Los dos hermanos pastores de Fátima.
Murieron con diez y nueve años, y son los santos más jóvenes de la Iglesia que no fueron mártires. Francisco y Jacinta Marto eran dos niños de una aldea portuguesa que cuidaban ovejas con su prima Lucía cuando, en 1917, dijeron haber visto a la Virgen. Lo que hace santos a estos hermanos no es lo que vieron, sino cómo vivieron después. Aquí tienes su historia y una oración para su fiesta.
Francisco nació el 11 de junio de 1908 y Jacinta el 11 de marzo de 1910, en Aljustrel, una aldea de la parroquia de Fátima, en el centro de Portugal. Eran los dos más pequeños de una familia campesina numerosa, de padres creyentes y sencillos. No fueron a la escuela; aprendieron las oraciones en casa y pasaban el día en el campo, cuidando el rebaño de la familia junto con su prima Lucía dos Santos, algo mayor que ellos.
Él era tranquilo, callado y poco amigo de discutir: si otro niño le quitaba algo en el juego, lo dejaba estar. Ella era viva, cariñosa, algo caprichosa y muy sensible. Los dos eran, en fin, niños como tantos otros.
Según contó Lucía en sus memorias, en 1916 los tres niños vieron varias veces a un ángel que los invitó a rezar. Al año siguiente, entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, dijeron haber visto a la Virgen en Cova da Iria, una hondonada cercana. Le pidió que rezaran el Rosario cada día por la paz del mundo, que entonces estaba en plena Primera Guerra Mundial, y que ofrecieran sacrificios por la conversión de los pecadores.
Fueron meses duros para ellos. Muchos no les creían, el párroco desconfiaba y el administrador del concejo llegó a retenerlos unos días para que confesaran que todo era mentira. No se echaron atrás. La Iglesia, después de estudiar el caso con calma, declaró en 1930 que las apariciones eran dignas de crédito.
Hay un detalle curioso: durante las apariciones, Francisco veía a la Virgen pero no la oía. Lucía y Jacinta le contaban luego lo que había dicho.
Una aclaración: algunos sacrificios de estos niños resultan hoy llamativos, y la Iglesia no los propone como modelo para imitar al pie de la letra. Lo que reconoce en ellos es una fe tomada en serio y una capacidad de amar muy grande para su edad.
A finales de 1918 la epidemia de gripe que recorría el mundo llegó a Aljustrel, y los dos hermanos enfermaron. Francisco empeoró poco a poco. La víspera de morir recibió por primera vez la comunión, en su casa, y murió el 4 de abril de 1919, con diez años.
Jacinta sufrió mucho más tiempo. La enfermedad se le complicó con una pleuresía, la ingresaron en el hospital de Ourém y después la llevaron a Lisboa. La operaron en el hospital de Dona Estefânia y murió allí, lejos de su familia, la noche del 20 de febrero de 1920. Tenía nueve años.
Hoy sus restos reposan en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, en el santuario de Fátima. Lucía, que se hizo religiosa carmelita, murió en 2005, y en 2023 el papa Francisco la declaró venerable.
Juan Pablo II los beatificó en Fátima el 13 de mayo de 2000. Fue la primera vez que la Iglesia elevaba a los altares a niños no mártires, y para ello tuvo que reconocer antes que un niño puede vivir las virtudes cristianas en grado heroico. El papa Francisco los canonizó en el mismo lugar el 13 de mayo de 2017, en el centenario de la primera aparición.
Su fiesta se fijó el 20 de febrero, el día en que murió Jacinta, para recordar juntos a los dos hermanos. Para quien reza con niños, o tiene hijos o nietos, puede ser un día para darles las gracias por todo lo que enseñan. Esta oración se ha escrito para esta página:
Señor, Francisco y Jacinta eran niños, pobres y sin estudios, y te tomaron en serio. Uno quiso consolarte; la otra quiso que nadie se perdiera.
Dame un corazón sencillo como el suyo, que sepa estar contigo en silencio y que no se acostumbre al sufrimiento de los demás.
Te pido por los niños enfermos, por sus padres y por la paz del mundo, que ellos pidieron tanto. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Algunas maneras de rezar con ellos hoy:
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