Un esclavo que llegó a pastor de Roma.
Su nombre lo conocen millones de visitantes de Roma por las catacumbas de San Calixto, en la Vía Apia. Pero él no está enterrado allí. Calixto fue esclavo, fracasó en los negocios, pasó años en las minas y acabó siendo obispo de Roma a comienzos del siglo III. Esta es su historia, contada con prudencia, y una oración para su memoria.
Casi todo lo que sabemos de Calixto viene de un adversario. San Hipólito, un sacerdote romano muy culto, escribió por aquellos años una obra contra las herejías en la que dedica varias páginas a criticarlo duramente. Hipólito no le perdonaba que fuera, a su juicio, demasiado blando con los pecadores, y acabó separándose de él. Por eso su relato hay que leerlo con cautela: probablemente los hechos son ciertos en lo esencial, pero el tono es el de un enemigo.
La paradoja es bonita. Hipólito se reconcilió con la Iglesia años después, murió mártir y hoy también es santo. Los dos rivales acabaron en el mismo calendario.
Calixto era esclavo de un cristiano llamado Carpóforo, que tenía un cargo en la casa del emperador. Su amo le confió una especie de banco, donde otros cristianos depositaron sus ahorros. El negocio fracasó y el dinero se perdió. Calixto intentó huir, según Hipólito llegó a tirarse al mar en el puerto de Roma, y lo devolvieron a su amo.
Más tarde se vio envuelto en un altercado con un grupo de judíos de la ciudad, fue denunciado como cristiano ante el prefecto y condenado a trabajos forzados en las minas de Cerdeña, uno de los castigos más temidos del Imperio. Hacia el año 190, gracias a la intercesión de Marcia, una mujer muy cercana al emperador Cómodo, el papa Víctor consiguió la liberación de los cristianos condenados allí, y Calixto volvió con ellos.
El papa Ceferino, sucesor de Víctor, lo tomó como colaborador, lo ordenó diácono y le encargó el cementerio de la comunidad cristiana en la Vía Apia. Era una tarea de confianza: allí se enterraba a los fieles, a los mártires y a los obispos de Roma. Calixto lo organizó y amplió, y en él se preparó la llamada cripta de los papas, donde fueron sepultados varios obispos de Roma del siglo III.
Por eso aquellas galerías llevan su nombre, aunque él no descanse en ellas. Hoy las catacumbas de San Calixto se pueden visitar, y recorrerlas es una manera muy viva de entender cómo rezaban y enterraban a sus muertos los primeros cristianos.
Hacia el año 217, a la muerte de Ceferino, Calixto fue elegido obispo de Roma. Su decisión más discutida fue también la más evangélica: admitió a la comunión de la Iglesia a pecadores que habían cometido faltas graves, después de hacer penitencia, cuando algunos sostenían que ciertos pecados no podían perdonarse nunca. Para Calixto, la Iglesia es como el arca de Noé, en la que caben animales limpios e impuros.
Esa postura le costó la ruptura con Hipólito y las críticas de los rigoristas. Con el tiempo, la Iglesia le dio la razón: nadie está fuera del alcance de la misericordia de Dios si se vuelve a él.
Murió hacia el año 222. La tradición lo venera como mártir, y unas actas escritas mucho después cuentan que fue asesinado durante un tumulto en el barrio del Trastévere y arrojado a un pozo. Esas actas no son fiables, y no sabemos con certeza cómo murió. Sí sabemos que fue enterrado en un cementerio de la Vía Aurelia, el de Calepodio, y que en el siglo IX sus restos se trasladaron a la basílica de Santa María in Trastevere. Muy cerca, una pequeña iglesia dedicada a él conserva un pozo que la tradición relaciona con su muerte.
No se ha conservado ninguna oración suya. Esta está escrita para esta página:
Señor, tú sacaste a Calixto de la esclavitud y de las minas y lo pusiste a cuidar de tu pueblo. Él supo que nadie queda fuera de tu perdón.
Mira mis fracasos y mis deudas, las que pesan en el bolsillo y las que pesan en el alma. Dame la humildad de pedir perdón y la generosidad de perdonar a quien me ha hecho daño.
Te encomiendo a los presos, a los que trabajan en condiciones injustas y a nuestros difuntos, que esperan la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Si quieres unirte hoy a su memoria:
Salmodiando te da cada día las horas enteras de la Liturgia de las Horas, con sus himnos, sus salmos y sus lecturas propias, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.