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Cómo rezan los benedictinos

Una regla del siglo VI, salmos a horas fijas y una Biblia leída despacio.

La tradición benedictina nace de un texto breve: la Regla que san Benito de Nursia escribió en el siglo VI para sus monjes. No es un tratado sobre la oración, sino la manera de organizar una casa donde se busca a Dios en común. De ella han salido quince siglos de monasterios y una forma de rezar que cualquiera puede probar: salmos a horas fijas, lectura lenta de la Escritura, silencio y trabajo.

Rezar la hora de hoy

La Regla de san Benito

Benito nació en Nursia, en el centro de Italia, hacia el año 480, y murió hacia el 547 en Montecasino, el monasterio que había fundado hacia el 529. Allí escribió su Regla: un prólogo y 73 capítulos que tratan de casi todo lo que ocurre en un monasterio, desde cómo se elige al abad hasta cuánto se come o cómo se recibe a quien llama a la puerta.

La primera palabra es «Escucha» (en latín, Obsculta), y la frase sigue pidiendo al lector que incline «el oído del corazón». Toda la oración benedictina cabe en ese verbo: antes que hablarle a Dios, se trata de oírlo. Por eso el monje reza sobre todo con palabras que no son suyas: los salmos y el resto de la Escritura.

El «Opus Dei»: la obra de Dios

Benito llama Opus Dei, «obra de Dios», al rezo de los salmos en común, lo que hoy conocemos como Oficio divino o Liturgia de las Horas (la expresión es muchos siglos anterior a la institución del siglo XX que lleva ese nombre). Le dedica una parte larga de la Regla, los capítulos 8 al 20, y la resume en una frase del capítulo 43: Nihil operi Dei praeponatur, que nada se anteponga a la obra de Dios. Cuando suena la señal, se deja lo que se tiene entre manos.

El capítulo 16 fija el ritmo a partir de un versículo del salmo 118 (119 en la numeración hebrea), «siete veces al día te alabo»: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. A ellas se suman las Vigilias de la noche, por otro versículo del mismo salmo que habla de levantarse a medianoche. En el capítulo 18 reparte los 150 salmos de modo que se recen enteros cada semana, y añade con llaneza que, si a alguien no le convence su reparto, lo ordene de otro modo mejor.

Sobre el modo de rezar, dos indicaciones breves. El capítulo 19 pide que la mente concuerde con la voz: que se piense lo que se canta. Y el 20 dice que la oración debe ser «breve y pura», salvo que la gracia mueva a alargarla.

La lectio divina

El capítulo 48 empieza con una frase muy citada: la ociosidad es enemiga del alma. De ahí que los hermanos tengan unas horas señaladas para el trabajo manual y otras para la lectio divina, la lectura de la Escritura hecha como oración. El domingo se dedica entero a ella, y en Cuaresma hay más tiempo de lectura por las mañanas.

Benito no explica un método. Los cuatro pasos con que suele enseñarse hoy (lectura, meditación, oración y contemplación) los formuló más tarde, en el siglo XII, el cartujo Guigo II en su «Escala de los monjes». La práctica es sencilla: un pasaje corto, leído despacio y varias veces, hasta que una palabra se queda contigo.

El silencio

La Regla dedica al silencio el capítulo 6 y vuelve sobre él en el 42: los monjes han de cultivarlo en todo momento, y más aún de noche. Después de Completas ya no se habla hasta el día siguiente; es lo que en los monasterios se conoce como el gran silencio.

No es mutismo ni castigo. Es la condición para lo que pedía la primera palabra de la Regla: no se puede escuchar mientras se habla.

«Ora et labora»: lo que dice y lo que no dice la Regla

«Reza y trabaja» es el lema con el que casi todo el mundo identifica a los benedictinos. Conviene saber que la fórmula no aparece en la Regla. Lo que sí está en ella es la idea: una jornada repartida entre oración, trabajo y lectura. Como lema se difundió en el siglo XIX; los estudios sobre su origen señalan el libro que publicó en 1880 Mauro Wolter, abad de Beuron (Alemania), como el punto de partida de su popularidad.

El lema resume bien el equilibrio, aunque deja fuera el tercer pilar que Benito pone al lado de los otros dos: la lectura.

El día de un monasterio

Los horarios cambian de una casa a otra, pero el esqueleto se parece mucho:

Antes de amanecerVigilias, la oración larga de la noche, con salmos y lecturas.
Al salir el solLaudes, la alabanza de la mañana, y la Eucaristía de la comunidad.
Mañana y tardeTrabajo, interrumpido por las horas menores: unos minutos de salmos en mitad de la tarea.
Al caer la tardeVísperas, la acción de gracias por el día.
Antes de dormirCompletas, y con ellas empieza el silencio de la noche.

A todo esto se añade la hospitalidad. El capítulo 53 pide que todos los huéspedes que llegan sean recibidos como Cristo, y por eso la mayoría de los monasterios tienen hospedería y abren su oración a quien quiera sumarse.

Cómo rezar así desde tu casa

Elige una hora o dos, y que sean fijas. No hace falta rezar las siete. Laudes al empezar el día y Vísperas o Completas al terminarlo ya dan al día un ritmo.

Reza con los salmos. Al principio algunos resultan lejanos. Con el tiempo se descubre que dicen lo que uno no sabría decir.

Lee poco y despacio. Diez minutos de lectio divina con el Evangelio del día valen más que un capítulo leído con prisa.

Guarda un rato de silencio. Sin pantalla y sin radio, aunque sea breve, antes o después de rezar.

Deja el trabajo cuando llega la hora. Es la traducción doméstica de «nada se anteponga»: la oración no espera a que todo esté terminado.

Salmodiando te da cada día las horas enteras de la Liturgia de las Horas, con sus himnos, sus salmos y sus lecturas propias, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.

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