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Cómo rezan los carmelitas

Un rato a solas, cada día, con quien sabemos que nos ama.

El Carmelo empezó con unos ermitaños en un monte de Tierra Santa y, tres siglos y medio después, recibió de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz las palabras con que hoy se explica su manera de rezar. Lo propio de esta escuela es la oración en silencio: un tiempo diario, sin libro ni fórmulas obligadas, vivido como una amistad. Aquí tienes de dónde viene, qué dicen sus dos grandes maestros y cómo probarlo en tu casa.

Rezar la hora de hoy

De unos ermitaños en el monte Carmelo

A comienzos del siglo XIII, un grupo de ermitaños que vivía en el monte Carmelo pidió una norma de vida a Alberto, patriarca de Jerusalén. Él se la dio entre los años 1206 y 1214, y el papa Inocencio IV la aprobó de forma definitiva en 1247. Es un texto muy breve, y su frase central manda poco y dice mucho: que cada uno permanezca en su celda o cerca de ella, «meditando día y noche en la ley del Señor y velando en oración», salvo que tenga otra ocupación justa.

De esa Regla viven hasta hoy las dos ramas de la familia carmelitana. Teresa de Jesús, nacida en Ávila en 1515, fundó en su ciudad el monasterio de San José el 24 de agosto de 1562, el primero de diecisiete. Juan de la Cruz, nacido en Fontiveros en 1542, comenzó con ella la vida de los frailes descalzos en Duruelo, el 28 de noviembre de 1568.

«Tratar de amistad»: la oración mental

En el capítulo 8 del Libro de la Vida, Teresa da la definición que ha quedado como seña del Carmelo:

«No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (Vida 8, 5).

Cada palabra cuenta. Amistad: no es una técnica ni un ejercicio de concentración, es una relación. Muchas veces: se parece más a una costumbre que a un momento intenso. A solas: pide un rato apartado. Con quien sabemos nos ama: se empieza desde la confianza, no desde el esfuerzo.

«Mental» no quiere decir intelectual. La propia Teresa lo aclara en Las moradas: para avanzar en este camino «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho». Y tampoco opone esta oración a la vocal: rezar un padrenuestro sabiendo a quién se le dice ya es, para ella, oración mental.

Las moradas: un castillo con muchas habitaciones

Teresa escribió Las moradas, o Castillo interior, en 1577: lo empezó el 2 de junio y lo terminó el 29 de noviembre. Imagina el alma como un castillo de diamante o de cristal muy claro, con muchas estancias, y a Dios en la del centro. La puerta para entrar, dice, es la oración.

Las moradas son siete. En las tres primeras pesa más lo que uno pone: empezar a rezar, perseverar, ordenar la vida. A partir de las cuartas, Teresa describe una oración que ya no se fabrica, sino que se recibe. No lo presenta como una escalera para medir a nadie, sino como el relato de hasta dónde puede llegar una amistad.

San Juan de la Cruz y la noche

En diciembre de 1577, Juan de la Cruz fue llevado preso al convento carmelita de Toledo. Pasó unos ocho meses en una celda oscura, hasta que se fugó en agosto de 1578. Allí compuso estrofas del Cántico espiritual, y de ese año, en la cárcel o poco después de salir, suele fecharse el poema de la Noche oscura.

La «noche» es su imagen para una etapa del camino que mucha gente reconoce: la oración deja de dar gusto, las ideas sobre Dios ya no sirven y parece que no ocurre nada. Juan no la lee como un fracaso ni como un castigo, sino como un paso: se deja de buscar lo que Dios da para quedarse con Dios. Lo que pide en ese tramo es poco y difícil: seguir ahí, con fe, sin forzar sentimientos.

Suya es también la frase que resume a dónde lleva todo: «A la tarde te examinarán en el amor». Pío XI lo declaró doctor de la Iglesia en 1926; Pablo VI hizo lo mismo con Teresa en 1970, la primera mujer con ese título.

El silencio y la soledad

La celda de la Regla sigue siendo el centro. En el Carmelo, el silencio no se entiende como ausencia de palabras, sino como el sitio donde cabe una conversación. Y la soledad no es aislamiento: es el «a solas» de la definición de Teresa, el rato que dos amigos necesitan para hablar sin testigos.

Por eso esta oración se puede hacer en un monasterio y también en un piso con ruido de vecinos. Lo que hace falta no es un lugar especial, sino un tiempo guardado.

Cómo rezar así desde tu casa

Guarda un rato fijo. Diez o quince minutos al día, siempre a la misma hora, valen más que una hora suelta de vez en cuando.

Empieza con algo que te ayude a entrar. Un pasaje del Evangelio, un salmo, una imagen. Teresa cuenta que durante muchos años no se atrevía a empezar sin un libro.

Mira a quien te mira. Es su consejo más sencillo: ponerse delante de Cristo y caer en la cuenta de que él te está mirando. Sin discursos.

Habla como se habla a un amigo. De lo que te pasa hoy, con tus palabras. Y calla también un rato.

Cuando no sientas nada, quédate. Las distracciones y la sequedad no indican que lo estés haciendo mal. Vuelve con suavidad, las veces que haga falta.

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