Unas pocas líneas de latín que llevan dieciséis siglos haciendo rezar.
Pocas oraciones se han citado tanto como esta. Está en las Confesiones de san Agustín, y no es un texto pensado para recitar: es un grito que se le escapa en mitad de un libro, cuando lleva páginas preguntándose dónde encontró a Dios. Aquí tienes el original latino, una traducción hecha para esta página, el momento de su vida en que lo escribió y algunas maneras de rezar con él.
Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi!
Et ecce intus eras et ego foris, et ibi te quaerebam, et in ista formosa, quae fecisti, deformis inruebam.
Mecum eras, et tecum non eram.
Ea me tenebant longe a te, quae si in te non essent, non essent.
Vocasti et clamasti et rupisti surditatem meam; coruscasti, splenduisti et fugasti caecitatem meam; fragrasti, et duxi spiritum, et anhelo tibi; gustavi et esurio et sitio; tetigisti me, et exarsi in pacem tuam.
Está hecha directamente del latín para esta página, buscando conservar el orden y el ritmo del original:
Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé.
Y resulta que tú estabas dentro y yo fuera, y fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú hiciste.
Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo.
Me tenían lejos de ti aquellas cosas que, si no existieran en ti, no existirían.
Llamaste y gritaste, y rompiste mi sordera; relampagueaste, resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia, la respiré, y ahora suspiro por ti; te saboreé, y tengo hambre y sed; me tocaste, y me encendí en el deseo de tu paz.
Agustín nació en el año 354 en Tagaste, en el norte de África romano (hoy Argelia). Fue profesor de retórica en Cartago, en Roma y en Milán, y pasó su juventud buscando la verdad en varias escuelas, entre ellas el maniqueísmo. En Milán escuchó predicar al obispo Ambrosio, que lo bautizó en la Pascua del año 387, cuando tenía treinta y dos años. Su madre, Mónica, que había esperado ese día durante mucho tiempo, murió pocos meses después.
De vuelta en África fue ordenado sacerdote y, a mediados de la década de 390, obispo de Hipona. Escribió las Confesiones entre los años 397 y 400, con algo más de cuarenta. Es decir: quien dice «tarde te amé» no es un recién convertido, sino un obispo que mira hacia atrás diez años después de su bautismo.
Las Confesiones tienen trece libros y están escritas de principio a fin como una oración dirigida a Dios. Los nueve primeros cuentan su vida hasta el bautismo. En el décimo deja el pasado y se pregunta quién es ahora: recorre su memoria buscando dónde habita Dios en él, y al final de ese recorrido, casi sin aviso, aparece este párrafo.
«Tarde te amé». Lo dice dos veces, al abrir y al cerrar la primera frase. No llama a Dios juez ni señor, sino pulchritudo, hermosura: «antigua» porque estaba desde siempre, «nueva» porque acaba de descubrirla. El lamento no es de culpa, sino de tiempo perdido.
Dentro y fuera. Intus y foris son las dos palabras que sostienen el texto. Agustín buscaba fuera, en las cosas, a quien tenía dentro. Y hace un juego que la traducción apenas salva: las cosas son formosa, hermosas, y él se arroja sobre ellas deformis, sin forma.
«Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo». La frase más corta y quizá la más honda. La distancia no la ponía Dios.
Las cosas que lo retenían. No las desprecia: dice que existen porque están en Dios. Lo que lamenta es haberse quedado en ellas.
Los cinco sentidos. La última frase recorre el oído, la vista, el olfato, el gusto y el tacto. En cada uno, el primer verbo es de Dios: llamaste, resplandeciste, exhalaste, tocaste. El encuentro no es una conquista de Agustín: alguien rompe su sordera desde fuera.
Hambre, sed y paz. El texto no termina en descanso. Haber probado le deja con hambre; haber sido tocado le enciende. La paz aparece al final, pero como algo hacia lo que se arde.
Léelo despacio, en voz baja. Una vez entero, y otra deteniéndote. Es breve a propósito.
Quédate con una sola frase. La que te haya frenado. Repítela un rato, sin analizarla. Es lo mismo que se hace en la lectio divina con un versículo.
Recorre tus propios sentidos. Qué has oído, visto o tocado hoy que te haya hablado de Dios sin que te dieras cuenta en el momento.
Úsalo al final del día. Antes de Completas, como repaso de la jornada: dónde estaba él y dónde estabas tú.
Y si sientes que llegas tarde a la oración o a la fe, este es tu texto. Lo escribió alguien que pensaba lo mismo de sí.
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