El monje de los Picos de Europa que leyó el Apocalipsis con esperanza.
Su nombre suena hoy más a libro que a persona. Cuando alguien habla de «un beato» en un museo o en una biblioteca, se refiere a un códice medieval lleno de miniaturas de colores intensos, con dragones, ángeles y ciudades celestiales. Todos esos manuscritos copian la obra de un monje cántabro del siglo VIII. Esta página cuenta quién fue, qué escribió, por qué se le venera y cómo rezar en su fiesta.
Beato vivió en el siglo VIII en el monasterio de San Martín de Turieno, en el valle de Liébana, al pie de los Picos de Europa, en la actual Cantabria. Aquel monasterio se llamaría más tarde de Santo Toribio, y hoy es uno de los lugares de peregrinación más conocidos del norte de España.
Eran los primeros tiempos del pequeño reino de Asturias, que se había formado en las montañas después de la llegada de los musulmanes a la península. En aquel rincón aislado, Beato fue uno de los hombres más cultos de su tiempo: leía a los Padres de la Iglesia, conocía la Biblia a fondo y escribía en un latín sólido. Se le suele llamar presbítero y también abad, aunque no hay certeza de que gobernara el monasterio. Murió hacia el año 798.
Su gran obra es un comentario al Apocalipsis de san Juan, el último libro de la Biblia. Terminó una primera redacción hacia el 776 y volvió a retocarla en los años siguientes. No pretendía ser original. Reunió lo que habían escrito antes que él sobre ese libro autores como Ticonio, san Agustín, san Jerónimo o san Isidoro, y lo ordenó en doce libros, pasaje por pasaje.
El Apocalipsis no es un libro de terrores, aunque a veces se lea así. Es un libro de consuelo para cristianos perseguidos: el mal parece fuerte, pero el Cordero vence y Dios enjugará las lágrimas de sus hijos. En la España del siglo VIII, en un reino pequeño y amenazado, esa lectura tenía mucho sentido.
La obra se copió una y otra vez durante siglos, sobre todo entre los siglos X y XIII, y los copistas la acompañaron de miniaturas de una fuerza extraordinaria. Se conservan unas treinta copias, repartidas por bibliotecas de España y de otros países. Algunas son célebres: el Beato de Gerona, de finales del siglo X, en el que trabajó una pintora llamada Ende; el de Facundo, hecho para los reyes Fernando I y Sancha, en la Biblioteca Nacional de España; o el de Silos, que hoy está en Londres. En 2015 la UNESCO inscribió once de estos manuscritos en su registro Memoria del Mundo.
Beato no fue solo un estudioso. Hacia el 785 se vio envuelto en una dura polémica teológica con Elipando, arzobispo de Toledo, que enseñaba que Cristo, en cuanto hombre, era hijo de Dios por adopción. A esa doctrina se la llamó adopcionismo.
Beato y Eterio, que después sería obispo de Osma, le respondieron con un largo escrito en defensa de la fe: Jesucristo es un solo Hijo de Dios, no dos. La disputa subió de tono y los insultos volaron de un lado a otro, porque la cortesía no fue el fuerte de ninguna de las dos partes. La cuestión acabó llegando a Roma y al reino de Carlomagno, y el concilio de Fráncfort del 794 condenó el adopcionismo.
Su fiesta del 19 de febrero suele caer en Cuaresma, y en esos años solo se puede hacer conmemoración. Es una buena ocasión para leer con calma algunos capítulos del Apocalipsis, por ejemplo los dos últimos, los de la ciudad nueva donde ya no habrá llanto ni dolor, y hacerlo como lo leía Beato: buscando esperanza. Esta oración se ha escrito para esta página:
Señor, Beato pasó su vida estudiando tu Palabra en un valle apartado, y en un libro difícil supo encontrar consuelo para tu pueblo.
Cuando el mal me parezca más fuerte que el bien, recuérdame que el Cordero ya ha vencido y que tú harás nuevas todas las cosas.
Te pido por los que estudian y enseñan la Escritura, y por los que viven tiempos difíciles sin perder la fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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