La gratitud de un pobre que gritó y fue escuchado.
Quien habla ha salido de un apuro y no se lo quiere guardar: lo cuenta, invita a otros a hacer la prueba y acaba dando consejos como un maestro a sus discípulos. Su verso más conocido es «Probad, y comprobaréis la bondad del Señor». Las biblias actuales lo numeran 34; los libros de la liturgia, que siguen la Vulgata, le dan el 33, porque esa numeración junta en uno los salmos 9 y 10 y desde ahí va un número por detrás.
Su título hebreo lo sitúa en un episodio concreto: «De David, cuando se fingió loco ante Abimélec, que lo echó, y él se marchó». Lo cuenta el primer libro de Samuel: David, huyendo de Saúl, se refugia en una ciudad enemiga y se hace pasar por demente para salvar la vida (1 Sam 21,11-16). Allí el rey se llama Aquis; el título del salmo le da otro nombre.
Está compuesto sobre el alfabeto hebreo: cada verso empieza por la letra que toca en la serie. Falta la sexta letra, la waw, y después de la última se añade un verso que empieza por pe. El salmo 25 tiene esas mismas dos rarezas, y por eso se piensa que están hechas a propósito. En castellano no se nota.
El Nuevo Testamento lo usa varias veces. La primera carta de Pedro alude al verso 9 cuando habla de haber gustado la bondad del Señor (1 Pe 2,3), y copia casi entera la enseñanza de los versos 13 a 17 sobre guardar la lengua y buscar la paz (1 Pe 3,10-12). Cuando el evangelio de Juan cuenta que a Jesús no le quebraron las piernas en la cruz, cita una frase sobre huesos que no se rompen (Jn 19,36) que recuerda el verso 21 de este salmo y también la ley del cordero pascual (Éx 12,46).
En Jerusalén, a los recién bautizados se les explicaba la misa en unas catequesis atribuidas a san Cirilo, obispo de la ciudad en el siglo IV. Una de ellas cuenta que, al llegar la comunión, el cantor invitaba con una melodía sagrada usando el verso 9 de este salmo, el de probar y comprobar la bondad del Señor. Las llamadas Constituciones apostólicas, una recopilación antigua de normas y oraciones, disponen también que se diga este salmo mientras los fieles comulgan.
San Agustín encontró otro lazo con la eucaristía en el propio título. Su Biblia latina decía que David, al fingirse loco, «era llevado en sus propias manos», y él lo aplicó a Jesús en la última cena: al tomar el pan en sus manos y decir «esto es mi cuerpo», de algún modo se llevaba a sí mismo.
A todas horas bendeciré al Señor,
su alabanza no se me caerá de la boca.
Me siento orgulloso del Señor:
que lo oigan los pobres y se pongan contentos.
Engrandeced al Señor conmigo,
alabemos todos a una su nombre.
Acudí al Señor y me contestó,
me quitó de encima todos mis temores.
Quien lo mira se queda radiante
y no tiene que agachar la cabeza de vergüenza.
Este pobre gritó, el Señor lo oyó
y lo sacó de todos sus apuros.
El ángel del Señor monta guardia
alrededor de quienes lo temen, y los libra.
Probad, y comprobaréis la bondad del Señor;
feliz quien se refugia en él.
Temed al Señor, los que sois suyos:
quien lo teme no pasa necesidad.
Los cachorros de león pasan hambre y miseria,
pero a quien busca al Señor no le falta ningún bien.
Venid, hijos míos, prestadme atención,
que os voy a enseñar a temer al Señor.
¿A quién de vosotros le gusta vivir
y quiere muchos años para ver cosas buenas?
Que tu lengua no diga nada malo,
ni tus labios engaños;
huye de lo malo, haz lo bueno,
busca la paz y no la dejes escapar.
El Señor no aparta la vista de los justos
y tiene el oído atento a sus gritos;
pero planta cara a los malhechores
para que no quede de ellos ni el recuerdo.
Piden auxilio, y el Señor los oye
y los saca de todos sus aprietos.
El Señor está al lado de quienes tienen el corazón roto;
a los que están hundidos los salva.
El justo pasa por muchas desgracias,
pero el Señor lo saca de todas;
le guarda cada hueso:
ni uno se le romperá.
Al malvado lo mata su propia maldad,
y quien odia al justo lo pagará.
El Señor rescata la vida de sus siervos;
no lo pagará nadie que se refugie en él.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Edición de Ramón Fandos, traducción fiel del griego y del hebreo.
Va en la Hora intermedia del sábado de la primera y de la tercera semana del salterio, partido en dos. A mitad del día, antes de que empiece el domingo, sirve de pausa para dar gracias por la semana.
El primer verso ya es un propósito: bendecir a todas horas, también en las que hoy vengan torcidas.
Si has pasado por algo difícil y has salido, el verso 7 te sirve de resumen. Puedes decirlo en primera persona: grité, el Señor me oyó.
Si estás en medio de un mal momento, ve al verso 19: el Señor está al lado de quienes tienen el corazón roto. Con eso basta.
La Regla de san Benito, en su prólogo, hace suya la pregunta del verso 13, quién quiere vivir y ver días buenos, y responde con los versos 14 y 15. Leídos despacio por la noche, sirven de examen sencillo: qué he dicho hoy, qué mal he evitado, qué paz he buscado.
Y el verso 9 es bueno para antes de comulgar, o para cualquier momento en que quieras parar: «probad, y comprobaréis». Los cristianos de Jerusalén lo oían justo en ese momento.
Salmodiando te da cada día las horas enteras, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.