El salmo que abre el libro: dos caminos y un árbol junto al agua.
Seis versos abren el libro de los Salmos. Antes de las súplicas, las quejas y las alabanzas, alguien dejó aquí escrito dónde está la felicidad y dónde no. Lleva el número 1 en las biblias actuales y también en los libros de la Liturgia de las Horas: la numeración hebrea y la de la Vulgata, que es la que sigue la liturgia, van a la par hasta el salmo 9.
No tiene título en hebreo: no nombra autor, ni instrumento, ni ocasión. La primera palabra es ya «feliz». Muchos estudiosos lo ven como un prólogo, puesto al principio para dar el tono de todo el libro, y lo leen junto al salmo 2 como una doble puerta de entrada al salterio.
El Talmud de Babilonia, en el tratado Berajot, llega a contar este salmo y el siguiente como uno solo.
La imagen del árbol aparece también en el profeta Jeremías, casi con las mismas palabras: quien confía en el Señor es como un árbol plantado junto al agua (Jr 17,7-8).
La palabra que aquí se traduce por «ley» es en hebreo «torá», de un verbo que significa enseñar. Es más ancha que una ley: es lo que Dios enseña para vivir.
La imagen de los dos caminos pasó pronto a la enseñanza cristiana. Jesús habla de una puerta ancha y un camino espacioso que llevan a la perdición, y de una puerta estrecha que lleva a la vida (Mt 7,13-14). La Didajé, un breve manual de los primeros cristianos escrito probablemente en el siglo I, empieza con una frase que podría resumir este salmo: hay dos caminos, uno de la vida y otro de la muerte, y entre los dos la diferencia es grande.
San Agustín, al comentarlo, vio en el hombre feliz a Cristo, frente a Adán, que sí se dejó llevar por el mal consejo. Y la Regla de san Benito, en el siglo VI, lo colocó en la hora de Prima del lunes, junto con los salmos 2 y 6.
Feliz quien no se deja llevar por los consejos de los malvados,
ni va por donde van los que pecan,
ni se sienta a la mesa de los que se ríen de todo,
sino que encuentra su gusto en la ley del Señor
y la repite en voz baja de día y de noche.
Es como un árbol plantado junto a un arroyo:
da su fruto cuando toca
y no se le secan las hojas;
todo lo que hace le sale bien.
Con los malvados no pasa lo mismo:
son como paja, y el viento se la lleva.
Por eso, cuando llegue el juicio, no se tendrán en pie,
ni tendrán sitio los pecadores entre los justos.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
y el camino de los malvados no lleva a ninguna parte.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Edición de Ramón Fandos, traducción fiel del griego y del hebreo.
Le toca el Oficio de lectura del domingo de la primera semana, seguido de los salmos 2 y 3. Quien sigue el salterio de cuatro semanas empieza así cada vuelta por el mismo sitio por donde empieza el libro.
Es corto y se aprende pronto. Sirve para empezar algo: el día, la semana, un rato de oración. Dice de entrada hacia dónde quieres mirar.
Puedes quedarte con la imagen del árbol. Un árbol no hace fuerza para dar fruto: lo da cuando toca, porque tiene las raíces donde hay agua. Rezar este salmo es preguntarte, sin prisa, dónde tienes puestas las raíces estos días.
De quien es feliz dice el salmo que «la repite en voz baja de día y de noche». El verbo hebreo es el del murmullo, el de quien habla a media voz. Juan Casiano, que recogió la enseñanza de los monjes de Egipto, aconsejaba tomar un solo verso de la Escritura y repetirlo trabajando, de viaje, comiendo o al quedarse dormido. Puedes probarlo con un verso de este salmo.
Los versos sobre los malvados pueden quedarse sin destinatario. También valen para lo que hay de paja en uno mismo: lo que pesa poco y el viento acabará llevándose.
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