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Santa María Bertila Boscardin

La santidad de los trabajos que nadie ve.

Se celebra el 20 de octubre.

En su pueblo la llamaban «la oca», que en italiano es una manera de decir que alguien es corto de entendederas. Ella misma lo creía. Ana Francisca Boscardin entró en un convento sin saber apenas leer, pasó años en la cocina y la lavandería, y acabó siendo una enfermera que médicos, soldados y niños recordaron con agradecimiento. Murió con treinta y cuatro años. Esta es su historia.

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Una niña a la que tenían por torpe

Nació el 6 de octubre de 1888 en Brendola, un pueblo cercano a Vicenza, en el norte de Italia, en una familia de campesinos pobres. Su padre era celoso y violento, y bebía con frecuencia; en casa se vivía con miedo. Fue poco a la escuela, porque hacía falta en el campo y en las casas donde trabajaba como criada.

La consideraban lenta y poco despierta, y los niños se burlaban de ella. Cuando pidió ser religiosa, el párroco dudó de que sirviera para ello. Pero ella tenía claro lo que quería, y lo dijo con una sencillez que desarma: era una pobre criatura, pero quería ser santa.

La cocina y la lavandería

En abril de 1905, con dieciséis años, entró en el instituto de las Maestras de Santa Dorotea, Hijas de los Sagrados Corazones, en Vicenza, y tomó el nombre de María Bertila. Al principio la pusieron en la cocina, en el horno y en la lavandería, los trabajos que se daban a quien no se esperaba gran cosa. Los hizo con paciencia y sin quejarse.

Su espiritualidad era sencilla: hacer lo de cada día por amor, sin buscar que nadie lo viera, y aceptar lo que viniera. Lo que tenía de especial no se notaba desde fuera.

Enfermera en Treviso

La congregación la destinó al hospital civil de Treviso. Allí siguió primero en la cocina, hasta que le permitieron formarse como enfermera. Entonces se vio lo que valía. Trabajó en la sala de niños enfermos de difteria, una enfermedad que entonces mataba a muchos pequeños, y se ganó la confianza de los médicos y el cariño de los niños y de sus familias.

No era una mujer de palabras ni de iniciativas llamativas. Era alguien que estaba siempre, que no se impacientaba, que trataba a cada enfermo como si fuera el único.

La guerra

En otoño de 1917, después de la derrota italiana de Caporetto, el frente se acercó a Treviso y la ciudad sufrió bombardeos aéreos. Bertila se quedó junto a los enfermos que no podían moverse, rezando con ellos y atendiéndolos en medio del peligro; los soldados heridos la recordaron después por su serenidad.

El hospital se trasladó lejos del frente, a Viggiù, en Lombardía. Allí una superiora no entendió su manera de trabajar y la apartó de los enfermos para devolverla a la lavandería. Ella obedeció sin protestar. Terminada la guerra, la llamaron de nuevo a Treviso y le encargaron la sala de niños.

Una enfermedad llevada en silencio

Desde los veintidós años sufría un tumor doloroso del que casi nadie sabía nada, porque no se quejaba y seguía trabajando. En 1922 tuvieron que operarla. No se recuperó, y murió en Treviso el 20 de octubre de 1922, con treinta y cuatro años.

Muy pronto empezaron a llegar visitas a su tumba y a contarse favores atribuidos a su intercesión. Pío XII la beatificó el 8 de junio de 1952, y san Juan XXIII la canonizó el 11 de mayo de 1961, apenas treinta y nueve años después de su muerte.

Lo que deja

Bertila no fundó nada, no escribió libros ni hizo milagros en vida. Su santidad está hecha de turnos de noche, de sábanas lavadas, de niños a los que bajó la fiebre. A quien alguna vez se ha sentido poca cosa, o a quien hace un trabajo que nadie agradece, su vida le dice que eso también cuenta ante Dios.

Una oración para hoy

Esta oración está escrita para esta página:

Señor, a Bertila la tenían por torpe, y tú viste en ella un corazón capaz de cuidar como el tuyo. Mira también lo que hay en mí, aunque los demás no lo vean.

Te pido por las enfermeras, los auxiliares y todos los que cuidan de los enfermos, de día y de noche; por los niños hospitalizados y por sus padres.

Dame paciencia en el trabajo de cada día, y que lo haga con cariño aunque nadie me lo agradezca. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Rezar hoy desde Salmodiando

Algunas maneras sencillas de recordarla hoy:

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