Veintiséis cristianos crucificados en una colina de Nagasaki.
La mañana del 5 de febrero de 1597, en una colina a las afueras de Nagasaki, se levantaron veintiséis cruces. En ellas murieron religiosos y laicos, japoneses y extranjeros, adultos y muchachos. Son los primeros mártires de Japón que la Iglesia canonizó, y entre ellos había cuatro españoles y un mexicano. Aquí tienes quiénes eran, cómo murieron y qué pasó después.
El Evangelio había llegado a Japón en 1549 con san Francisco Javier. En medio siglo las comunidades crecieron mucho, sobre todo en el sur, con misioneros jesuitas y, en los últimos años del siglo, también franciscanos llegados de Filipinas.
Toyotomi Hideyoshi, que había unificado el país, desconfiaba de esa fe extranjera. En 1587 ya había ordenado la expulsión de los misioneros, aunque la orden no se aplicó con rigor. En 1596 un galeón español, el San Felipe, que iba de Filipinas a México, encalló en la costa japonesa, y el incidente que siguió aumentó sus sospechas. Hideyoshi mandó detener a los franciscanos de Kioto y Osaka y a los cristianos que vivían con ellos.
Las detenciones se hicieron entre finales de 1596 y comienzos de 1597. A los presos les cortaron parte de la oreja izquierda y los pasearon por las calles como escarmiento. Después los obligaron a caminar hasta Nagasaki, en pleno invierno, atados y expuestos a los insultos y las pedradas de la gente. Por el camino se sumaron dos cristianos que los atendían y que fueron detenidos también.
Al llegar a Nagasaki los llevaron a la colina de Nishizaka. Allí los ataron a las cruces y los mataron atravesándolos con lanzas. Muchos cristianos de la ciudad lo presenciaron.
Seis eran frailes franciscanos venidos de fuera. Cuatro eran españoles: Pedro Bautista, el superior del grupo, nacido en San Esteban del Valle (Ávila); Martín de la Ascensión, vasco; Francisco Blanco, gallego; y Francisco de San Miguel, castellano. El quinto, Felipe de Jesús, había nacido en la ciudad de México y viajaba en el San Felipe camino de su tierra para ordenarse sacerdote. El sexto, Gonzalo García, era un hermano nacido en la India portuguesa.
Tres eran jesuitas japoneses: Pablo Miki, Juan de Goto y Diego Kisai. Los otros diecisiete eran laicos japoneses ligados a los franciscanos, catequistas y colaboradores, y entre ellos había tres muchachos de doce a catorce años: Luis Ibaraki, Antonio y Tomás Kozaki.
Pablo Miki había nacido hacia 1564 en una familia acomodada japonesa. Se educó con los jesuitas, entró en la Compañía y era conocido como un predicador excelente, que sabía hablar de Cristo a sus paisanos con palabras de su propia cultura. Le faltaba poco para ser ordenado sacerdote.
Los testigos contaron que desde la cruz predicó por última vez. Dijo a la gente que era japonés y jesuita, que moría por haber predicado el Evangelio y que daba gracias a Dios por ello. Añadió que perdonaba a Hideyoshi y a todos los que habían intervenido en su muerte, y que deseaba que también ellos llegaran a ser cristianos. Un relato de aquel día se lee cada 6 de febrero en el Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas.
El papa Urbano VIII los beatificó en 1627, y Pío IX los canonizó el 8 de junio de 1862. Para entonces Japón llevaba más de dos siglos cerrado al cristianismo, con persecuciones mucho más largas y duras que la de 1597.
Y, sin embargo, en 1865, en la nueva iglesia de Oura, en Nagasaki, dedicada precisamente a los veintiséis mártires, un grupo de campesinos se acercó a un misionero francés y le dijo en voz baja que compartían su fe. Eran descendientes de los cristianos ocultos, que habían guardado el bautismo y la oración durante generaciones, sin sacerdotes y sin templos.
Hoy en la colina de Nishizaka hay un monumento y un museo dedicados a ellos. Felipe de Jesús, el primer santo nacido en México, es patrón de la Ciudad de México, y en San Esteban del Valle se recuerda con orgullo a Pedro Bautista.
Esta oración se ha escrito para esta página:
Señor, Pablo Miki habló de ti hasta el último momento y perdonó a quienes lo clavaban en la cruz. Dame un poco de su valor y mucho de su perdón.
Te pido por los cristianos que hoy sufren cárcel o desprecio por su fe, en Asia y en todo el mundo, y por los que los persiguen, para que un día te conozcan.
Y te doy gracias por los que guardaron la fe en secreto durante siglos, sin templos ni sacerdotes, rezando en familia. Que yo sepa cuidarla así en mi casa. Amén.
Para hacer tuya su memoria:
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