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Salmo 2: ¿Por qué se rebelan las naciones?

Los poderosos se conjuran y Dios responde con un nombramiento.

Se reza en el Oficio de lectura del domingo de la primera semana del salterio.

Junto con el salmo 1 forma la portada del libro. El primero hablaba de la persona que acierta con su vida; este habla de los reyes que se equivocan de enemigo. Es uno de los salmos más citados en el Nuevo Testamento, porque los primeros cristianos encontraron en él el nombre de Jesús: el Ungido, el Hijo. Lleva el número 2 en las biblias actuales y también en los libros de la liturgia, porque hasta el salmo 8 las dos numeraciones coinciden.

Rezar la hora de hoy

De dónde viene

En hebreo no lleva encabezamiento. El libro de los Hechos lo pone en boca de David: la primera comunidad de Jerusalén lo reza en voz alta cuando Pedro y Juan salen del interrogatorio ante las autoridades, y aplica a lo que les acaba de pasar la conjura de los poderosos contra «su Ungido» (Hch 4,25-28).

Los estudiosos lo cuentan entre los salmos reales, escritos para el rey de Jerusalén. Muchos piensan en la ceremonia de subida al trono. En el antiguo Oriente, la muerte de un rey era el momento que aprovechaban los pueblos sometidos para sacudirse el dominio, y el salmo responde a ese alboroto con la voz tranquila de quien sabe quién manda de verdad.

Dos palabras pesan mucho. «Ungido» traduce el hebreo «mashíaj», de donde viene «Mesías»; en griego se dijo «Christós». Al rey se le derramaba aceite sobre la cabeza el día de su consagración. Y la frase «Eres mi Hijo: hoy mismo te he engendrado» era una fórmula de adopción: aquel día el rey pasaba a ser hijo de Dios, no por nacimiento, sino por elección.

El verso 12 es de los más discutidos de todo el salterio. El hebreo dice algo así como «besad al hijo», con una palabra para «hijo» que es la del arameo; por eso algunos estudiosos proponen otras lecturas. Aquí se traduce «Rendid homenaje al Hijo»: besar la mano o los pies del rey era el gesto con que un vasallo le juraba fidelidad.

Hay un detalle que une este salmo con el anterior: el salmo 1 empieza con «feliz» y el 2 termina con «felices». Por eso una tradición judía recogida en el Talmud los contaba como uno solo, y en algunos manuscritos antiguos de los Hechos (13,33) el verso del Hijo aparece citado como del «salmo primero».

Qué dice, por partes

La conjura (versos 1 a 3)Se oyen las voces de los reyes de la tierra, que se ponen de acuerdo para quitarse de encima a Dios y a su rey. Hablan de cadenas y de yugo: todo lo que viene de Dios les parece una cárcel. El salmo abre con una pregunta que suena casi a burla: ¿para qué tanto ruido?
La risa del cielo (versos 4 a 6)La escena cambia de sitio. Desde arriba, el Señor se ríe y se burla de sus planes. No es crueldad: es la desproporción entre unos reyes muy ocupados y quien reina de verdad. Luego habla con ira y da su respuesta, que no es un ejército, sino un nombramiento: «He ungido yo a mi Rey sobre Sión».
Habla el rey (versos 7 a 9)Ahora es el propio rey quien toma la palabra y cuenta el decreto que ha recibido: es hijo de Dios y tendrá por herencia los confines de la tierra. La imagen del bastón de hierro y la vasija de barro es dura y conviene leerla tal cual: en Egipto se escribían los nombres de los pueblos enemigos en vasijas que luego se rompían. El poder de los que se rebelan se hace añicos.
El aviso final (versos 10 a 12)El salmo no termina con una batalla, sino con un consejo a los que mandan: entrad en razón, servid con respeto, alegraos con temblor. La ira de Dios se enciende pronto, pero la última palabra es otra: «Felices todos los que buscan en él refugio».

El salmo completo

¿Por qué se rebelan las naciones
y los pueblos hacen planes que no llevan a nada?
Se alzan en armas los reyes del mundo,
los poderosos hacen causa común
contra el Señor y su Ungido:
«Vamos a romper sus cadenas,
vamos a quitarnos de encima su yugo».

Desde el cielo se ríe el que reina,
el Señor se burla de sus planes.
Luego les habla con ira,
y su indignación los deja aterrados:
«He ungido yo a mi Rey
sobre Sión, mi monte santo».

Daré a conocer lo que el Señor ha decretado.
Esto es lo que me dijo: «Eres mi Hijo:
hoy mismo te he engendrado.
Pídemelo, y haré de las naciones tu herencia,
y serán tuyos hasta los últimos rincones de la tierra.
Los romperás con un bastón de hierro,
los harás pedazos como una vasija de barro».

Ahora, reyes, entrad en razón;
que os sirva de aviso, a los que mandáis en el mundo.
Servid al Señor con respeto,
alegraos en él, pero con temblor.
Rendid homenaje al Hijo, no sea que se enfade
y acabéis perdidos por el camino,
porque su ira se enciende en un momento.
Felices todos los que buscan en él refugio.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Edición de Ramón Fandos, traducción fiel del griego y del hebreo.

Cuándo se reza en la Liturgia de las Horas

Se reza en el Oficio de lectura del domingo de la primera semana, entre el salmo 1 y el salmo 3. Así, el primer domingo del ciclo de cuatro semanas abre con los tres primeros salmos del libro.

Por su sentido mesiánico vuelve en el Oficio de lectura de varias fiestas: Navidad, la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), Jesucristo Rey del Universo y los días de los primeros mártires, san Esteban (26 de diciembre) y los Santos Inocentes (28 de diciembre).

Rezarlo hoy

El Nuevo Testamento lo usa una y otra vez para hablar de Jesús. La voz del bautismo en el Jordán, «Tú eres mi Hijo amado», suena muy parecida al verso 7. La carta a los Hebreos lo cita para decir que Jesús está por encima de los ángeles (Heb 1,5; 5,5), y el Apocalipsis recoge la imagen del bastón de hierro (Ap 2,27; 12,5; 19,15). Si lo rezas en Navidad, el «hoy mismo te he engendrado» tiene otro peso.

Es un salmo para los días en que las noticias abruman: guerras, alianzas, gente con mucho poder que hace planes sin contar con nadie. No pide que te pongas nervioso ni que te encojas de hombros. Te sitúa en otro sitio, en el de quien mira la historia desde arriba y sabe que esos planes «no llevan a nada».

Los versos 10 y 11 van dirigidos a los que gobiernan. Puedes rezarlos por ellos, por nombre si quieres: que entren en razón y sirvan con respeto. Y puedes quedarte con la última línea para el resto del día. Después de tanto ruido, el salmo acaba en la palabra con la que empezó el libro: felices.

Salmodiando te da cada día las horas enteras, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.

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