Un buscador inquieto que encontró a Dios dentro de sí.
Hace más de dieciséis siglos un obispo africano contó, en forma de oración, la historia de sus propios extravíos, y el libro sigue en las librerías. Las Confesiones son la vida de un hombre brillante, ambicioso y dividido que tardó años en encontrar lo que buscaba y que no esconde nada: ni sus errores ni sus dudas. Por eso tantos lectores, creyentes o no, se reconocen en Agustín. Esta página lo sigue de Tagaste a Hipona, separa lo que se sabe de lo que añadió la leyenda y termina con una oración.
Aurelio Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, en la provincia romana de Numidia (hoy Souk Ahras, en Argelia). Su madre, Mónica, era cristiana; su padre, Patricio, era pagano y se bautizó poco antes de morir. Estudió en Tagaste, en Madaura y en Cartago, y llegó a ser un profesor de retórica muy valorado.
Su juventud fue inquieta. Vivió unos quince años con una mujer cuyo nombre nunca dijo, con la que tuvo un hijo, Adeodato, al que quiso mucho. En Cartago, con diecinueve años, la lectura del Hortensio de Cicerón le despertó el amor por la sabiduría, pero la Biblia le pareció entonces pobre de estilo, y durante unos nueve años fue oyente de los maniqueos, que se presentaban como cristianos.
En 383 pasó a Roma y en 384 obtuvo una cátedra de retórica en Milán. Allí escuchó los sermones del obispo Ambrosio, al principio solo por su elocuencia, y algo empezó a cambiar. Mónica lo siguió hasta Italia, sin dejar de rezar por él.
En 386, en el jardín de la casa donde vivía en Milán, angustiado, oyó una voz como de niño que repetía «toma y lee». Abrió las cartas de san Pablo y leyó el primer pasaje que encontró, de la carta a los Romanos (13, 13-14). Así lo cuenta él en el libro octavo de las Confesiones. Pasó después unos meses retirado con su madre, su hijo y varios amigos en una finca de Casiciaco, cerca de Milán, y en la Pascua de 387 Ambrosio lo bautizó junto a Adeodato y a su amigo Alipio.
Poco después, cuando se disponían a volver a África, Mónica murió en Ostia, el puerto de Roma. Agustín regresó a Tagaste, vendió sus bienes y vivió en comunidad con unos amigos, entre la oración y el estudio.
En 391, de visita en Hipona, fue ordenado sacerdote aunque se resistía, y hacia 395 fue consagrado obispo de la ciudad, que guió durante treinta y cuatro años. Es el Padre de la Iglesia que más obras ha dejado: se conservan más de trescientas cartas suyas y casi seiscientas homilías, que en origen fueron muchas más. Entre ellas destacan sus comentarios a los salmos, las Enarrationes in Psalmos, muy leídas en la Edad Media. El papa León XIV, que es agustino, tomó de su comentario al salmo 127 (el 128 en las biblias actuales) su lema, In illo uno unum: aunque los cristianos somos muchos, en el único Cristo somos uno.
El saqueo de Roma por los godos, en 410, fue la ocasión de La ciudad de Dios, que escribió entre 413 y 426 en veintidós libros. Escribió también un gran tratado sobre la Trinidad, en quince, y una regla para la vida en comunidad que todavía siguen los agustinos y otras órdenes y congregaciones. Hacia 427, ya anciano, repasó y corrigió sus escritos en las Retractaciones.
Murió el 28 de agosto de 430, sin haber cumplido los setenta y seis años, cuando los vándalos llevaban casi tres meses asediando Hipona. Su amigo y biógrafo Posidio cuenta que en su última enfermedad pidió que le copiaran en letra grande los salmos penitenciales y que colgaran las hojas en la pared, frente a la cama, para leerlos desde allí; y que los leía llorando. Sus restos se veneran en Pavía, en la basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, adonde Benedicto XVI fue a rezar en 2007.
Las escribió entre 397 y 400. No son una autobiografía al uso, sino una larga conversación con Dios en la que repasa su vida, su conversión y la muerte de su madre, y que termina meditando el comienzo del Génesis. Empiezan con estas palabras, quizá las más citadas de todas las suyas:
«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.»
Confesiones, libro I, 1, 1. Traducción nuestra del latín, texto de dominio público.
Del libro décimo procede otra frase que muchos rezan como oración: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé» (X, 27, 38; traducción nuestra).
A una figura tan grande le crecieron pronto las historias. Desde finales del siglo VIII circula la tradición de que, la noche de su bautismo, Ambrosio y él improvisaron el Te Deum, cantándolo a versos alternos. Los estudiosos la rechazan: aparece siglos después de los hechos, y el autor del himno sigue siendo discutido.
Es uno de los cuatro grandes padres de la Iglesia latina, con Ambrosio, Jerónimo y Gregorio Magno; en 1298 el papa Bonifacio VIII mandó celebrar sus fiestas con especial solemnidad en toda la Iglesia. En el calendario general y en el de España su día es memoria obligatoria. Para los agustinos, los canónigos regulares de Letrán, los premonstratenses, los asuncionistas y las religiosas de la Visitación es solemnidad; para los dominicos, los mercedarios, los jerónimos o los hospitalarios de San Juan de Dios, fiesta.
Se le encomiendan quienes buscan sin encontrar todavía, quienes tienen dudas de fe, los estudiantes y los que enseñan. También las madres y los padres que rezan por un hijo alejado, porque su historia es inseparable de la de santa Mónica, cuya memoria es justo el día anterior, el 27 de agosto.
Esta oración no es suya: la hemos escrito para esta página a partir de sus palabras.
Señor, Agustín te buscó durante años fuera de sí y te encontró dentro, más cerca de lo que imaginaba. Tú conoces también mi inquietud y lo que busco sin saberlo.
Te pido por quienes andan perdidos o dudan, por los que estudian y enseñan, y por las madres y los padres que no dejan de esperar a un hijo.
No permitas que me canse de buscarte, y cuando te encuentre, que mi corazón descanse en ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Para rezar con los textos que acompañaron su vida y su muerte:
Salmodiando te da cada día las horas enteras de la Liturgia de las Horas, con sus himnos, sus salmos y sus lecturas propias, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.