Un muchacho que murió por su fe en Roma y al que hoy se le pide salud y trabajo.
San Pancracio está en muchas casas y comercios, con su ramita de perejil al lado. Detrás de esa imagen tan familiar hay un chico de unos catorce años que murió mártir en Roma a comienzos del siglo IV, y cuya tumba se visitó desde muy pronto.
Lo seguro es poco, pero sólido: un joven mártir llamado Pancracio fue enterrado en la vía Aurelia, a las afueras de Roma, y su tumba se veneró desde muy pronto. Hacia el año 500 el papa Símaco levantó sobre ella una basílica, y el papa san Gregorio Magno predicó allí el día de su fiesta.
Su muerte se sitúa hacia el año 304, en la persecución de Diocleciano. El resto viene de un relato escrito en el siglo VI: que había nacido en Frigia (en la actual Turquía), que se hizo cristiano en Roma y que, con unos catorce años, prefirió morir decapitado antes que renegar de Cristo. Ese relato tiene anacronismos (lo hace bautizar por un papa que había muerto medio siglo antes), así que conviene leerlo como lo que es: el recuerdo piadoso de un martirio cuya memoria sí es muy antigua.
Gregorio de Tours, también en el siglo VI, cuenta que la gente acudía a su sepulcro a jurar, convencida de que quien mentía allí no quedaba sin castigo. Por eso durante siglos se le tuvo como protector frente al perjurio y el falso testimonio.
En España es el santo al que se pide «salud y trabajo». No hay ningún documento que explique cómo nació ese patronazgo: es fruto de la devoción popular, que vio en este muchacho a alguien a quien confiar lo básico de cada día, que no falte la salud y que no falte el sustento en casa.
Las oraciones populares a san Pancracio tienen muchas versiones y no reproducimos ninguna, porque no podemos asegurar su origen. Casi todas piden lo mismo: salud y trabajo para uno mismo y para la familia, y que no falte lo necesario.
Esta oración está escrita para esta página:
San Pancracio, que siendo casi un niño no tuviste miedo de decir en quién creías, dame algo de tu firmeza para los días difíciles.
Pongo en manos de Dios mi salud y la de los míos, y el trabajo que tengo o el que me falta. Que no nos falte lo necesario, y que sepamos compartirlo.
Te encomiendo también a quienes buscan empleo sin encontrarlo y a quienes están enfermos y solos. Que encuentren manos amigas y un poco de descanso. Amén.
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