Santo Tomás, apóstol
Tomás, llamado también «el Mellizo», era uno de los Doce. Tenía un carácter franco. Cuando Jesús decidió volver a Judea, donde querían matarlo, fue él quien dijo a los demás: «Vamos también nosotros a morir con él» (Jn 11,16). Y en la Última Cena se atrevió a confesar que no sabían adónde iba el Maestro (Jn 14,5).
El domingo de Pascua no estaba con los otros cuando Jesús se les apareció, y no los creyó: quería ver y tocar las llagas. Ocho días después Jesús volvió y se lo ofreció. Tomás cayó de rodillas y pronunció la confesión de fe más clara de todo el Evangelio: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).
Según una antigua tradición, predicó hasta la India y murió mártir allí. Los cristianos del sur de ese país se llaman todavía hoy «cristianos de santo Tomás».
Para rezar: Repite en la consagración de la próxima misa, o ahora mismo: «Señor mío y Dios mío».