El hijo de campesinos que abrió las ventanas de la Iglesia.
Lo eligieron papa con casi setenta y siete años, y muchos dieron por hecho que su pontificado sería un paréntesis tranquilo. En menos de cinco años convocó un concilio, escribió una encíclica sobre la paz que leyó medio mundo y se ganó un apodo que nadie le ha discutido: «el papa bueno». Aquí tienes su vida, lo que dejó y una oración para su fiesta.
Angelo Giuseppe Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881 en Sotto il Monte, un pueblo de la provincia de Bérgamo, en el norte de Italia. Era el cuarto de una familia numerosa de aparceros que trabajaban tierras ajenas. En casa había poco dinero y mucha oración, y de aquella infancia le quedó para siempre un modo sencillo de tratar a la gente.
Entró muy joven en el seminario de Bérgamo y terminó los estudios en Roma. Fue ordenado sacerdote en 1904. Durante casi diez años trabajó como secretario del obispo de Bérgamo, Giacomo Radini Tedeschi, un pastor muy atento a los problemas de los obreros, que lo marcó hondamente. Desde adolescente pertenecía a la Orden Franciscana Seglar.
En la Primera Guerra Mundial fue llamado a filas: sirvió como sargento de sanidad y después como capellán militar en los hospitales. Allí vio morir a muchos chicos, y aquello le dejó un rechazo profundo a la guerra que se nota en todo lo que escribió después.
En 1925 lo nombraron arzobispo y lo enviaron a Bulgaria como representante de la Santa Sede, en un país de mayoría ortodoxa con una pequeña comunidad católica. En 1934 pasó a Turquía y Grecia, con sede en Estambul. Fueron destinos discretos, casi olvidados, en los que aprendió a convivir con cristianos de otras Iglesias y con musulmanes, y a tener paciencia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, desde Estambul, ayudó a refugiados judíos que huían de la persecución nazi, una labor que hoy está bien documentada. En 1944 fue nombrado nuncio en Francia, en plena posguerra, y en 1953 cardenal y patriarca de Venecia. Allí, por fin, fue lo que siempre había querido ser: un pastor cerca de su gente.
El 28 de octubre de 1958 fue elegido papa y tomó el nombre de Juan. Tenía casi setenta y siete años. Tres meses después, el 25 de enero de 1959, en la basílica de San Pablo Extramuros, anunció a un pequeño grupo de cardenales que pensaba convocar un concilio ecuménico. La sorpresa fue enorme.
El Concilio Vaticano II se abrió el 11 de octubre de 1962, y por eso su memoria se celebra ese día y no el de su muerte. Aquella noche, la plaza de San Pedro se llenó de gente con antorchas. El papa se asomó a la ventana sin tener nada preparado y habló como un abuelo: de la luna que parecía mirar la escena, y de los niños que esperaban en casa, a los que pidió que los padres dieran una caricia de su parte. Se le conoce como el «discurso de la luna».
No llegó a ver el final del Concilio. Murió el 3 de junio de 1963, de un cáncer de estómago, después de una agonía seguida con cariño por gente de todas las creencias. Su sucesor, Pablo VI, llevó la asamblea a término en 1965.
En octubre de 1962, días después de abrir el Concilio, el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear por la crisis de los misiles de Cuba. Juan XXIII lanzó por radio un llamamiento a los gobernantes para que salvaran la paz. Unos meses más tarde, el 11 de abril de 1963, firmó la encíclica Pacem in terris, dirigida no solo a los católicos, sino a todas las personas de buena voluntad. Habla de los derechos de cada persona, de la dignidad de los pueblos y de que la paz se construye con verdad, justicia, amor y libertad.
Antes había escrito Mater et magistra (1961), sobre la cuestión social, en la línea de los papas que lo precedieron. Las dos encíclicas siguen citándose hoy.
Desde los catorce años llevó unos cuadernos de apuntes espirituales: propósitos de retiro, examen de conciencia, oraciones. Se publicaron después de su muerte con el título de Diario del alma, y muestran a un hombre que luchaba contra su carácter, que se reía de sí mismo y que buscaba la santidad en lo pequeño. Su lema episcopal lo resume: «Obediencia y paz».
Juan Pablo II lo beatificó el 3 de septiembre de 2000, y el papa Francisco lo canonizó el 27 de abril de 2014, en la misma ceremonia que a Juan Pablo II. Su cuerpo se venera en la basílica de San Pedro.
No hay una oración tradicional suya que se rece en todas partes. Esta está escrita para esta página:
Señor, tú hiciste de un hijo de campesinos un pastor bueno para toda la Iglesia. Dame su sencillez, que no complica lo que es sencillo, y su paciencia, que no se rinde ante lo difícil.
Te pido por la paz: la de los pueblos en guerra, la de mi familia y la de mi propio corazón. Que sepa ver primero lo que nos une y después lo que nos separa.
Y que, como él, sepa mirar el mundo con esperanza y tratar a cada persona con cariño. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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