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Santa Mónica

La madre que no dejó de esperar.

Memoria obligatoria el 27 de agosto, víspera de la de su hijo, san Agustín.

Casi todo lo que sabemos de Mónica lo contó su hijo en las Confesiones, con cariño y sin esconder sus defectos. Fue una mujer del norte de África con un marido difícil y un hijo brillante que tomó caminos que ella no entendía, y pasó años pidiendo por él sin ver nada. Esa espera es la razón por la que tantas madres y padres la sienten cerca. Siguen su historia, lo que queda de su tumba y una oración.

Rezar la hora de hoy

Una muchacha de Tagaste

Nació hacia el año 331 en Tagaste, una pequeña ciudad de Numidia que hoy se llama Souk Ahras, en Argelia, en una familia cristiana. El año se deduce de las propias Confesiones: Agustín cuenta que su madre murió en el año cincuenta y seis de su vida, cuando él andaba por el treinta y tres de la suya, y eso fue en el 387.

Su hijo recoge de ella un detalle muy humano. De muchacha la mandaban a sacar vino de la tinaja, y antes de echarlo en la jarra se acostumbró a probar un sorbo, cada vez algo más. Lo dejó el día en que una criada, en plena discusión, se lo echó en cara y la llamó bebedora de vino puro (Confesiones IX, 8, 17-18).

La casaron con Patricio, un pagano de Tagaste que, según Agustín, era tan bondadoso como colérico. Mónica aprendió a no llevarle la contraria cuando estaba enfadado y a explicarle sus razones cuando ya se había calmado, y aconsejaba lo mismo a otras mujeres que se quejaban de sus maridos. Patricio se hizo cristiano al final de su vida y murió poco después (IX, 9, 19). Tuvieron al menos tres hijos: Agustín, Navigio y una hija a la que la tradición llama Perpetua.

Un hijo que se le iba

De joven, Agustín se unió a los maniqueos, y Mónica sufrió mucho. Buscó a un obispo para que hablara con él. Aquel obispo había sido maniqueo desde niño y había salido de la secta leyendo por su cuenta, así que le aconsejó dejar a Agustín tranquilo y rezar por él: él solo acabaría viendo el error. Como ella insistía llorando, el obispo le dijo una frase que su hijo nunca olvidó: «No es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas» (Confesiones III, 12, 21; traducción nuestra).

Años después, cuando Agustín decidió irse a Roma, la engañó. Le dijo que solo iba a despedir a un amigo que esperaba buen viento para zarpar, la convenció de pasar la noche en un lugar dedicado a san Cipriano, cerca del barco, y esa misma noche se embarcó a escondidas (V, 8, 15). Ella no se quedó en casa: más tarde fue tras él por tierra y por mar, y durante una tormenta era ella quien animaba a los marineros (VI, 1, 1).

En Milán conoció a san Ambrosio y lo tuvo por guía. Agustín cuenta que su madre, como hacía en África, llevaba pan, gachas y vino a las tumbas de los mártires, y que en cuanto supo que el obispo lo había prohibido lo dejó sin protestar (VI, 2, 2). Allí, en el año 387, vio a su hijo recibir el bautismo.

La ventana de Ostia

Ese mismo año emprendieron el regreso a África. En Ostia, el puerto de Roma, mientras esperaban el barco, madre e hijo hablaron a solas, asomados a una ventana que daba al jardín de la casa, sobre cómo sería la vida eterna. Agustín puso por escrito aquella conversación en el libro noveno de las Confesiones, y es la página que la Liturgia de las Horas lee en el oficio de lectura de su memoria.

Pocos días después Mónica cayó enferma. Cuando Navigio dijo que preferiría que muriera en su tierra y no tan lejos, ella les pidió que no se preocuparan por eso: «Poned este cuerpo en cualquier parte; solo os pido que os acordéis de mí ante el altar del Señor» (IX, 11, 27; traducción nuestra). Murió al noveno día de la enfermedad.

De Ostia a Roma

La enterraron en Ostia. En el siglo VI sus restos pasaron a una cripta de la iglesia de Santa Áurea, en la misma ciudad, y en 1430 el papa Martín V mandó llevarlos a Roma. Hoy descansan en una capilla de la iglesia de San Agustín.

De aquella primera tumba queda un recuerdo sorprendente. En 1945 apareció en Ostia un fragmento de la lápida que la cubría, con un texto en su honor que ya se conocía por la copia de un manuscrito del siglo IX. Los historiadores discuten todavía quién la mandó grabar y en qué fecha.

Durante siglos su memoria se celebró el 4 de mayo. En la reforma del calendario de 1969 pasó al 27 de agosto, para que quedara justo antes de la de san Agustín, que murió un 28 de agosto. En 1850 se fundó en París una asociación de madres cristianas puesta bajo su protección, que en 1856 pasó a ser archicofradía. Desde entonces su nombre va unido al de las madres que rezan por sus hijos.

Para quien espera a alguien

Se acude a ella por los hijos que se han alejado de la fe o de casa, por los matrimonios que pasan un mal momento y por las madres y los padres que ya no saben qué más hacer. Con esas intenciones hemos escrito para Salmodiando esta oración:

Señor, Mónica esperó años sin ver lo que pedía, y no dejó de confiar. Tú conoces a las personas que llevo en el corazón y los caminos por los que andan.

Te pido por las madres y los padres que sufren por un hijo, por los matrimonios que atraviesan un tiempo difícil y por quienes se sienten lejos de casa.

Dame su paciencia y su esperanza, y enséñame a dejar en tus manos lo que yo no puedo cambiar. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Con Mónica, desde Salmodiando

Para acompañar su memoria del 27 de agosto, o un día en que te pese una espera:

Salmodiando te da cada día las horas enteras de la Liturgia de las Horas, con sus himnos, sus salmos y sus lecturas propias, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.

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