Regla que se sigue leyendo quince siglos después en monasterios de todo el mundo. Aquí tienes su vida, lo esencial de la Regla y la explicación de su medalla, tan conocida como mal entendida.
Nació hacia el año 480 en Nursia (hoy Norcia), en Umbría. Fue a estudiar a Roma, pero la vida de la ciudad le decepcionó y se retiró a una cueva en Subiaco, en las montañas del Lacio. Con el tiempo se le unieron discípulos y fundó allí varios monasterios pequeños. Hacia el año 529 se trasladó a Montecassino, entre Roma y Nápoles, donde levantó el monasterio que se convertiría en símbolo de toda su obra. Allí murió hacia el año 547.
Casi todo lo que sabemos de él procede del Libro II de los Diálogos de san Gregorio Magno, escrito unos cuarenta años después de su muerte. Es un texto lleno de milagros, escrito para edificar más que para hacer una crónica exacta: conviene leerlo como un testimonio de fe y de la huella que dejó, no como una biografía moderna. Por él conocemos también a su hermana, santa Escolástica, consagrada a Dios desde niña.
La Regla de san Benito tiene setenta y tres capítulos breves. Empieza con una palabra que lo resume todo: «Escucha». Organiza la jornada del monje en torno a tres cosas: la oración en común, que llama «Obra de Dios»; la lectura meditada de la Escritura, la lectio divina; y el trabajo. Pide que «nada se anteponga» a esa oración (capítulo 43) y que a los huéspedes se les reciba como a Cristo (capítulo 53). Su fama de sensatez viene de su tono: exigente, pero sin excesos, atento a los débiles y a los enfermos.
El lema «ora et labora» (reza y trabaja) resume bien su espíritu, pero no está en la Regla. Los estudiosos lo sitúan en el siglo XIX, en libros sobre la vida benedictina como los del abad alemán Maurus Wolter.
El 24 de octubre de 1964, al consagrar la basílica reconstruida de Montecassino, Pablo VI lo proclamó patrono principal de Europa con la carta Pacis nuntius, «mensajero de paz». Su muerte se recordaba el 21 de marzo, en plena Cuaresma; desde la reforma del calendario de 1969, su memoria se celebra el 11 de julio.
En el anverso aparece el santo con una cruz en una mano y el libro de la Regla en la otra. En el reverso hay una cruz rodeada de letras, que son las iniciales de unos versos latinos:
Muchas medallas llevan además arriba la palabra PAX, paz, lema benedictino. El significado de las letras se había olvidado hasta que, en 1647, apareció en la abadía de Metten (Baviera) un manuscrito de 1415 que las explicaba. Benedicto XIV aprobó su uso en 1742, y el diseño que hoy conocemos es el que acuñaron los monjes de Montecassino en 1880, para los 1400 años del nacimiento del santo.
Lo que la medalla no es. No es un amuleto ni protege por sí misma. La Iglesia la considera un sacramental: un signo que ayuda a rezar y dispone a recibir la gracia, pero que no la produce como los sacramentos (Catecismo, n. 1670). Atribuir poder a un objeto por sí solo, al margen de la fe y de la oración, es lo que el Catecismo llama superstición (n. 2111). La medalla tiene sentido si esas frases se rezan: son una oración para decir que no al mal y que sí a la luz de la cruz.
La oración tradicional ligada a san Benito es la propia medalla: los versos latinos de un manuscrito del siglo XV, que son de dominio público. Traducidos por nosotros:
La santa cruz sea mi luz, que el dragón no sea mi guía.
Apártate, Satanás, no me aconsejes nunca cosas vanas. Es malo lo que me ofreces: bebe tú mismo tu veneno.
Y esta, escrita para esta página:
Señor, san Benito empezó su Regla con una palabra: escucha. Enséñame a escuchar hoy, a ti y a quienes tengo cerca, antes de hablar y antes de juzgar.
Que mi trabajo, grande o pequeño, sea también oración, y que mi oración no me aparte de la vida de los demás. Dame su equilibrio: exigencia sin dureza, calma sin pereza.
Te pido por Europa y por todos los que buscan paz, por los monjes y monjas que rezan cuando el mundo duerme y por quien hoy no sabe por dónde empezar. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
La mejor manera de acercarse a san Benito es rezar como rezaban sus monjes:
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