Rodeado de enemigos, y aun así acostarse y dormir.
Es el primer salmo del libro que lleva título, el primero que se atribuye a David y la primera súplica de todo el salterio. Lo dice alguien acosado, que oye cómo los demás le dan por perdido, y que aun así se va a dormir tranquilo. Tiene el número 3 tanto en las biblias actuales como en los libros de la liturgia.
El encabezamiento hebreo dice: «Salmo de David, cuando huía de su hijo Absalón». La historia está en el segundo libro de Samuel, capítulos 15 a 18. Absalón se hace proclamar rey en Hebrón y David tiene que dejar Jerusalén a toda prisa. Sube la cuesta del monte de los Olivos llorando, con la cabeza cubierta y descalzo (2 Sam 15,30). Por el camino, un hombre de la familia de Saúl, Simeí, le tira piedras y le grita que Dios le está dando su merecido (2 Sam 16,5-13).
Esos títulos se añadieron más tarde y no son una crónica de cuándo se escribió cada poema: son una manera de leerlo. Pero la elección es acertada. El «A este, ni Dios lo salva» del verso 3 suena igual que los gritos de Simeí.
Por su forma es una súplica individual: queja, confianza, petición y bendición, en muy poco espacio. En el hebreo aparece tres veces la palabra «selah», cuyo sentido no se conoce con seguridad. Seguramente era una indicación musical o una pausa, y por eso no se traduce.
San Benito, en su Regla (capítulo 9), mandaba empezar el oficio de la noche con este salmo, justo después de pedir a Dios que abriera los labios. Tiene lógica: es la oración de quien se acostó, durmió y se ha despertado.
Señor, ¡cuánta gente tengo en contra!,
son muchos los que se levantan contra mí,
muchos los que andan diciendo de mí:
«A este, ni Dios lo salva».
Pero tú, Señor, eres el escudo que me protege,
tú eres mi orgullo, tú me haces ir con la cabeza alta.
Llamo al Señor a gritos,
y desde su monte santo me contesta.
Me acuesto, me duermo y me despierto,
porque es el Señor quien me sostiene.
No me da miedo esa multitud
que me rodea por todas partes.
¡Álzate, Señor! ¡Ponme a salvo, Dios mío!
Tú das en la cara a todos mis enemigos
y dejas sin dientes a los malvados.
La salvación viene del Señor;
que tu bendición llegue a tu pueblo.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Edición de Ramón Fandos, traducción fiel del griego y del hebreo.
Se reza en el Oficio de lectura del domingo de la primera semana, después de los salmos 1 y 2. El ciclo de cuatro semanas arranca así con los tres primeros salmos del libro, en orden.
Fuera de la liturgia, el verso 6 lo convierte en una oración natural para la noche o para el despertar. Ya se ha dicho que san Benito lo ponía al comienzo del oficio nocturno.
Es un salmo muy bueno para la noche antes de un día difícil: una reunión que temes, un juicio, una prueba médica, una conversación que no quieres tener. Puedes rezarlo en la cama, y cuando llegues al verso 6 decirlo despacio, como quien se lo cree.
También vale para la mañana, al despertar: «me he despertado, porque es el Señor quien me sostiene». Una manera de empezar el día dando por bueno lo que ya ha pasado, que es haber dormido.
Si te ha tocado oír lo que se dice de ti a tus espaldas, el verso 3 es tuyo. El salmo no te pide que lo disimules. Te deja decirle a Dios lo que duele, y luego te pone delante el escudo.
Los versos del final son fuertes, y no hace falta suavizarlos. Puedes rezarlos poniendo en manos de Dios lo que te gustaría hacer tú. Y puedes terminar donde termina el salmo, que no es en el enemigo derrotado, sino en la bendición para todos.
Salmodiando te da cada día las horas enteras, con sus salmos, su cántico y su antífona propia, sin que tengas que buscar nada. Puedes rezarlas solo o a coros con tu grupo. Gratis, sin registro y sin anuncios.